―El Jefe me dijo que tiene planes para mí, incluso me asignó a un grupo de trabajo menos exigente para demostrarme que me aprecia… las cosas han cambiado para mí en las últimas semanas.
Yo escuchaba las palabras de mi hermano y no podía siquiera permitirme la oportunidad de sopesar eso que él me decía, sencillamente no podía ser la misma persona esa de la que él me hablaba y la que yo recordaba. Sencillamente, se me hacía imposible considerarlo.
―Me alegra saber que las cosas están mejorando David, pero no quiero que te encariñes con nada de lo que ese desgraciado te prometa… Tú sabes de sobra lo que pasó conmigo.
David, mi hermano, asintió con pesar, pero también se recompuso para responderme con prontitud.
―Pero no tiene que ser también así conmigo, es posible que yo si pueda salir de aquí para triunfar hermana.
Al escucharle decir aquello con ese ánimo no me sentí con fuerzas como para robarle esas esperanzas, yo sabía por experiencia propia que dentro de esas paredes lo único capaz de sostener la vida dentro del pecho de los individuos era la esperanza y yo no estaba dispuesta a quitársela a mi hermanito.
―Tienes razón, tú saldrás de aquí para triunfar ―le dije sonriendo con agrado antes de tornar a mostrar la seriedad necesaria para dejar en claro el siguiente punto―… pero no lo harás por lo que te diga ese maldito al que no debes creerle nada David… escúchame ¡Nada!… tú saldrás de aquí para irte conmigo.
Si yo estaba clara de las consecuencias de perder las esperanzas dentro de ese internado, también sabía que la única otra cosa más peligrosa que eso era llenarse de esperanzas falsas, por lo cual me sentí terrible al decirle aquello a David, pues de inmediato sus ojos se llenaron de un brillo inmaculado y su sonrisa comenzó a destellar.
― ¡¿De verdad Emi?! ¡¿Ya conseguiste la forma de sacarme de aquí?! ―David prácticamente gritó sus preguntas impulsadas por el ánimo y la emoción que le conminaban el alma a estallar de regocijo.
Yo intenté calmarle, pero sabía que ya era demasiado tarde, ya le había dado la ignición para que la llama de esperanza ardiera dentro de él.
―No es del todo seguro ―le respondí con nerviosismo―, estoy sopesando la situación… es un «trabajo» un poco demandante, pero que puede darme la estabilidad económica que necesito para demostrarle a las autoridades que estoy capacitada para llevarte conmigo.
Los ojos de David se llenaron de lágrimas y de inmediato volvió a abrazarme apretándose contra mi pecho. Mi corazón se quebrantó en un millar de pedazos cuando me dijo:
―Acéptalo hermana, por favor acéptalo.
Mi determinación quedó desmoronada en ese instante. No había forma de explicarle a él que el trabajo que me habían ofrecido era el de ser el tapete para el hombre más rico del país. David no estaba en condiciones de someterse al dilema filosófico de aquella decisión. Decidir cambiar la voluntad a cambio de dinero y privilegios no era algo que pudiera sopesar un chico al que solo se le daba comida una vez al día y a quien se le sometía a trabajos forzados en el mejor de los casos, por eso solo me limité a sonreír y abrazarle también.
―Muy bien… se acabó el tiempo ―espetó Máuser desde la puerta de metal con un dejo de incomodidad en su voz.
―Por favor, aún no han acabado los cinco minutos ―protesté levantando el rostro para mirarle con desdén.
Ella me miró de vuelta sin resentir el peso de mi reclamo.
― ¡Insensata! ―me recriminó mientras caminaba hasta donde estábamos nosotros para tomar a David del brazo sin un mínimo de simpatía―. ¿Acaso quieres exponerte a que el Jefe pueda verte por aquí?
La sola mención de esa posibilidad me dejó con los pelos de punta. Incluso David reaccionó con madurez para resolver la cuestión.
―Ella tiene razón hermana, es muy riesgoso, no puedes exponerte a eso.
―Solo quería que supieras que estoy haciendo todo para sacarte de aquí ―le aseguré con lágrimas en los ojos.
―Lo sé ―asintió David cuando Máuser comenzaba a halarlo hacia la puerta―, sé que puedo confiar en ti.
―Ya vete niña ―exclamó Máuser al cerrar la puerta de metal luego de hacer pasar a mi hermano―. El tiempo corre y no puedes estarte arriesgando.
―Me arriesgo por mi hermano ―le dije sin dejar de llorar.
―Lo sé ―sentenció Máuser al volver a abrir la puerta para irse ella también―, pero el tiempo se acaba: Él planea algo para tu hermano, así que si piensas hacer algo para sacarlo de aquí lo mejor es que lo hagas cuanto antes.
Entonces la señora Máuser traspasó la puerta antes de cerrarla y dejarme a solas en la sala de paredes grises y oscuros recuerdos.
Aquella última afirmación de su parte me dejó con las piernas congeladas y el ánimo helado de miedo. No podía quedarme impasible después de escuchar aquello
Entendí que ella solo quería protegerme, aunque lo hacía a su forma odiosa e insoportable, pero al final de cuentas lo hacía por mi propio bien. Entonces salí de ahí, subí al auto y me marché intentando no dejar ninguna huella de mi presencia en el sitio. Pensaba obedecerle, estaba dispuesta a darlo todo por mi hermano.
Conduje sin un rumbo fijo durante un buen rato. Lo que menos quería en ese momento era tener que enfrentarme a la realidad de todo aquello que me estaba atormentando. Sabía que con Ana debía encontrar la forma de explicarle mi situación sin tener que dejar en evidencia la loca proposición a la que me estaba enfrentando, pues ella jamás iba a entender que yo siquiera considerase la idea de aceptar el trato que el señor Cavill me ofrecía.
Ella volvería a la casa después del almuerzo, por lo que pasé a comprar algo para comer y prolongar aún más mi regreso a la casa.
Pedí una pizza con pimientos y tocineta para aliviar la ansiedad y cuando estaba a punto de sentarme a la mesa junto a la terraza escuché que alguien me llamaba. Volteé a ver y comprobé que era Ethan el que me estaba llamando.
― ¡Hola! ―me saludó Ethan con efusividad cuando llegó a mi mesa y me besó en la mejilla. Él y yo manteníamos una amistad cercana, por lo que encontrármelo allí era un buen augurio―. ¿No se supone que hoy comenzarías en tu nuevo empleo?… no me digas que…
―No Ethan, nada de eso… no metí la pata, si eso era lo que ibas a decir ―le reproché, aunque en teoría si había metido la pata al firmar el contrato equivocado.
Ethan suspiró en un claro gesto de alivio.
― ¡Qué suerte!
― ¡Ethan, por favor! ¡Te he dicho que yo no soy una torpe sin remedio!
Él sonrió con libertad al escuchar mi justificación. Su sonrisa era agradable y hermosa. Él era un chico atractivo de mi propia edad a quien conocía desde la época en el pueblo y que, según las deducciones de Ana, gustaba de mí aunque nunca habíamos hablado del tema.
―Lo siento ―se disculpó sonriendo― ¿Tienes una cita o planeabas almorzar sola?
―En realidad vine a comer con mi novio ―le dije.
― ¡¿Novio?! ―preguntó él con apremio―. No sabía que tuvieras uno.
― ¡Claro que no tengo uno, estúpido! ―me burle de él señalando la silla e invitándole a tomar asiento. Solo en ese momento recalé en la cuestión de cómo podía afectar mi vida amorosa la firma de aquel contrato.