Familia

1027 Palabras
El nudo en mi garganta solo era proporcional a la marejada de recuerdos amargos y difíciles que me acompañaban desde que enfilé el auto a la entrada del lugar. Aquello era una situación que no me dejaba respirar con completa libertad, pero era una sensación a la que ya estaba bastante adecuada, pues no era la primera vez que regresaba allí. Aquel lugar era un fallo en el sistema, una anomalía que no podía justificarse, pero que, sin embargo, seguía allí, significando una bofetada en el rostro de todas las leyes que procuraban el bien y protección para los jóvenes sin familia y sin hogar. Allí habíamos ido a parar después de la muerte de nuestros padres, y allí habíamos conocido lo más rudo de la vida. Maltratos, insultos y humillaciones eran parte del día a día de ese lugar donde no se cumplía de ninguna forma el propósito para el que se suponía que había sido creado. Apenas cumplí mi mayoría de edad, logré escapar de allí, no sin antes haber vivido mi infierno personal en ese lugar donde se manejaban las influencias al mejor estilo de mafias que no traficaban con mercancías ilícitas sino con niños sin rumbo ni protección. Mi propio corazón me rogaba que escapara de ahí, que no volviera a pisar ese lugar nunca más por el resto de mi vida, ya había tenido suficiente sufrimiento volviendo allí cada noche durante las pesadillas recurrentes; sin embargo, yo tenía una razón de peso para hacerlo, tenía una fuerza mayor que me empujaba a volver allí a pesar de todo el dolor. ―Quiero ver a mi hermano ―le pedí a la mujer de edad madura que dormitaba detrás de la ventana de la recepción. Con sus gafas de cristales gruesos y peinado desenfadado, la mujer se divirtió al escuchar mi petición. Ella me conocía y sabía bien quien era yo y lo que quería, por eso le significaba hasta gracioso tener el privilegio de mofarse de mí en mi cara. ―Señorita Reyes, usted bien sabe que eso es imposible. No era la primera vez que sosteníamos esa conversación. Las visitas en ese lugar estaban prácticamente prohibidas, ya que al final de cuentas las jóvenes que terminaban allí lo hacían porque en realidad no tenían a nadie que se preocupara por ellos, por eso las visitas eran una cuestión que no encajaba en el protocolo del sitio. Las visitas eran tan extrañas dentro de esos muros como el respeto o el cariño. ―Por favor señora Máuser ―le supliqué con ahínco. Yo sabía de sobra que el carácter de esa mujer era comparable a un témpano de hielo, pero no estaba dispuesta a dejarme vencer así de fácil por su renuencia―. Le prometo que será algo rápido… el Jefe ni siquiera tiene porque enterarse. La señora Máuser se inclinó contra el respaldo de su silla de oficina mientras dejaba escapar una sonrisa burlona al acomodar con sus dedos la montura de sus anteojos sobre el inmenso puente de su pronunciada nariz. ―Si usted supiera lo que le conviene no estaría viniendo a este lugar―al decir esto, la señora Máuser cambió de repente su tono de burla para mostrarse enfocada en su seriedad. ―Lo sé, lo sé ―asentí mirando en todas las direcciones, si mis cálculos no estaban errados «Él» no debía estar allí―, será algo rápido, solo necesito verlo para decirle algo… necesito hablar con él. La señora Máuser se inclinó hacia adelante nuevamente, dejando reposar su barbilla sobre su mano. En esa cercanía pude apreciar con más detalle la verruga que tenía sobre su ceja derecha. ―Solo puedo hacer lo mismo de siempre… y como bien usted lo sabe solo lo haré bajo su propio riesgo. ―Entiendo ―asentí metiendo la mano en mi bolsillo para sacar el billete de veinte dólares que había enrollado antes de entrar al lugar. Lo acomodé entre mis dedos y saqué la mano del bolsillo para extenderla a la mujer de la recepción, quien apretó mi mano con la clara intención de apoderarse del billete escondido―. No se preocupe, será rápido. La señora Máuser metió el billete de inmediato en su bolsillo. Ella no quería dejar en evidencia sus negociaciones, no porque temiera las implicaciones morales de eso, sino para no tener que compartir su botín con nadie más. En el lugar había cámaras de seguridad, pero la señora Máuser me había asegurado que prácticamente nadie prestaba atención a esas cámaras porque lo que era posible sobornarla y conseguir así ver a mi hermano. La mujer se levantó y salió de su oficina por una puerta trasera que daba al patio donde los jóvenes del internado realizaban labores ocupacionales durante el día, esa era solo una de tantas formas en la que «El jefe» obtenía réditos de los internos. Otras mucho más lucrativas incluían la trata de blancas y las vinculaciones con organizaciones delictivas. En un montón de ocasiones había intentado denunciar lo que había vivido dentro de esos muros, pero no tenía pruebas tangibles más que mi sola palabra para sustentar mis denuncias y al final de cuentas terminaba ante la corte en el papel de la resentida que exagera la situación. La puerta de metal detrás de mí se abrió de golpe y en ese momento todo aquel lugar de muros grises e iluminación austera terminó iluminado por el rostro de aquel que era mi única familia en todo el mundo. Un rostro que despertó la sangre en mis venas y me obligó a mantenerme firme para no romper a llorar allí mismo. ― ¡Emi! ―gritó mi hermano cuando comenzó a correr hacia donde yo estaba de pie. Yo le recibí a medio camino fundiéndonos ambos en un abrazo que me alivió el alma. Por él había sido capaz de sobreponerme a todo ese infierno y por él me seguía levantando cada mañana para seguir luchando a pesar de todo lo malo. ―Cinco minutos nada más ―sentenció Máuser desde la puerta mientras miraba en todas las direcciones con cara de asustada―… cinco minutos.
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