—Oh, estás aburriendo a la tía Kamila —lo interrumpió Lillian. La niña se había acostumbrado a llamarla así en algún momento entre el reparto del puré de patatas y del pan. Kamila lo encontró inesperado, pero no del todo desagradable, y consideró, mientras masticaba, que estos niños eran en realidad su familia. —Tonterías, Lily. ¿Puedo llamarte Lily? —La niña asintió con la cabeza—. Deja que tu hermano me cuente todo. Estoy segura de que tenía una casa encantadora en Boston. —Oh, sí, tía Charlie —dijo Thomas, probando el sonido de su nombre—. Mucho más grande y bonita que esta. Lily jadeó, horrorizada como cualquier niña de ocho años lo estaría ante los modales de su hermano menor, pero Kamila solo se rio, ya que nunca había tenido delirios de grandeza con respecto a la hacienda de sus

