Capítulo uno: Los amantes son impertinentes.
Olivia Romano
26 de julio.
Bostezo mirando el techo tratando de ignorar los sonidos de choques y chillidos que se escuchan desde el piso de arriba. Hago oídos sordos cada vez que los gemidos de pasión exclamando nombres, traspasa las finas paredes del apartamento, las voces chirriantes se imponen ante mis pensamientos y no me deja ignorar el traqueteo y el aliento ahogado. Crujidos secos se oyen con claridad, seguidos de un grito ahogado; salgo de la cama negando mi mala suerte en este momento. Otro bostezo me ataca provocando que los parpados caigan ante el sueño, el cual todavía me invade.
Avanzo por los pasillos del apartamento, con los ojos medio cerrados y bostezando, dirigiéndome hacia la pequeña cocina que poseo, buscando a tientas un pocillo lleno de café caliente. Los gemidos se han detenido o el sonido no llega hasta la cocina, el sueño me retiene y estoy a punto de tirarme a dormir en el suelo frío de madera. Las mañanas siempre han sido frías y las peores horas de mi día.
—Livia—susurran mi nombre sin fuerza acompañado de unos suaves golpes en el ventanal del balcón. Dirijo la mirada hacia donde proviene el sutil sonido, Hendry o mejor conocido como el amante de mi amiga, está del otro lado del ventanal sosteniendo la ropa entre las manos.
¿Acaso no es demasiado temprano para estar ocultado las aventuras de mi amiga? Lo es, pero parece que estas dos personas necesitan coger como conejos sin importar que hora del día sea. Sonrió tomando otro trago de café, observando como Hendry salta de un pie a otro tratando de alejar el frío de su cuerpo, no obstante, no importa cuánto salte o se mueva de un lugar a otro; estar rodeado de nieve no ayuda a su causa. La expresión del castaño se arruga tiñéndose por la molestia y el malestar que le provoca el frío, pero no me interesa que tanto frunza el ceño, no abriré el ventanal hasta que a mí se me dé la gana.
—Livia, me estoy congelando, mujer—farfulla el castaño, dando pequeños saltos—ábreme—insiste comenzando a colocarse la ropa entre saltos.
—Puedes congelarte un poco más, Hendry, para los pecadores este es el menor de los castigos—anuncio con la voz cargada de burla. Un suave gruñido se escucha desde el otro lado, tan suave que es prácticamente silenciado por el vidrio.
No tengo nada contra Hendry, ni contra la poco funcional relación que está llevando a cabo Verónica, mi amiga. No poseo ninguna opinión sobre ellos, pero odio que me despierten tan temprano con sus gemidos ahogados, cuando tuve que desvelarme corrigiendo el epílogo de un nuevo libro; algunos trabajamos hasta el cansancio para mantenernos donde estamos. Sirvo otra taza de café caminando hacia el ventanal que da directamente a la habitación principal. El apartamento, que compre dos años después de posicionarme como escritora novata, no tiene habitaciones o divisiones entre la cocina, sala y la habitación principal.
—Gracias, Livia—masculla Hendry entrando al apartamento, sujeta la taza de café entre las manos dándole profundos tragos. Me siento en la cama cruzando las piernas, el pequeño short de peluche blanco se sube dejando al descubierto por completo mis piernas blancas.
El aire frío del invierno se escabulle entre la abertura que dejo el moreno al entrar, provocando que la piel se eriza ante el cambio de temperatura. El tono de piel del castaño vuelve a la normalidad, adquiriendo su típico color bronceado. No entiendo como hay personas tan desesperadas que aceptan una relación como la que Verónica puede ofrecer, es algo que no irá a ningún lado; entiendo que el sexo sin compromiso, es algo tentador y jugoso.
Una oferta que muchos no pueden darse el lujo de rechazar, pero esto no es simple sexo sin compromiso, estás siendo el amante de una mujer que dentro de un mes estará caminando al altar... Estas con una persona que solo te ve como un objeto.
—Ya puedes irte, quiero volver a dormir—anuncio escondiéndome entre las sabanas gruesas. Hendry me dirige una mirada intrigante desde el lugar donde se encuentra. Aquella mirada trata de analizar que pasa por mi cabeza cada vez que sucede esto—no lo pienses tanto, únicamente cubro el culo de Verónica, tú no me interesas chico—aclaro acurrucándome en una mejor posición contra las decenas de almohadas que hay en la cama.
Mis dos gustos favoritos en la mañana, es una taza de café caliente, muchas almohadas en la cama y un frío tenas que haga temblar mi cuerpo. Me gusta el frío.
—Lo sé.
—Me alegro de que lo comprendas, ahora lárgate, no quiero ver a la persona que hace unos minutos estaba gimiendo con fuerza—las mejillas de Hendry se enrojecen en un profundo rosado, aquella acción tan natural siempre me deja reflexionando cómo fue que se conocieron esos dos. Hendry no encaja en el mundo de Verónica, tampoco en el mundo de la música y la fama, donde los débiles son devorados con facilidad.
Pasos rápidos y fuertes se escuchan dirigiéndose hacia la puerta, no tengo que observar el rostro del moreno para saber que aún se encuentra sonrojado y que ese cautivador tono rosa ha bajado hasta su cuello y pecho.
Hendry posee una expresión seria y ojos tranquilos, sin embargo, que una persona que no conoces de nada, te escuche gemir casi todos los días; le quita la seriedad a cualquiera. Hace dos meses cuando Verónica apareció con la idea de tener una aventura antes del matrimonio o, un desfogue como le dice ella; me pareció la peor idea del mundo. Sin embargo, la morena no se rindió hasta que consiguió mi ayuda para ocultar su amante. No tenía una razón para negarme.
De todas las personas que imaginé como su amante, nunca en mis sueños más descabellados pensé en una persona como Hendry. Ellos dos batean en diferentes ligas.
¿Quién en su sano juicio se podría resistir a Verónica? Dudo que Hendry colocara resistencia hacia la seducción de la morena italiana. Cierro los ojos cayendo en un ligero sueño, el cual se ve interrumpido media hora después por una alarma, estiro el brazo buscando el celular que suena como si la batería dependiera de ello. Entrecierro los ojos dejando salir una maldición al darme cuenta de que no es una alarma sino una llamada de mi agente. Gia Bianco es otra persona que no respeta los horarios de sueño; no importa cuántas veces desvíe la llamada, ella sigue insistiendo hasta que respondo a su despiadada búsqueda.
— ¿Sabes qué hora es, Gia? —pregunto cogiendo la llamada, tirando la sabana gruesa encima de la cabeza.
Escucho una suave risa al otro lado, esa melodía burlesca hace que el último rasgo del sueño desaparezca por completo. Gruño con aburrimiento, frotando con el dorso de la mano, el rostro, dejando a su paso la piel roja e irritada.
—La hora suficiente para que atiendas una llamada que viene con buenas noticias—anuncia con arrogancia, esa frase provoca que el mal humor provocado por la llamada desaparezca. Tiro la sabana hacia abajo sentándome en la cama esperando que Gia se digne a dejar el insípido silencio, el cual tiene la intención de ser melodramático. Pero con Gia no hay ninguna acción que pueda cumplir ese sentimiento—el manuscrito que enviaste hace unas horas ha sido aceptado, en este momento quieren discutir el contrato con nosotras.
— ¿Estás jodiendo? —pregunto entre gritos saltando fuera de la cama, la risa desigual y poco elegante de Gia se escucha con fuerza comprobándome que no es una mentira de mi agente. Gia es terrible, pero su forma de reír tan desmedida la dejan al descubierto cuando está diciendo la verdad.
—No, pequeña Liv, quieren tener tu obra, aunque hay otra editorial que está interesada—proceso las palabras que acaban de salir de la boca de mi agente, solamente tenía a una editorial en mente para este nuevo libro qué planeo sacar. Hasta ahora, solo hay una donde puedo llegar con mi nivel actual, aunque me interesaría estar con la editorial Royal, siendo esta una de las mejores en fantasía.
— ¿Quién es la otra editorial? —preguntó con curiosidad e impaciencia.
—Llega a la oficina para que hablemos mejor de este tema, por ahora no te diré nada más—Gia cuelga la llamada dejándome con la palabra en la boca.
Salto fuera de la cama, gruñendo la existencia de Gia. Odio que siempre me deje con la intriga, ese mal hábito de dejar a las personas pendiendo de un hilo, le pasara factura. El leve ladrido de mi perro se escucha desde el otro lado de la habitación, escaneo con la mirada, cada esquina con detenimiento encontrándome con la cara pereza de Luk, el pitbull tiene la boca abierta y la lengua le cuelga, casi tocando uno de los ojos.
—Chico perezoso—susurro acariciando la barriga peluda. Luk aúlla de felicidad y sus tres patas se mueven con poca energía en el aire. Esa es la única señal que necesito para saber que se quedara dormido todo lo que falta de la mañana.
Luk fue rescatado de un lugar abandonado, el pequeño cachorro de cuatro meses estaba esperando con otros perros su momento de morir. Lo que sucede con los peros de caza y r**a, es triste, si nacen con una pequeña deformación, ya son descartados; son echados a un lado, porque no son ganancia. Luk aulló aquel día con todas sus fuerzas, sus chillidos detuvieron mi andar guiándome justo hacia un pequeño cachorro de pelaje gris sucio.
El pitbull tenía solo tres patas y una herida en el dorso del abdomen. Puedo decir, con exactitud, que me cautivo con sus ojos brillantes y grandes, con una actitud juguetona, aunque su semblante demostraba que estaba segado por el dolor.
—Voy a salir, Luk, no hagas daños—pido antes de salir del cuarto, Luk mueve un poco la cabeza, pero no hace ni un sonido.
Al llegar a la editorial, Gia me recibe con una sonrisa la cual ocupa casi por completo su rostro. Los ojos de mi agente, parecen brillar, en un tono burlesco y de ansiedad; las ojeras adornan la piel de su rostro, dándole un aspecto cansando. Sin embargo, la pequeña mujer reboza de energía, pero conozco a la perfección su rutina mañanera, esta mujer toma más café de lo que su cuerpo puede soportar. Puedo percibir el suave aroma del café saliendo de ella; Gia gira y me indica que la acompañe hasta su oficina donde se encuentran las propuestas de ambas editoriales.
—Royal—murmura y mi corazón se detiene, las palabras que le siguen después al nombre de la editorial, son difusas para mí, mi cabeza parece haberse congelado con la emoción de saber que puedo alcanzar uno de mis anhelados sueños.
Siempre he deseado publicar con ellos, pero nunca imagine que estaría tan cerca. Al ligero toque de mis dedos extendidos.
— ¿Estás hablando en serio? ¿No me estás molestando, Gia? —ella asiente, y la sonrisa burlona y suave desaparece de sus rasgos. La seriedad se desliza por las facciones delicadas de su rostro rosado, dándome a entender que cada una de sus siguientes palabras son reales y cargadas de temas legales.
—Ambas editoriales, han propuesto planes de negocios, buenos. Pero, creo que la editorial Royal, podríamos sacarle un poco más de plata. En cambio, el plan de negocios de Fenix, tiene más ventajas para ti—explica con lentitud, demostrándome un cálculo aleatorio del porcentaje ganado. Sé a lo que quiere llegar a comparar ambas editoriales, desde el lado económico. Royal quiere aprovecharse que soy una escritora novata—podemos mandar una contraoferta, ver cuánto están dispuestos a ceder. Sin embargo, para mí Fenix es la mejor opción en este momento.
—Entiendo completamente tu punto, Gia. Pero, sabes que mi sueño es publicar con Royal—ella asiente y sus ojos calculadores analizan una vez más cada pequeño detalle. En este momento Gia, parece una máquina trabajando a todo motor, en sus ojos parece que hay luces y números asomándose y sus labios entre abierto, deja escapar un ligero humo. Gia, está ardiendo—pensaré a profundidad ambas sugerencias, hablaremos después—suspiro con cansancio.
—Deberías descansar todo el día, andas escribiendo como si tu vida dependiera de aquello—y no se equivoca, mi vida y estabilidad económica depende de mis libros. Provengo de una familia acomodada, pero al no seguir su línea de trabajo me ha quitado por completo todos los privilegios, hasta el apellido.
Sin embargo, no me afecta en lo más mínimo la decisión de los mayores. Entiendo su forma de actuar, aunque en su momento, fueron acciones que dañaron un poco mi corazón y forma de pensar. No obstante, ahora que soy mayor, lo entiendo a la perfección.
—Estaré bien, Gia. No tienes de que preocuparte, mientras no caiga en la cama de un hospital, todo está bien—ella refunfuña descontenta por mis palabras, pero esa es mi realidad. Mientras mi salud no depende del personal médico, todo está bien.
Alguien debe pagar las cuentas del apartamento, la comida en la nevera, las croquetas especiales de Luk y todos los recibos de la veterinaria y medicamento que necesitan. Tanto Luk, como yo, merecemos una buena vida y solo el dinero pueda dárnosla. He estado en muchos trabajos y sinceramente este es el que más amo. Y donde puedo ser yo misma.