Después del desayuno, se preparan. Clarissa se pone unas mallas deportivas y una sudadera con capucha, la ropa de su amigo, aunque Clarissa no sabe que no tiene ninguna amiga. Federico se pone unas botas de montaña y saca dos botellas de agua del refrigerador. El sendero comienza justo después de la cabaña, serpenteando entre los árboles. Es un día despejado, fresco pero no frío, perfecto para practicar senderismo. Al principio caminan en silencio, solo se oye el sonido de sus pasos en el camino de tierra y los pájaros cantando en los árboles. —Se me había olvidado cuánto me gusta esto —dice Clarissa después de un rato—. Estar al aire libre. Paso tanto tiempo en aulas y bibliotecas que ya no sé qué se siente al aire libre. —Deberías hacerlo más a menudo —dice Federico. —Sí —lo mira de

