Aiden
—Señor Davis —el médico se acerca a mí, manteniendo su mandíbula apretada y el ceño fruncido.
Ver aquella expresión marcada en su rostro, hace que todo el mundo se me venga encima, ni siquiera había abierto su boca para decirlo, cuando ya suponía cuál sería aquella devastadora noticia.
Hanna tuvo complicaciones con el embarazo desde el primer mes, y, a pesar de que el obstetra nos aconsejó que lo mejor sería perder al bebé, ella se negó, pues se había enamorado tanto de aquel pequeño ser, que decidió seguir adelante, con la esperanza de que todo saldría bien, una esperanza que, poco a poco se me desvanecía al ver la forma en que aquel hombre negaba con la cabeza.
—Lo siento mucho, pero, su esposa ha muerto —murmura con pesar.
Cierro los ojos, permitiendo que las lágrimas se paseen con total libertad sobre mis mejillas, lágrimas cargadas de dolor, lágrimas que estaban sacándome de aquella fantasía con la que soñé, aquella maldita fantasía que ella me hizo creer al decirme que todo saldría bien…
—¿Cómo está el bebé? —mi voz se siente rasposa ante el esfuerzo que hago para no romperme por completo ante aquella drástica situación. Mi hijo me necesitaba, no podía echarme a morir ahora.
—Señor Davis, lamento mucho la situación —dice el médico al colocar una mano sobre mi hombro—, pero, ninguno de los dos lo ha logrado.
Abro los ojos, a la vez de que siento como todo comienza a volverse oscuro a mi alrededor, aquellas palabras aún martilleaban en mi cabeza, haciéndome ver que ahora estaba solo. Poco a poco mis fuerzas se van, todo da vueltas a mi alrededor y es en ese momento, cuando abro los ojos de forma sobresaltada en mi cama.
Llevo una mano hasta mi pecho, sintiendo la forma en que mi corazón late desbocado, mi cuerpo se encuentra cubierto por una fina capa de sudor, mientras que mis extremidades tiemblan sin parar.
—¿Qué pasa, Aiden?
Miro a mi lado, donde me encuentro con Leah, mi agente publicitaria, completamente dormida. La guapa morena me observa con preocupación, mientras deja salir un lento bostezo.
—No ha sido nada, solo una pesadilla —le aseguro al salir de la cama—, vuelve a dormir, Leah, que aún faltan un par de horas para que amanezca.
A tientas, me dirijo hacia la cocina de mi casa, donde voy directo a la nevera a sacar la botella de vino que no me terminé en la noche con Leah, me sirvo una copa y me la bebo sin detenerme, tratando con ello de calmar la forma en que mi corazón continúa golpeando en mi pecho. Ya habían pasado cuatro años desde eso, y aún seguía despertando en medio de las pesadillas, haciéndome ver una y otra vez, la forma en que mi final casi perfecto, se convirtió en uno cargado de amargura.
Permanezco en aquel lugar hasta que los rayos del sol poco a poco comienzan a entrar por la ventana de la cocina, mostrándome que era momento para prepararme para un nuevo día cargado de letras.
Las letras… ese maravilloso mundo en el que había encontrado mi forma de escape, donde comenzaba con hacer historias de ensueño, capaces de cautivar a cualquier persona, para luego, mostrarles cómo la vida podía pasar de ser feliz, a tener un triste final, como el mío.
—¿No es muy temprano para tomar vino? —pregunta Leah al entrar a la cocina, completamente lista para iniciar su día—. ¿Acaso no volviste a dormir, Aiden?
Niego con la cabeza, tomando de la copa otra vez.
—Ha sido un buen sexo, muchas gracias —le digo a mi agente publicitaria, al guiñarle un ojo.
—Sí, supongo que no me puedo quejar.
La chica se sienta frente a mí, dedicándose a revisar su teléfono móvil con gran dedicación, lo que me provoca sonreír. Me encantaba aquella extraña relación de amistad que tenía con mi agente publicitaria, pues, a pesar de que manteníamos algunos encuentros sexuales cada vez que nos daba ganas y no teníamos con quién quitárnosla, acabamos teniendo nuestra misma relación profesional. No éramos el tipo de persona que suelen mezclar los sentimientos, solo la pasábamos bien, sin necesidad de esperar más del otro.
—¿Hola? —habla ella al teléfono al tomar una llamada—. ¿Qué dices, Richard? —noto como frunce el ceño mientras acomoda un largo mechón de cabello oscuro tras su oreja—. Eso no es posible. ¿Cuál es el nombre de esa chica? —pregunta al hacer una mueca—, claro, nos pondremos tras ello.
—¿Qué pasa, Leah? Tienes cara de haber escuchado una pésima noticia.
—Es que me han dado una mala noticia —dice al asentir con la cabeza, dejando salir un lento suspiro cargado de frustración—, una tal Rose Mary acaba de aplastar tu último libro.
Aprieto la copa entre mis manos, a tal punto que, comienzo a sentirla crujir a poco de quebrarse, por lo que, la dejo sobre la isla de la cocina, tratando de controlarme. Miro a Leah, quien no deja de fruncir el ceño y de hacer muecas de fastidio.
—Al parecer, esa niña ha escrito una novela rosa que ahora, es el boom en todo Nueva York, y en menos de veinticuatro horas amenaza con ser un éxito mundial… joder, Aiden, ¿Cómo es posible que una puta novela cargada de amor vaya a quitarnos el primero lugar en el New York Times?
—Ya, no te preocupes —digo, tratando de calmarla, me pongo de pie y rodeo la isla, hasta detenerme tras de ella, donde comienzo a masajear sus hombros con suavidad—, haces un buen trabajo, Leah, y, estoy seguro que esto es ocasional, pronto voy a mostrarle a esa niña quién es el que manda.
Me inclino para depositar un pequeño beso en la curvatura de su cuello.
—Ahora, ve y descansa, nos hablaremos más tarde.
—Y así de fácil es como me echas de tu casa —ríe, viéndose un poco más relajada—, prepárate, Aiden, pues tendrás que ir al evento esta noche para que firmes libros y conozcas a tus fans.
—¡No me gustan las presentaciones, Leah!
—Pues que pena por ti, querido, porque ahora, nuestro trabajo es recuperar ese lugar —ella se pone de pie y me guiña un ojo, sonriendo con malicia, me da un beso en la mejilla y luego se dirige hacia la puerta—. ¡Ponte guapo, Aiden!
Rose Mary… ¿Quién era esa niña? ¿qué había escrito para adueñarse de mi tan preciado primer lugar?
Me paseo de un lado a otro por el living, tratando de convencerme de que aquello no me importaba, que solo era un pequeño bache en el camino, uno que pronto debía de corregir… suspiro con pesadez mientras tomo mi móvil y me siento en el sofá, tratando de contener la curiosidad que me invadía al querer saber más de aquella mujer. Aprieto el móvil entre mis manos, maldiciéndome por dentro al encontrarme escribiendo su nombre en el buscador de Google, dándome un pobre resultado, en el cual tan solo veía dónde podía adquirir su dichoso libro. Entro a uno de los resúmenes que encuentro en la web y comienzo a leer, dándome cuenta que, en verdad, era un libro tan cargado de romance, que lo único que hacía era provocarme náuseas… ¿En serio un libro de este tipo había sido capaz de quitarme el primer lugar?
—¿Quién carajos eres, Rose Mary? —pregunto en voz alta al dejar el móvil a un lado para tallar mi rostro con ambas manos—, ¿crees que voy a dejarte el camino fácil, extraña? —me pongo de pie para ir hacia mi habitación, aceptando el hecho de que tendría que presentarme a esa dichosa presentación de la que Leah me había hablado—. Supongo que pronto sabrás quién es el mejor —murmuro al torcer una sonrisa, a la vez de que me dedico a buscar algo cómodo qué ponerme.