Capítulo cero: La decisión definitiva.
Hendry
24 de enero.
Uno comete inigualables equivocaciones a lo largo de nuestra vida. Algunas pesan más que otras, pero la que son tomadas bajo el efecto del alcohol o alguna emoción demasiado, fuerte son las que peor consecuencia tienen. Desde un comienzo debería haber visto, que aceptar aquella relación estaba mal. No por lo que dirían los demás, eso nunca me ha importado; sino por mi corazón y paz mental. Sin embargo, no fui capaz de negar o salir ileso de aquel embrujo realizado por la hermosa empresaria italiana.
Verónica resaltaba en el mar de personas influyentes, en aquella fiesta. No porque fuera la mujer más hermosa, famoso o adinerada. Si el motivo hubiera sido tan banal, podría haberme librado con facilidad; sin embargo, la actitud y salvajismo que rodeaba a la italiana aquella noche eclipso a las demás. Mi corazón no dudó en latir desesperado en su lugar dentro de las costillas y aclamar la atención de la mujer. Cuando sus ojos estuvieron sobre mí, me sentí como el hombre más afortunado de lugar; del mundo entero. No cabía de la emoción.
Aquella mirada oscura e intensa se posó en mí, los labios rojos redondeados regalándome una sonrisa galante y aquella voz seductora fue lo único que necesito, para que aceptara. Para caer en la palma de la mano y convertirme en su amante. El lado moral, la voz racional en el cerebro protestaba con el rol que Verónica me estaba ofreciendo. No podía ser su amante, ser el culpable de un engaño; pero ninguna de las razones que me daba después del primer encuentro fueron suficientes para huir de sus garras. Aún ahora, una parte de mí sabe que todo está mal, que no debería estar en la misma cama que se acuesta con su prometido. No debería mirar el rostro moreno del hombre cada vez que entro a esta habitación, ni los trajes a medidas en el closet a lado de la ropa de verónica. Pero lo hago, miro cada pequeño detalle que me grita que este apartamento es compartido por una pareja.
No, me permito olvidar.
No me permito hacerme el ciego.
Observo y repito el nombre del prometido con cierto resentimiento y celos.
Me enamoré de una mujer casada. Me enamoré de mi perdición.
— ¿En qué piensas, cariño? —pregunta la aguda voz de Verónica. El tono cansado y adormecido, me revela que no le interesa realmente saber lo que me sucede. Solo lo pregunta por cortesía.
—Nada importante.
He intentado mantener mi cerebro y corazón en capsulado en la idea de que solo somos una aventura, que soy el amante. Alejo mis sentimientos y las ilusiones que me recorren desde lo profundo de mi ser cada vez que estoy al lado de Verónica. Cada vez que está en mis brazos y veo su rostro fino, dilatado por el placer; cuando escucho su voz romperse por la lujuria y la necesidad. Aun así, soy humano, jodidamente sensible y emocional, no puedo evitar eficientemente no enamorarme de esta mujer. No cuando la he visto de tantas maneras que me son imposibles de describir.
—Eres el mejor, Hendry. Lo mejor de lo mejor.
—Si tú lo dices, no me queda otra opción que creerlo—ella sonríe y asiente dejando un beso en mis labios. La sonrisa desaparece poco a poco, a medida que los parpados caen y su cabeza se sumerge en la esponjada almohada.
—Adiós—susurro levantándome de la cama. Cuando su respiración es tranquila y relajada, es mi señal para irme. Verónica ha sido firme desde el comienzo con las horas que podemos estar juntos al día; ha marcado diligentemente cada día con el mismo patrón.
Siempre es la misma rutina. Los movimientos de un ladrón, el cual no puede ser detectado por nadie. Quien no deja ninguna evidencia que estuvo en el lugar y desaparece horas después de terminar el trabajo. Así es mi rutina durante los últimos dos meses. Voy y vengo como un fugitivo, evitando que los vecinos de la empresaria me vean. Solo una persona sabe de mi existencia, la cual me mira con una indiferencia que es más fría que el invierno y me hace estremecerme de pies a cabeza. Nunca dice nada, y si habla son comentarios sarcásticos o apodos infantiles.
No, me juzga, pero su lengua da con todos mis pensamientos negativos. Con mis dudas y miedos, aunque no exista ninguna relación entre nosotros.
—Livia—susurro en un gemido doloroso. El frío aire del día se clava en mi piel sonrojándola. —Livia—insisto varias veces, tocando el cristal de la ventana.
El primero en recibirme es Luk, el compañero de Livia, quien agita su rabo redondo y gordo hacia mí con emoción. El gran canino siempre parece feliz de verme, emocionado por mis visitas inesperadas. La primera vez que vine al apartamento, me asusté; una bestia café grande y gorda corrió hacia mí con su boca abierta y mostrándome aquellas afiladas fauces. El perro fue una enorme impresión, pero cuando su dueña le dio una orden; Luk no hizo más caso que seguir la orden y esperar que me habituara a su presencia. Los primeros encuentros fueron tensos y horribles, pero el pequeño se ganó mi corazón una semana después, su colita se movía cada vez que me veía y esperaba con emoción la croqueta que le traía ese día.
—Livia—repito en un hilo de voz. La mujer me ignora del otro lado de la ventana, veo como se mueve en la cama y esconde la cabeza entre la infinidad de almohadas. —Livia, ten piedad.
No sé nada más allá de su nombre, ni siquiera su apellido. Ambos conocemos la misma Información del otro, nada. Livia me ha visto subir su balcón hacia el de Verónica, ha escuchado los gritos y exclamaciones de placer que suelta Verónica durante los encuentros; lo sé, porque Livia me lo recuerda cada vez que tiene tiempo. Yo he visto sus piernas pálidas, largas y gruesas cada vez que se levanta de la cama para abrirme; suele usar pijamas cortas y gruesas. El cabello oscuro siempre está atado en un moño o desordenado a sus espaldas.
Puede que solo conozca su nombre, pero lo ha visto tantas veces recién levantada y con las mejillas marcadas por las sábanas; que me transmite una sensación de paz y comodidad.
—Los que madrugan para follar no deberían quejarse por el frío. No, he podido dormir durante la última hora y media por los gritos de Verónica, deberían hacer más silencio.
Se queja después de abrir la puerta y caminar hacia la cocina en busca de café. Luk me saluda y después sigue a su dueña hacia la cocina, esperando que esta se digne a darle un poco de comida, lo cual no sucederá porque Luk esta gordo y lo tienen a dieta.
—Lo siento—ella niega quitándole importancia. Señala un pocillo a su lado del cual sale humo y un agradable aroma a café.
—Toma el café y sal de mi apartamento cuando termines, conejo.
—Livia—me quejo sintiendo vergüenza y pena. Ella no ha parado de llamarme conejo desde que comenzó esta extraña relación. Son pocas las conversaciones largas que compartimos, pero Livia tiene la suficiente confianza o carece de vergüenza que la retenga de colocarme apodos.
—Adiós, conejo—se despide caminando hacia su habitación, refugiándose en la decena de almohadas que hay en su cama.