Capítulo 2. Leona

1580 Palabras
Leona esperaba en una sala de consultas, cuyos muros de tonos suaves intentaban ofrecer algo de consuelo. Afuera, la ciudad que nunca duerme palpitaba con la energía de mil historias, pero en ese pequeño refugio, el silencio dentro del consultorio parecía invitar a la reflexión. Sentada frente a Tim—un nefrólogo de mirada serena y voz cargada de experiencia—sus manos temblaban ligeramente, como si presagiaran el peso de las palabras que estaba a punto de oír. —Leona, he revisado tus estudios. Tus riñones presentan un deterioro notable. Las infecciones urinarias, seguidas de episodios de infección renal, han causado daños que no podemos ignorar más. El impacto de aquellas palabras se sintió de inmediato. Leona, acostumbrada a ofrecer respuestas seguras y a tomar decisiones firmes en el fragor de emergencias como médica generalista, se encontró súbitamente expuesta. El rostro se le tiñó de un rubor intenso, no tanto por vergüenza, sino por la mezcla de incredulidad y temor. Durante años había llevado una doble existencia: una vida profesional impecable y una vida privada desbordante de pasiones incontroladas, en la que el sexo—sin distinción de género—había sido tanto un refugio como un riesgo. En cada encuentro, en cada caricia furtiva en los recodos del hospital o en las noches vibrantes de la ciudad, Leona había buscado escapar de una sentimiento inexplicable que le corroía el alma. Tim prosiguió con voz sincera y llena de preocupación: —Sé que esto puede sonar duro, pero debo ser honesto contigo. Además del daño físico, hay otro aspecto que no puedo pasar por alto. Tu adicción al sexo ha contribuido, sin duda, a estas complicaciones. Te lo digo no solo como médico, sino como amigo. Sabes muy bien que, en el fondo, no puedes controlar esa necesidad desbordada que te consume —.Y decir que a él no se lo había cogido porque era gay y estaba casado con otro hombre, pues en el hospital no había perdonado a nadie, prácticamente a ninguno. La sala se impregnó de una tensión casi palpable. Leona entrecerró los ojos, tratando de recomponer la compostura. En su mente se agitaban recuerdos de noches interminables, de encuentros sin restricciones que en algún momento parecían liberadores, pero que ahora le recordaban su fragilidad. Con voz vacilante, replicó: —¡Pero Tim, es mi vida privada! ¿Cómo puedes juzgar lo que hago en mi tiempo libre? Yo sé lo que hago, y puedo manejarlo. Esto no será un problema, te lo prometo. El médico suspiró profundamente, dejando que la seriedad de la situación impregnara cada palabra: —Leona, te lo digo porque te quiero. Lo que está en juego es tu vida. No se trata de invadir tu intimidad, sino de que reconozcas que tus decisiones tienen consecuencias que pueden ser graves. Todos los adictos dicen que lo tienen bajo control, que es solo un estilo de vida, pero la verdad es que es precisamente esa misma arrogancia la que los lleva a la autodestrucción. En ese momento ella se ofuscó, él no tenía porqué meterse en su vida privada, ESO no era asunto suyo. —No necesito que me digan cómo vivir mi vida —replicó, la voz cargada de una mezcla de negación y desesperación—. Yo soy la dueña de mis decisiones. ¿Por qué te inmiscuís en algo tan personal? Tim se inclinó un poco hacia ella, sus ojos buscando los de Leona con una mezcla de compasión y firmeza: —Te lo digo como amigo, Leona. Tu cuerpo te está hablando, y si no lo escuchas, pronto no podrás ignorarlo. No se trata de quitarte tu libertad, sino de cuidarla. Eres una de las médicas más brillantes que conozco, y me duele verte en esta situación. Tienes que considerar que lo que ves como una elección, en realidad es una trampa que te está consumiendo. Y puede matarte si no lo controlas a tiempo. —No lo veo así, Tim —dijo finalmente, con la voz entrecortada—. Creo que puedo controlar todo esto. No es una adicción, es simplemente... mi forma de vivir. Y no deberías imponerme tus reglas. Si tú estás casado y quieres ser monógamo es TÚ problema. El médico, con una leve sonrisa de tristeza y afecto, replicó: —Esto no se trata de la monogamia sino de tu adicción. Y lo que dices, es lo que dicen todos los adictos. Al principio se siente que uno tiene el control absoluto. Pero la realidad, Leona, es implacable. Cada exceso, cada contacto sin protección, cada noche de desenfreno, ha contribuido a este daño. Y si no haces un cambio, no solo seguirás perdiendo la función de ese órgano vital, sino que podrías poner en riesgo todo tu futuro. En el ambiente, la tensión se mezclaba con la fragancia de medicamentos y el leve olor a desinfectante. Los detalles cotidianos del hospital, tan familiares para Leona, ahora adquirían un matiz distinto, como si hasta la infraestructura misma advirtiera sobre la fragilidad de la existencia. Mientras tanto, su mente divagaba en una maraña de emociones: rabia, miedo, pero también un atisbo de autoconciencia. ¿Podría ser que aquella pasión desenfrenada no fuera solo una cuestión de deseo, sino también un mecanismo de evasión? Y lo peor de todo, ¿Cómo haría para poner a raya sus pasiones descontroladas? Las palabras de Tim parecían intentar abrir una ventana en el oscuro laberinto en el que se había perdido. Entonces él continuó: —Mira, no te pido que renuncies a ESO. Entiendo tus deseos. Pero también debes recordar que eres médica, y que tu vida es un ejemplo para muchos. Tu cuerpo es el instrumento que te permite ayudar a otros, y si lo descuidas, ¿cómo podrás seguir salvando vidas? Esta adicción, Leona, se ha convertido en una sombra que amenaza con apagar esa luz tan brillante que siempre he admirado en ti. Y simplemente te estoy diciendo que lo pongas a raya no que te comportes como una monja, pero hasta recuperarte al menos de esta última infección recomiendo muy fuertemente sí, que no tengas sexo. Ya está, lo dije. La sinceridad en la voz de Tim hacía que cada palabra se sintiera como un golpe suave pero firme a la vez. Leona se quedó en silencio, contemplando las paredes de la sala, sin poder entenderlo. De pronto, el sonido agudo de su teléfono rompió la atmósfera cargada de intimidad. Leona lo levantó rápidamente, notando que era una llamada de urgencia. Con una mezcla de pesar y profesionalismo, se disculpó: —Disculpa, Tim, pero debo atender una emergencia ahora mismo. El nefrólogo asintió con una mirada comprensiva, extendiéndole una mano en un gesto silencioso de apoyo. —Por favor, cuídate, Leona. Te lo digo porque me importas. Recuerda siempre que esta advertencia puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Por favor. Mientras Leona se retiraba de la sala, cada paso resonaba como un eco de las palabras que acababa de escuchar. El murmullo del hospital la envolvía, recordándole que la vida seguía, implacable, a pesar de las batallas personales. En el pasillo, entre el ir y venir de enfermeras y otros médicos, su mente se debatía entre la urgencia de su deber profesional y el peso de esa revelación personal. Con la llamada en mano, se dirigió hacia la sala de emergencias, donde cada segundo contaba. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, Leona se sentía inquieta por esa charla con Tim, su amigo y doctor. La advertencia, tan clara y sincera, se había incrustado en su interior. Pero aunque sentía que estaba en control, en el fondo sabía que no podía manejarlo. En el ajetreo de la sala de emergencias, entre alarmas y órdenes, la imagen de Tim y sus palabras seguían presentes. Leona se prometió, en un susurro apenas audible, que buscaría ayuda. No para renunciar a su esencia, sino para aprender a cuidar de sí misma con la misma dedicación con la que atendía a sus pacientes. Cuando llegó el final de aquella jornada, y mientras el hospital se sumergía en la calma de la noche, Leona se encontró sola en un corredor poco iluminado. Allí, en la quietud, se permitió cuestionarse si realmente podía seguir ignorando los riesgos que su cuerpo le señalaba. El eco de la voz de Tim -su llamado sincero a cuidar de ella- seguía resonando en el silencio, como una alarma tenue que invitaba al cambio de hábitos. Y había llegado la hora de irse a casa y mientras se alejaba, el murmullo del hospital y el lejano sonido de una sirena se fusionaron en una sinfonía de emergencia y advertencia. Debía encontrar un equilibrio, Tim tenía razón, se dijo, era su vida lo que estaba en riesgo. Un poco más tarde, ya bañada y en su cama, se sentía inquieta, y empezó a sentir el pulso en la zona de su v****a, estaba caliente. Con molestia se quitó la camiseta enorme que llevaba puesta y empezó a tocarse los pechos mientras cerraba los ojos. Con un suspiro tomó el satistayer (un succionador y vibrador de nueva generación) de su mesa de luz y lo puso entre sus piernas, a fin de cuentas Tim no había dicho nada en contra de la masturbación, pensó con una sonrisa de placer mientras la succión sobre su clítoris le hacía alcanzar el primer y húmedo orgasmo…Sería una noche larga, muy muy larga, pensó complacida y sonriente.
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