Capítulo 17: Con el control al límite

1094 Palabras
Dereck Hunt Siempre me ha costado dormir con otra persona. Siempre. Pero al atraer a Megan hacia mi cuerpo, abrazarla y sentir su aroma tan diferente, solo cerré los ojos y me dormí. Y ahora he despertado. Ella sigue dormida, se movió muy poco por la noche y parece que duerme plácidamente. No quiero irme, no quiero salirme de aquí, pero cada minuto que me quedo en esta cama es un minuto que agrego a mi condena. No soy religioso para nada, pero tengo algo de ética, moral o lo que sea que los religiosos juzguen. Sé que esto está mal, de alguna manera está muy mal, sobre todo porque todos los hombres sanos y jóvenes nos despertamos con cierta condición en las mañanas. Si ella se despertara ahora, solo me vería como un maldito pervertido. Y tal vez lo soy al imaginarme sobre ella, haciéndole el amor como loco siendo tan joven. Me muevo un poco, salgo de la cama y me quedo mirándola buscar una almohada para abrazar en lugar de a mí. Sonrío como no puedo hacerlo cuando ella está despierta y me voy. La ducha es templada, más hacia el frío que lo caliente, para ver si me bajo todo lo que pasar la noche con una mujer sin tener sexo, o mejor dicho, lo que pasar la noche con la mujer que ahora me vuelve completamente loco en todos los sentidos me ha provocado. Al salir, me visto con mi traje, porque tengo una reunión preparada para esta mañana. Veo mi teléfono y tengo una llamada de mi esposa. Le escribo rápido, preguntándole cómo está, cómo están sus hijos y diciéndole que Megan aún no ha despertado, o al menos eso creo que porque no he querido ir a molestarla. —Mientras menos sepa, es mejor. Cierro los ojos, respiro profundo y llamo a mi hermana. “Hermanito hermoso, ¿cómo has estado?” —Fatal. Te necesito. ¿Puedo ir a visitarte? “La pregunta me ofende profundamente. Sabes que vivo sola y que puedes venir cuando quieras. Solo dime cuándo, para esperarte con tu postre favorito.” —Esta noche. Y prepara mucho, será como una de esas pijamadas que teníamos de jóvenes. Ella se ríe, nos despedimos y salgo a enfrentar a mis demonios, mejor dicho, a mi dulce tormento. Noto que una de las chicas del servicio sale de su cuarto y me da los buenos días. —La señorita ya está despierta, en unos minutos le traeré el desayuno. Asiento, entro al cuarto y la veo bajar la mirada en cuanto me ve. Lo sé, preciosa, yo también me siento extraño, solo que tengo más capacidad que tú para pasarme la vergüenza por donde se me plazca. —¿Cómo dormiste? —Muy bien, gracias —se pone de pie con más seguridad que ayer y eso me gusta—. Ya no me duele la cabeza y tampoco se me mueve el mundo cuando me pongo de pie. —Esas son buenas noticias. Si quieres, hoy puedo bajarte para que estés en la sala y no te aburras tanto. —Gracias por la oferta, pero da lo mismo. Será estar ahí para no hacer nada y eso me vuelve loca. Necesito hacer mil cosas, pero para eso debo usar una pantalla o un libro, algo que el señor no me permite usar. Sonrío de medio lado, ella pone los ojos en blanco y se mete al baño. Yo salgo de su cuarto y bajo a la cocina para recibir la bandeja. Pongo un par de cosas que quiero comer, mi taza de café y me voy de camino a su cuarto, cuando veo entrar a Karl algo nervioso. —Señor, buenos días, espero que… —Habla ya, sé cuando alguien metió la pata. —El equipo de informática me acaba de avisar que alguien intentó penetrar la seguridad de archivos sensibles. No pudieron acceder, pero sí se bloqueó el sistema y ahora tenemos que esperar para que se reinicie. —Maldición —sigo el camino hacia el cuarto de Megan y él me sigue—. Quiero un informe preliminar dentro de veinte minutos y otro detallado no más allá de dos horas. Quiero saber por qué, quién, dónde, cuándo, todo. Abre la puerta. Karl abre la puerta del cuarto de Megan y ella se sorprende al ver a mi asistente ahí. —Espero que no te moleste, pero están pasando cosas en mi empresa y debo solucionarlas lo antes posible. —Pues hazlo, yo no haré una estupidez, quiero salir pronto de esto, pero si hago algo mal estaré peor —recibe la bandeja, mira el plato con tostadas y lo extiende hacia Karl—. ¿Se le ofrece uno? —Sí, gracias —yo miro feo a Karl, pero él ni se entera. —El desayuno es para la señorita, Karl. Ve a comprarte tu propio desayuno. —Claro, señor, pero ahora mismo muero de hambre y se me puede bajar el azúcar. Megan se ríe y se me hace el sonido más hermoso. Realmente estoy idiota por esta niña. Tomo mi desayuno, lo saco del cuarto y comenzamos a hablar de todo lo que hará el equipo para manejar la crisis. Además, me da el itinerario del día, lo agrego a mi agenda y lo despacho. Regreso para tomar la bandeja de Megan. No la veo por ninguna parte, noto que la puerta del baño está semiabierta, el sonido de la ducha llega a mis oídos y de pronto, la oigo cantar. —Me estás jodiendo… Me quedo con la boca abierta. ¡Está cantando la jodida Habanera de la ópera Carmen! Tiene una voz espectacular, pero lo que más me llama la atención es que es precisamente «esa» pieza. La mujer rebelde, como ella. Mi instinto depredador me dice que entre, que la vea, que la cubra con mi cuerpo y vea que tan rebelde es, qué tanto puede resistirse a mí. Mi mano está en el pomo de la puerta, pero una vibración en mi pantalón me saca de esa idea. Con el corazón latiendo a mil por hora, tomo la bandeja y me largo de ese cuarto. Lejos de esa mujer tan atractiva. Tomo mi teléfono, es el correo con el primer informe y me sumerjo en él para concentrar mi mente en lo único que me podría obsesionar lo suficiente para olvidar que pude haber visto desnuda a Megan. Solo el trabajo me puede ayudar con esto. Cada vez se me sale más de control.
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