CAPÍTULO TREINTA Y UNO Kate se hallaba sentada junto a DeMarco, mirando su teléfono, en la pequeña sala de exámenes del hospital. Eran las 8:55 y contemplaba la pantalla de mensajes de texto en blanco con el nombre de Allen en la parte superior. Llevaba un minuto pensando qué decir y finalmente se decidió: Me siento terrible. El trabajo de nuevo. Mismo caso. Pero lo resolvimos. Significa que no hay cena. Lo siento tanto. Lo envió y miró a DeMarco. Ella estaba sentada en el borde mismo de la camilla de examen. Una gaza envolvía su brazo izquierdo donde había sufrido el corte. No había perdido demasiada sangre y aunque la herida había sido más bien profunda, había sido fácilmente reparada con dieciséis puntos. —¿Ese fue para tu hija? —preguntó DeMarco. —No. Un amigo. DeMarco asintió con

