XXVI
—¡Pero mira las horas de llegar, Choi! Por poco y nos deja el vuelo. —Fit dio un vistazo a su amigo, que tenía el rostro sonrojado y la expresión cansada—. Al menos ya sé lo que estabas haciendo hace poco, ¡ten un poco de vergüenza, por Dios! —Dan sonrió y la expresión placentera, no se iba de su rostro. El par de amigos se iban de viaje al país de los sueños de Fit.
Alexandro deseó con su vida haber ido al aeropuerto con Dan, pero no podía mostrarse igual de ansioso que su amante. Él ya tenía un sitio al cual ir, y había preparado todo para dirigirse a este al mismo tiempo que Dan se iba. Recibió un mensaje en su celular de su «novio» en el que le decía que ya estaba en el avión, y que por favor se cuidara. Alexandro sonrió, dentro de unas horas le escribiría para saber si había llegado con bien a Seúl.
Horas más tarde, el ex bailarín conducía a su antigua casa, donde vivió los mejores años de su vida, antes de morir su madre. Juró no regresar, no obstante, Manini, su hermosa y abnegada madrastra, se lo suplicaba. A cada kilómetro que lo acercaba más a su pasado, se mordía los labios con ira atorada en el pecho, al no haberle reclamado a su padre, la vida que le quitó.
Después de más de dos horas al volante, llegó al portal de aquella imponente mansión que se encontraba en medio de un hermosísimo paraje. Los árboles se levantaban imponentes y la fuente del jardín seguía siendo tan bella como la recordaba. Fue recibido con algarabía por los viejos empleados de la mansión, Alexandro siempre había tenido el mejor corazón del mundo antes de su tragedia, y lo seguía teniendo, aunque ya nadie lo supiera. Saludó y preguntó por su familia.
—En este momento joven amo, solo se encuentra el General —respondió el anciano jardinero—. Está en el balcón del estudio. Puede ir a verlo, si gusta.
Agradeció la información. Cruzó la entrada que le llevaba directo con su verdugo, a ese hombre que, según él, le quitó las opciones de seguir siendo feliz y lo redujo a un ser gris y amargado. Antes le tenía miedo y odio, ahora uno de esos sentimientos había desaparecido.
Abrió las puertas del estudio que tenía bibliotecas hasta el techo, y en el fondo, recibiendo la luz del sol en su silla de ruedas, estaba el hombre que había ayudado a darle la vida.
—Estoy aquí, padre —dijo Alexandro molesto, totalmente a la defensiva.
El hombre en silla de ruedas, de cabellos muy blancos, ojos azules como el mar y de mirada gentil, volteó a ver y sonrió enormemente al ver a su hijo, su orgullo, aunque Alexandro no lo supiera, aunque creyera que el General lo odiaba. Alexandro no sabía muchas cosas, y culpaba a ese viejo de que su vida haya sido miserable por tanto tiempo, aunque ese que ya no razonaba la mayoría del tiempo, al que ahora los años y la enfermedad se llevaban su vida, siempre intentó protegerlo, siempre intentó apoyarlo, pero las sombras eran más grandes que ese par de hombres.
***
Rato después de encontrarse con el General, el maestro de ballet se ahogaba en cada esquina de su antigua habitación, como si los muros de esta cayeran sobre él y los escombros le golpearan matándolo con lentitud. Ver ahí todos sus trofeos y sus trajes no eran el recuerdo feliz de esa vida de ensueño que una vez tuvo, todo aquello no eran más que dagas que le ajaban la piel y le fragmentaban el corazón, se lo sacaban del pecho y le mostraban en su cara lo gris y pasado que ahora era.
¿Dónde estaba ese Alexandro Greco encantador, que siempre tenía una sonrisa en el rostro? ¿Dónde estaba ese joven admirado, aclamado, que se movía como si el escenario y sus piernas fueran una misma cosa? ¿Dónde había quedado aquel que levantaba ovaciones y suspiros a hombres y mujeres en cualquier parte del mundo? ¿Dónde estaba el Rey?... Estaba reducido a un salón de Ballet de lunes a viernes, trabajando para pagar sus cuentas y recibiendo un salario como el resto del mundo, sin ilusiones ni esperanzas. Solo vivía por vivir.
La habitación le daba vueltas, Alex empezó a hiperventilar, se venía de nuevo otro ataque de ansiedad y pánico que creyó haber tenido controlados por años. Cada placa en su pared era un recuerdo diferente de aplausos y gritos con su nombre, cada traje eran flashes de cámara sobre su humanidad, imparables destellos en las entrevistas y en los finales de sus presentaciones, luz que lo cegaba y lo acercaba al abismo.
Empezó a arrastrarse por la fina alfombra de su cuarto, intentando subir a la cama. La crisis parecía empeorar, se quedaba sin aire, el sudor frío le deslizaba por frente y espalda. Fue entonces que escuchó de nuevo los gritos, las sirenas de ambulancias y policía, todo lo horrible de esa noche años atrás... y ahí, gateando, intentando subir sobre las mantas, viró muy despacio su mirada hacia el techo, y lo vio a él, colgando de una sábana atada por su cuello, meciéndose como una hoja muerta al viento.
Alexandro no pudo controlar el temblor de sus manos ni de su cabeza, así que desesperado y enloquecido se tapó los oídos, intentando con aquello hacer que los recuerdos dejaran de volver y se quedaran atorados afuera de la puerta.
—¡BASTA, BASTA, BASTA! —gritó desesperado, asustado y abrumado mientras golpeaba su cabeza contra el piso.
En ese momento tan horrible, la muerte hubiera sido una gentil aliada y así lo pensó, mientras se golpeaba él mismo, como si de esa forma los horrorosos recuerdos se fulminasen en cada golpe. Lloraba y gritaba, ya la frente le empezaba a sangrar, todo al parecer terminaría y fue entonces que su iPad, que estaba sobre la cama, sonó, al parecer entraba una videollamada. Se incorporó un poco y vio que se trataba de Dan Choi.
Sonrió de a pocos mientras el aparato seguía sonando mostrando la foto de él en la pantalla. Temblando, lo tomó en sus manos y luego lo abrazó, como si aquello le devolviera la cordura, la alegría. Una persona en el mundo esperaba por él, una persona en el mundo, en ese momento en el que él creía que el dolor era su amigo, esperaba por hablarle, una persona le necesitaba. El aparato no dejaba de sonar, y él, sobre la cama, lo seguía abrazando. Volvió su vista al techo y ya nada colgaba de él, más que una antigua y costosa lámpara.
***
Fin capítulo 25