Clarissa Thompson La luz de la mañana se filtra por las ventanas de la cabaña, más suave que los intensos fluorescentes de su apartamento en la universidad. Clarissa está sentada a la pequeña mesa del comedor, con el portátil abierto frente a ella, mirando el portal de la facultad de medicina. Su bandeja de entrada es un desastre. Cuarenta y tres correos sin leer. Notificaciones de tareas perdidas. Mensajes de profesores preguntándole si está bien, si necesita prórrogas, si hay alguna emergencia. Ella no ha ido a clases en tres días. Tres días que parecen tres semanas. Ella no puede regresar. Todavía no. Así no. La idea de entrar a esa sala de conferencias, enfrentarse a las preguntas, a las miradas preocupadas, tener que explicar lo que pasó, le revuelve el estómago con solo pensarl

