Megan Martin
Luego de comer a duras penas, no por el dolor, sino por la presencia intimidante de Dereck, me quedo en mi cuarto sin saber qué hacer.
No puedo leer, tampoco escuchar música con mis audífonos, porque eso podría darme más dolor de cabeza. Sin televisión ni nada que involucre pantallas.
—Maldito capitán, me arruinaste el día.
Miro el techo y siento que las lágrimas quieren salir. Pero me aguanto.
De pronto, mi teléfono vibra a un lado y al tomarlo, veo que es una llamada de Irwin. Le contesto de inmediato, con la esperanza de que me diga que vendrá a verme.
—¡Irwin! Gracias al cielo, estoy demasiado aburrida. ¿No quieres venir a hacerme compañía?
“Me encantaría, preciosa. Pero no me dejan entrar a la mansión. Tu padrastro prohibió toda visita para la señorita Martin, porque debe descansar.”
—Es un idiota. Lo siento tanto, especialmente porque no sé qué hacer.
“Podrías seguir tejiendo. Necesitaré un gorro y guantes nuevos para el próximo invierno. Tal vez un suéter.”
—No es mala idea. Gracias por la recomendación, es algo que puedo hacer, sobre todo porque lo hago con los ojos cerrados.
“Por eso me amas, ¿verdad?”
—Sí, Irwin. Por eso y por muchas cosas más te amo —le digo en un tono meloso y él se ríe.
Pero antes de que yo me pueda reír, la puerta de mi cuarto se abre y antes de que pueda reclamarle a Dereck por entrar así, él ya me ha quitado el teléfono. Corta la llamada, me mira con sus ojos cargados de rabia y dice con un tono frío.
—¿Qué parte de que debes cuidarte no entendiste?
—No veo qué tiene de malo hablar por teléfono con Irwin, especialmente porque tú no lo dejas entrar. ¡Estoy aburrida!
—Pues duerme. Pero no quiero que hagas todo lo contrario a lo que te dijo el médico, no pienso pasarme otra noche en el hospital contigo.
Antes de que pueda mandarlo con la vieja de su madrastra, sale del cuarto y cierra la puerta con fuerza. Se ha llevado mi teléfono y me quedo más frustrada.
Pero en lugar de quedarme sin hacer nada, hago lo que Irwin me ha propuesto. Salgo de la cama con cuidado, hago un pequeño gesto de victoria al ver que no estoy mareada y camino a mi armario, en donde tengo un pequeño cesto con estambres.
Me meto en la cama, hago las primeras dos vueltas para un gorro a crochet y luego sigo, recostada, mirando el techo y sin mirar lo que hacen mis manos. Y mientras hago eso, voy planeando mi vida.
Lo primero, es conseguir un trabajo. Pero lo quiero conseguir sola, como una chica común. Sé que, si le pidiera ayuda a Irwin, tendría un puesto decente en la empresa de su padre. Si hablara con mi madre, ella lo haría con Dereck y tendría un puesto para nada decente, pero me pagarían bien.
Pero lo mejor es depender de mí misma, de mi capacidad de solucionar mi vida sola. En cuanto me vaya a la universidad, todo lo que no tenga relación con los pagos de esta será mi responsabilidad.
Recuerdo que hay lugares que contratan universitarios, un par de bares, supermercados y tiendas pequeñas. Puedo comenzar en algo así. Algunos tienen la flexibilidad para contratar universitarios y se acomodan a sus clases para designar los turnos.
—Sí, eso es lo mejor.
Se va oscureciendo, enciendo la lamparita a mi lado y no sé para qué, si de todas maneras no estoy viendo. Cuento las vueltas con mis dedos, me queda una más para terminar el gorro y sonrío, porque en una hora y media he logrado arreglar mi futuro.
Y no, no tengo reloj, pero sé que me tardo una hora y media en tejer un gorro para Irwin.
La puerta se abre con suavidad, no miro quién es, pero por los pasos furiosos y rápidos, me imagino quién puede ser.
—No es una pantalla y no estoy forzando mi vista, solo muevo mis manos.
—Impresionante. Siempre tienes la manera perfecta para burlar al sistema —dejo el gorro de lado, lo miro y él está sonriendo—. ¿Para quién es?
—Para Irwin.
Él solo asiente, se acerca a mí y me ayuda a sentarme en la cama.
—Te traerán la cena.
—¿También vas a vigilar que me coma toda la cena, papi? —veo cómo su mirada se oscurece y me río—. Lo siento, pero no sé de qué otra manera llamarte para molestarte. Me asusta cuando eres demasiado amable conmigo.
—No creas que me gusta serlo, pero creo que se lo prometí a mi esposa, no me queda de otra.
Lo veo salir, suspiro y unos minutos después llega con la cena, para ambos. Se sienta en la misma silla y esta vez soy yo la que lo observa comer. Es tan elegante, guapo, imponente… Todo su ser exuda control.
Me termino mi plato, me acerco a la orilla de la cama para ir al baño a lavarme los dientes y un mareo me hace tambalear.
—Es solo por el dolor. En cuanto me tome la pastilla, se me pasará —él asiente y me ayuda a llegar al baño. Me espera, me toma en brazos para llevarme a la cama y siento ese aroma a madera y protección que cada vez me gusta más.
Huele a hombre.
—Descansa. Mañana será tu último día de tortura y, si estás mejor, pasado mañana serás libre.
Se queda mirándome, como indeciso, hasta que sale de mi cuarto. Apago la luz, abrazo una almohada y me quedo con su aroma impregnado en mi nariz. Y me duermo.
De pronto, estoy en un cuarto oscuro. Alguien se ríe y a esa risa, se unen más. Una luz me ilumina desde arriba, estoy atada a una silla, con el vestido rojo de graduación roto y unos ojos se asoma desde la oscuridad.
En cuestión de segundos, estoy tirada en el piso, con mis cuatro extremidades atadas y sintiendo que alguien se sube sobre mí. Y grito.
Grito tan fuerte, que me despierto, estoy sentada en mi cama, sudando, agitada y tocándome, para saber que no tengo el vestido. La puerta se abre, Dereck entra corriendo, lo miro con un puchero en mi boca cuando enciende la luz y luego me cubro el rostro para llorar.
—Shhh… —siento el colchón hundirse, su cuerpo rodeándome y lloro más—. Fue una pesadilla. Solo eso, estás bien. Estás a salvo… Estás conmigo.
—Él… él iba a violarme y yo no podía… no podía hacer nada, estaba atada…
—Fue un mal sueño, pero estás a salvo —se aparta de mí, me mira con sus ojos intensos y me dice con suavidad—. ¿Quieres que llame a tu madre?
—No. No, solo fue una pesadilla. Puedo… puedo soportarlo. Solo iré a mojarme el rostro y trataré de dormir.
—Yo te llevo.
Salta fuera de la cama, me toma en brazos y me lleva al baño. Sin soltarme, se agacha para que yo me moje el rostro, me seco con una toalla y me lleva a la cama. Mi mano se posa en su pecho y noto que está desnudo. Levanto la mirada cuando me recuesta y veo que está preocupado.
—¿Quieres que me quede?
—No, ve a dormir. No sé si pueda cerrar los ojos de nuevo sin sentir miedo.
—Muévete, me quedaré contigo hasta que te duermas, no pasa nada.
Lo veo no sé con qué cara, pero él me regresa una sonrisa genuina. Me muevo, él se mete a mi lado y apaga la luz. Su calor me envuelve, su brazo pasa por debajo de mi cabeza y sus latidos calmados me van relajando.
—Duerme, pequeña. No estás sola, yo estoy contigo.
Y con ese aroma a madera y protección, me duermo.