Capítulo 1. Fobetor

1137 Palabras
Soy Fob para la familia pero mi verdadero nombre es Fobetor. ¿Mi función? Llenar de pesadillas los sueños de los infelices mortales...Y en este preciso instante siento que el peso de MIS propias pesadillas se vuelve más real que nunca. Nunca imaginé que, siendo el dios que siembra el terror en los sueños de los mortales, me encontraría acorralado por mis propios miedos frente a Zeus, el soberano indiscutible del Olimpo. Sin embargo, aquí estoy, temblando, con el corazón desbocado y la mente embargada por la incertidumbre, mientras sus palabras retumban en mi interior como el eco de un trueno ineludible. Cuando Zeus se me acercó, cada paso suyo parecía derrumbar las barreras de mi arrogancia. Su mirada, tan penetrante como el filo de una espada, me atravesó sin misericordia. Recuerdo claramente cómo, en medio de la solemne sala del palacio divino, sus acusaciones surgieron como dagas afiladas: reprochándome conspirar a sus espaldas, recordándome mis deslices del pasado, especialmente aquellos relacionados con Hera, su esposa con la que por cierto nunca debí haber jodido, eso era más que cierto, pero me dejé llevar y Hera era una perra muy tentadora cuando quería . Pero volviendo al cornudo, estel digo, al Dios del Olimpo, su voz, implacable y llena de una autoridad que no admite réplica, resonó en cada rincón de mi ser. Y sí, un poco me cagué no se los voy a negar. De hecho, sentí que mi mente se nublaba mientras Zeus enumeraba cada una de mis faltas. Me invadió un terror silencioso, un pavor que no proviene solo de su ira, sino del inminente temor a que sus reproches se convirtieran en una deuda que jamás podría saldar. Mis manos, que tanto me habían servido para moldear las pesadillas de los mortales, ahora temblaban con una humedad inesperada, y cada latido parecía recordarme lo vulnerable que puedo llegar a ser, incluso para alguien como yo, destinado a vivir en la penumbra de los sueños eternamente. Intenté articular palabras en mi defensa, balbuceando excusas que apenas lograban escapar de mis labios. Traté de justificarme, pero la severidad de su mirada me dejaba sin aliento. Todo lo que había hecho, cada susurro oscuro que había dejado en la mente de esa mortal que él mencionaba, se transformaba en un eco ensordecedor que me acusaba sin piedad. El ambiente se volvió casi insoportable. En cada fibra de mi ser se agitaban emociones encontradas: la culpa de haber contribuido, de alguna manera, al sufrimiento de esa pobre mujer a la que llevé al suicidio; el miedo a que Zeus, en su infinita capacidad de juzgar, decidiera que debía pagar un precio demasiado alto por mis actos; y, sobre todo, el terror a que aquella deuda -ese favor pendiente que no puedo ni imaginar cómo saldar- se convirtiera en mi condena eterna. Pues Zeus tenía formas imaginativas de hacer pagar a aquellos que se ponían en su camino y pasaban desafiarlo, y no estaba para arrastrar piedras eternamente como Sísifo. En mi interior, me debatía entre el deseo de redención y la resignación ante mi propia fragilidad frente a él que era el Dios de Dioses en el Olimpo. Recordé con amargura aquellas noches en que, solo en el silencio del Olimpo, me sentía completamente desprotegido por mis propios errores. La idea de que Zeus pudiera, en algún momento, recordarme y exigirme aquello que, sin saberlo, le debía, me helaba la sangre. ¿Cómo podría asumir la responsabilidad de un favor tan pesado, una deuda de la que ni siquiera sabía cuál era su verdadera magnitud? Pues Zeus nunca pedía favores chiquitos, no señor...Al Dios de Dioses le gustaban las cosas grandes Mientras mis pensamientos se enredaban en un torbellino de emociones, cada palabra de Zeus parecía perforar mi alma. El eco de sus reproches me envolvía y me recordaba mis imperfecciones, mis momentos de debilidad y la culpa que me perseguía desde hace tanto tiemp ya, incluso desde que seducí a la que ahora era la mujer de mi hermano y le rompí el corazón (mucho antes de saber que era el amor de su vida, claro). Y la imagen de la joven rubia, aquella víctima inocente de mis incursiones oníricas también me perseguía. Sé lo que piensan, pero nunca quise realmente que se matará, y sí, siento culpa, no soy un jodido psicópata. Así que ahora mis sentimientos de culpa, se mezclaba con el rostro severo de Zeus, creando una visión de culpa y condena de la que parecía imposible escapar. Por momentos, deseé poder desvanecerme en la oscuridad, y dejar atrás el peso de mis propios errores. Pero no era así como funcionaba el destino de un Dios. Incluso el más humilde de nosotros está atado a sus acciones, y mis actos, aunque nacidos de un impulso que alguna vez consideré inofensivo, ahora me perseguían con furia implacable. La tensión en el aire era casi tangible, y pude sentir cómo cada átomo de la sala vibraba con la fuerza de nuestro enfrentamiento. En ese preciso momento, me di cuenta de que la confrontación no era solo una cuestión de justicia divina, sino también una oportunidad, quizás la última, para redimirne. Quería que Zeus viera no solo a un Dios que había cometido errores en grande, sino a un ser que, a pesar de todo, ansiaba redimirse, aprender y, en algún rincón de su alma, encontrar un atisbo de piedad. Especialmente de él. Mientras mis palabras se mezclaban con el silencio ensordecedor, mi mente se llenó de imágenes: la soledad del Olimpo, la inmensidad de la eternidad y la efímera posibilidad de enmendar lo inenarrable. Me preguntaba si, acaso, todo lo que había hecho podría perdonarse en la vasta escala del tiempo, o si mi deuda, ese favor pendiente, se convertiría en una marca indeleble que jamás podría borrar. O peor aún, si debía estar en vilo y a la espera eternamente. Cada reproche de Zeus era un recordatorio de mis propias fallas, y cada mirada suya, una advertencia de que la justicia divina no perdona a quienes se extralimitan. Aun así, en medio de ese torbellino de emociones, una pequeña chispa de esperanza se rehusaba a extinguirse. Quizás, pensaba, si pudiera demostrarle a Zeus que mi intención nunca fue destruir, tal vez encontraría un atisbo de compasión en su inquebrantable mirada. Pero la incertidumbre persistía. La voz de Zeus, tan firme y definitiva, me dejaba claro que no habría excusa suficiente para mis acciones. Y en ese instante, mientras mi mente vagaba por la angustia de una deuda que apenas comprendía, un último pensamiento se formó, tan tenue y a la vez tan poderoso, que se aferró a mi conciencia mientras el capítulo de este enfrentamiento comenzaba a cerrarse: Espero, en lo más profundo de mi ser, que Zeus nunca me cobre este puto favor.
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