Aiden Me detengo frente al ventanal que da al jardín trasero de mi casa, y tallo mi rostro con ambas manos, suspirando con pesadez a la vez de que intento olvidar la forma en que sus labios se sintieron al frotarse contra los míos… ¿Qué mierdas, Aiden? —me regaño mentalmente— ¡saca a esa dichosa niña de tu cabeza ahora mismo! —me ordeno al estirar mis brazos sobre mi cabeza, tratando de relajarme en vano, pues mi cerebro podrido solo pensaba en Mía y en esos labios redondos que tenía y que me provocaban. —Aiden, ¿en serio crees que es buena idea dejar que esa niña elija el final del libro? —la voz de Leah hace eco tras de mí, lo que me provoca suspirar con pesadez. Había llegado hacía treinta minutos atrás, y, desde entonces, no había parado de insistir con lo mismo, al repetir que, los

