Capítulo 13: Botella compartida

1695 Palabras
Megan Martin En cuanto se mete al baño, yo me muevo y comienzo a cambiarme. Puedo darme una ducha en casa. Sé que apesto a medicinas y desinfectante, pero eso es mejor a que Dereck me ayude a ducharme y cambiarme. ¿Cómo podría controlar mis hormonas de adolescente ante semejante situación? Y me siento sucia, porque es el esposo de mi madre. Sé que no está enamorada, ella no se enamora porque cuida su corazón, pero sé que lo quiere mucho, lo respeta, lo admira y es su esposo. Aunque lo detestara, es su esposo y ese vínculo es más que suficiente para no acercarme a él. En cuanto termino de colocarme la blusa, siento el cerrojo abrirse y me siento como niña buena en la orilla de la cama. No quiero verlo a la cara, pero casi puedo ver su expresión de sorpresa, sus ojos oscureciéndose y mirándome con ese odio que me tiene. —Veo que pasaste de la ducha. —No quiero bañarme y pegarme de nuevo el olor a hospital. Prefiero la ducha en casa, en donde me puedo secar el cabello y ponerme un delicioso pijama para meterme a la cama. —Qué obediente —dice con los dientes apretados. Toma las bolsas con la ropa sucia, las deja juntas y pide una silla de ruedas en cuanto abre la puerta del cuarto. Trato de aguantarme la risa cuando veo su cara al ver entrar a Irwin con la silla, me ayuda a sentarme en ella y la empuja sin esperar nada más. —Mamá me preguntó si quieres comer algo especial. —Solo quiero ir a casa, allá veré qué me preparo —le digo con cansancio. —La doctora dijo que necesitas reposo estos dos días, no puedes pasearte así nada más. —Sí, pues yo no tengo empleadas que me atiendan —me río con el mismo sarcasmo con el que lo hacemos siempre. Pero una garganta se aclara escandalosamente y me giro solo un poco para ver a Dereck. Si las miradas mataran, yo ya estaría acribillada y creo que le alcanza para resucitarme y matarme de nuevo. —No me gané el dolor en la espalda cuidándote toda la noche, para que tú no te cuides. —Te recuerdo que yo no soy la señorita de la casa. —¡Pues hasta mañana sí! —suelta un bufido y camina un poco más rápido. Lo veo sacar su teléfono y llamar a alguien. Seguramente al tonto de su perro faldero, el tal Karl ese. Es un nerd, aunque mamá me ha dicho que muy eficiente. Seguro el pobre tendrá que ir a comprarle medicinas para el dolor de espalda y un café caro en el mejor restaurante. —Tu padrastro tiene serios problemas de carácter —murmura Irwin y yo me río. —No tienes idea. Está loco, no me soporta, pero al menos sé que quiere a mi madre, porque ha hecho todo esto por ella. —¿Y solo por eso tienes que aguantar sus humillaciones? —Solo un poco más. Cuando me vaya contigo cerca del campus, ya no tendré que lidiar más con él. Irwin me da unas palmaditas en el hombro y seguimos el camino. Dereck está en el ascensor, deteniendo las puertas para nosotros y en cuanto subimos, marca el subterráneo. —No, Karl. Quiero el desayuno más completo y liviano que tengan. Sobre eso, ¿te ha llamado mi esposa? Bien, no te preocupes por eso, ya cuando lleguemos a la casa hablaré con ella. ¡Ja, ja, ja! Claro que no, a una mujer siempre se le puede contentar con una joya o un buen polvo. Yo giro mi cabeza como si fuera la niña del exorcista y él solo me mira con una media sonrisa, como si supiera algo que yo no. Me sonrojo por lo que acaba de decir y me imagino a mi madre con él… ¡Agh! Qué asco. No es que ella me dé asco, sino el pensar en que ella y Dereck, en su cuarto. —Bien. Nos vemos en la casa. No, cancela todo, me quedaré estos dos días en casa. No, Karl. Mi espalda estará bien, pero tengo que asegurarme de que cierta muchachita no haga estupideces. Adiós. Corta la llamada, miro delante de nuevo y siento el apretón de mi amigo en mi hombro. Se mueve un poco y casi puedo ver que se está aguantando la carcajada. Sabe cuánto detesto que me controlen, porque no soy precisamente una adolescente descarriada. En cuanto las puertas se abren, Irwin empuja la silla y Dereck camina con toda la elegancia que lo caracteriza. Ni siquiera llevando las bolsas con ropa se ve menos que siempre. La señora McConnor llega con una bolsa que huele delicioso. Me la entrega y sonrío con agradecimiento. Dereck le señala a Irwin su auto, me lleva hasta él y cuando llegamos al SUV, Dereck abre la puerta. Toma la bolsa de papel de la señora McConnor, la deja dentro del auto y se acerca a mí. —Ya que eres tan buen novio, ¿podrías regresar la silla? —no le está pidiendo un favor, le está dando una orden. Pero Irwin es tan caballero y considerado, que solo le sonríe. —Claro, señor Hunt —Irwin intenta ayudarme a ponerme de pie, pero Dereck me levanta como si fuera una pluma y me mete al auto. —Nos vemos luego —le digo, algo avergonzada y él me lanza un beso antes de tomar la silla y marcharse. Dereck se sube de inmediato y, al ver que no me he puesto el cinturón, lo hace él. Quedamos tan cerca, en una intimidad tan incómoda, que yo muevo mi rostro para ver por la ventana. Su aroma me aturde, solo quiero salir de aquí y meterme en mi cuarto para no verlo más. —Déjame ser yo quien hable con tu madre. Si comienza a llorar demasiado o a gritar, te vas a tu cuarto. —Está bien —murmuro. No quiero peleas ni nada más, esto es demasiado extraño. El trayecto es en silencio, mi estómago comienza a pedir de eso que hay en la bolsa de papel, pero me aguanto porque él tampoco ha comido nada y siento que es una falta de respeto. Pero lo que no puedes calcular es cuándo te encuentras con un atochamiento. Dereck solo suspira, cierra los ojos y apoya su cabeza en el asiento. Yo no aguanto más y abro la bolsa. Veo cuatro donas, de chocolate como me encantan, y una botella de jugo orgánico de naranja. Se nota que Irwin le ha hablado de mí a su madre. Saco una dona con ayuda de una servilleta, pero en lugar de morderla, se la extiendo a Dereck. —¿Quieres? —abre los ojos y se incorpora cuando ve el dulce. —Gracias —la recibe, lo veo darle una mordida y gime de puro gusto—. Hace demasiado tiempo que no comía una dona. —Solo te digo, tenemos una botella de jugo, así que deberemos compartir. No dice nada, solo se come la dona y avanza un metro en el atasco. Verlo así me hace pensar en que este hombre es diferente a lo que pensaba y siento que, en el futuro, podría buscar alguien que se le parezca a él como pareja. Avanzamos un poco más, le doy la otra dona y cuando me termino la última, abro la botella de jugo. Bebo tratando de tocar lo menos posible la botella con la boca. No soy escrupulosa, pero hay personas que sí lo son y ya que no soy del agrado de Dereck, dudo que quiera beber de la misma botella que yo. Intento buscar algo con qué limpiarla, pero no veo nada. —¿Qué necesitas? —me pregunta, esa voz ronca me eriza la piel. —Estoy buscando algo para limpiar la botella —lo veo fruncir el ceño—. No creo que quieras mi saliva en ella. Me la quita y con una cara, mezcla de desafío y de algo más, bebe de la botella sin más. Trago con dificultad al ver cómo se bebe todo de un tirón y cuando se pasa la lengua por los labios, siento que me va a dar algo. —No soy escrupuloso, Megan. Gracias por compartir. No digo nada más. Esto ha sido de lo más raro, especialmente porque me late el corazón a un ritmo anormal. Dereck Hunt Debo decir que la expresión de Megan es un poema. Puedo ver cómo sus pupilas se dilatan mientras me bebo el jugo de la botella que ella ha tocado antes y cuando me relamo los labios, parece que va a colapsar. Le afecto y, aunque debería agradarme la idea, sé que está mal. Ella es la hija de mi esposa, una chiquilla que no tiene idea de tantas cosas y que debería estar prohibida. Y, aun así, me encanta. Avanzamos unos metros más, llego a una intersección y decido doblar para tomar otro camino. Quiero llegar lo antes posible a casa, llevarla a su cuarto y obligarla a descansar. Tras casi media hora, llegamos a casa y al quitarme el cinturón, le digo. —Espérame aquí. Rodeo el auto, abro su puerta y le quito el cinturón. La tomo sin demasiado esfuerzo, siento su aroma y trato de controlarme todo lo que puedo. Al entrar a la casa, una de las empleadas corre para abrir la puerta del cuarto de Megan y otra más se acerca para preguntar si le llevo el desayuno de inmediato. —No. La señorita se dará una ducha. Sin embargo, cuando llegamos a la escalera, veo a mi esposa bajar todo lo rápido que sus tacones se lo permiten y decido no subir. —¡Hija! ¡¿Qué le pasó?! La siento tensarse, pero en un susurro a su oído, le recuerdo. —No hables. Yo me encargo. Ella asiente y puedo sentir cómo se relaja. «Así me gusta, pequeña, que te entregues sin pelear», pienso y me encantaría que eso tuviera un doble sentido.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR