|Oleg Ferraro| —¿Vas a seguir con ese silencio inútil? —le lanzo a Loreley, sentada frente a mí como estatua, muda desde anoche. Ni siquiera me digna una mirada—. No entiendo tu enojo. No tenías que aparecer en esa maldita fiesta. La culpa fue tuya. —Entiendo que debas casarte con esa mujer, ¿pero dejarte besar como si nada? —escupe, con los ojos desorbitados. El desayuno sigue intacto—. Que actúen en público no significa que deban tocarse. —¿Eso que escucho es celos? —arqueo una ceja. Al fin me mira. Nada de dulzura, ni rastro de la sonrisa que siempre me regala. Hoy está distinta. —Hicimos un juramento —me reprocha con frialdad—. Juraste que siempre sería tu prioridad. Ayer no lo parecía. —Sigues siéndolo, pero no frente a la Cosa Nostra. Mucho menos frente al Schwarzer Zirkel. Esa

