Julian arrancó el motor de la lancha. El rugido rompió el silencio de las estrechas aguas napolitanas. El Retablo, envuelto en terciopelo n***o y embarrado, yacía a nuestros pies, el trofeo de nuestra traición mutua.
—¡Agárrate! —ordenó Julian, girando el timón con furia.
Agustina se aferró al asiento, su rostro pálido pero firme. Su ropa de seda estaba rasgada, la suciedad de la Capilla manchaba su piel. Se veía más peligrosa que nunca.
La lancha aceleró, rompiendo olas. La Capilla quedó atrás, pero el peligro no había terminado. Sabíamos que los Conti no nos dejarían ir tan fácilmente.
—Luca Rossi y Narciso no van a dejar esto pasar —dije Julian, con la boca amarga por la traición de su hermano.
—Y la Nonna no va a dejar que los humillemos robando el Retablo. Es una ofensa a su honor —replicó Agustina, limpiándose una mancha de sangre (no suya) de la mejilla.
Cruzamos un canal abierto. Entonces lo vi. Una lancha rápida, oscura y poderosa, saliendo de un puerto pesquero cercano.
—Ahí vienen —masculló Julian. Eran los Conti, iban en lanchas listos para disparar.
Julian se inclinó sobre el timón, empujando el motor al límite. El aire silbaba. Tenía que perderlos en el laberinto de canales napolitanos, donde la velocidad no importaba tanto como la astucia.
La lancha Conti se acercó. Eran implacables.
—¡Agustina! ¡Cúbrete! —gritó Julian.
Se escuchó el primer disparo. Un sonido seco que golpeó el costado de nuestra lancha.
Julian zigzaguedó, haciendo giros bruscos para usar los edificios antiguos como escudo. La adrenalina nublaba mi juicio, pero la presencia de Agustina a mi lado era la única cosa clara. Tenía que mantenerla viva,porque ella era ahora la prueba de que podía gobernar.
—¡El Retablo! ¡Cúbrelo! —ordenó Julian. El Retablo era su única palanca.
Agustina se arrodilló, cubriendo la pieza de arte con su propio cuerpo. La viuda del Don Vermilion, dispuesta a recibir una bala por el botín robado de la familia de su suegra. La ironía era grotesca.
—¡Tenemos que salir al mar abierto! —gritó Agustina.
—¡Es lo que quieren! Nos van a rodear —respondió Julian, virando bruscamente para meterse bajo un puente antiguo.
El puente era oscuro y bajo. Julian desaceleró apenas un instante. Al salir, sintió el impacto. No fue una bala. Fue el motor Conti rozando el nuestro en un intento fallido de abordaje.
—¡Casi! —gruñó Julian.
La persecución continuó. Julian se internó en un canal tan estrecho que solo cabía nuestra lancha. Las paredes de los edificios eran casi tocables. La lancha Conti, más ancha, se quedó atascada por un momento.
—¡Hemos ganado unos segundos! —dijo Julian.
—No hemos ganado nada, Julian. Solo hemos comprado tiempo —dijo Agustina, levantándose, con el Retablo a salvo—. Tenemos que dejar la lancha y desaparecer en el puerto.
Julian asintió. No había tiempo para la discusión.
—Hay un muelle abandonado a cien metros. Dejaremos la lancha y nos mezclaremos con los pescadores.
Llegamos al muelle. Julian atracó la lancha, la dejó con el motor en ralentí y con el Retablo de madera en las manos.
—Si nos atrapan con esto, no hay fianza, Agustina. Es el final de la Famiglia —dijo Julian.
—Si nos atrapan, les recuerdo quién soy —replicó ella, ajustando el peso del Retablo.
El rostro de Julian estaba cubierto de hollín y sangre. Él la miró. No había duda, la complicidad se había sellado en el fuego.
—Una lancha está viniendo, Julian. ¡Rápido!
Salimos del muelle. Julian, con su traje roto, y yo, con el vestido manchado, cargando el pesado Retablo, desaparecimos en el laberinto sucio y ruidoso del puerto de Nápoles. Los Conti nos seguían de cerca, pero en ese caos, éramos dos fantasmas fugándose con el tesoro de su venganza.
El destino final era volver a Venecia. A reclamar lo que Julian creía que era suyo, con la ladrona más astuta y peligrosa a su lado.
Corrimos, dejando atrás el muelle y el caos de las redes caídas. El puerto de Nápoles era un laberinto de contenedores, camiones ruidosos y gente que no hacía preguntas. Era nuestro mejor camuflaje.
Julian caminaba encorvado. Su mano apretaba su hombro, la sangre oscura ya se había empapado en su traje n***o, la prueba física de que la Famiglia Vermilion estaba bajo ataque. Yo llevaba el Retablo de madera, envuelto torpemente en el terciopelo manchado de sangre. El objeto era pesado, pero el peso de su significado era mayor.
—Tenemos que dejar esto y conseguir un médico —dije, sintiendo la tensión.
—No hay médicos. Solo soplones. Y no dejo esto —gruñó Julian, su voz era débil por la pérdida de sangre, pero su voluntad era de acero. El Retablo era su corona—. Hay un almacén abandonado cerca de las vías del tren. Lo usé de niño para fumar. Nadie nos buscará allí.
Llegamos al almacén. Era frío y olía a humedad y aceite viejo. Julian se desplomó sobre unos sacos de grano polvorientos.
—Dame eso —ordenó, señalando el Retablo.
Lo dejé a su lado. Se sentía menos seguro al separarme del trofeo, pero su herida era prioridad.
La luz que se filtraba por las rendijas del techo iluminaba el hombro de Julian. La herida era profunda, la bala había rasgado la carne. Necesitaba desinfectarse y sutura, pero solo teníamos agua embotellada y un pañuelo.
—Me vas a decir la verdad sobre la noche de Abietti o vas a desangrarte aquí —dije, arrodillándome a su lado.
Julian sonrió con amargura. —Siempre juegas. Quita la chaqueta.
Le quité la chaqueta rasgada y la camisa. Su torso estaba tenso, esculpido por el control, y ahora marcado por la violencia. Corté el resto de la tela alrededor de la herida.
—Esto va a doler. Mucho —advertí.
—Hazlo.
Usé el agua y el pañuelo para limpiar la herida. Él no gritó. Solo apretó la mandíbula, sus ojos llenos de una mezcla de dolor físico y la furia contenida de la traición de Narciso. El acto era grotescamente íntimo, yo Agustina Josefina Vermilion, la viuda, bueno, la ladrona, estaba ayudando al hombro que nunca pensé en ayudar.
—¿Cómo sabías lo de la linterna? —preguntó Julian, con la voz apenas audible.
—Observación. Y porque la gente siempre subestima lo que una mujer puede hacer con una herramienta simple —respondí.
Agustina usó su ropa interior de seda rasgada, el único pañuelo limpio que tenía, para vendar la herida. Era un vendaje pobre, pero detendría el sangrado.
—Estamos solos. Heridos. Con el Retablo, el trofeo de la venganza de tu abuela. El precio es alto, Julian —dije, terminando el nudo.
—El precio solo me hace desear más el poder de Venecia.—dijo Julian, su aliento era caliente.
Me agarró la nuca y me acercó. Para mirarme a los ojos, con la verdad.
—Tienes mi dinero, Agustina. Tienes mi confianza. Y ahora, tienes mi sangre en tus manos. Eres mi única ancla en esta mierda. Si me traicionas...
—Lo sé. Me matarás. ¿Y si te mientes a ti mismo? —dije.
Julian cerró los ojos, el dolor le ganaba. —Solo recuerdo las risas de Narciso, la cara de Abietti. Recuerdo el traje. Pero no recuerdo... la sangre.
—Entonces el juego continúa. Porque el asesino sigue suelto. Y ahora, la herida de Julian es la prueba de que el control de la Famiglia solo lo tendrás cuando superes tu propia mente.
Julian se levantó lentamente. Tenía que conseguir un medio de escape.
—Nápoles es un infierno. Luca Rossi y los Conti no descansarán. Necesitamos un avión —dijo Julian.
—No podemos usar tus contactos. O la policía. Y los aeropuertos están vigilados —dije.
Julian tomó el Retablo. Lo miró, con el dolor en sus ojos.
—Conozco a un hombre en Palermo. Un viejo amigo de mi padre. Un contrabandista que le debe un favor a los Vermilion. Nos sacará por mar.
—Palermo. Un trato con otro criminal para salvar la Famiglia —dije, sintiendo la ironía—. Una traición más.
—Una traición necesaria. Vamos. Si nos quedamos aquí, moriremos como ratas —dijo Julian.
Salimos del almacén. El Retablo a cuestas, la sangre fresca en el hombro de Julian, y la promesa de venganza y el trono en nuestros ojos. El destino era el siguiente puerto, y la certeza de que el viaje de regreso a Venecia sería más peligroso que la fuga.