Capítulo 27

1132 Palabras
XXVII —¡Alexandro! Hola, lo siento, ¿te desperté? Se supone que no te duermes tan temprano... ¿Dónde estás? —Alexandro no respondía nada, solo lo veía a Dan mientras hablaba y hablaba, llevó los dedos a la pantalla y con la mirada nostálgica empezó a recorrer el rostro de su joven amante—. ¿Alexandro estás ahí? Voy a colgar y a marcar de nuevo... —¡No! Aquí estoy, solo que me estoy poniendo los audífonos para hablar más tranquilamente. Dan sonrió y Alexandro que aún no activaba la cámara, vio que una gota de sangre cayó directo en la pantalla. Se asustó y corrió al baño, se limpió sin soltar el aparato, como si dejarlo un segundo significara que nunca más hablaría con Dan. Por fortuna, parecía que la sangre se detendría y ya podía mostrarse a su amante de cabellos de noche. Regresó a la cama y ya Dan le había contado casi todo desde que llegó a Seúl con Dobargo. —¿Por qué aún no puedo verte? ¿No funciona tu cámara? —A veces esta cosa falla, a ver si ahora puedes verme. Dan sonrió ampliamente al ver a Alex en la pantalla y ese gesto arregló toda la nostalgia que pudiera estar sintiendo. Le contó que era de madrugada en su ciudad, pero que prefería esa hora para hablarle, el resto del día estaría de tour con Fito. El coreano hablaba y hablaba, no obstante, notó que la mirada de Alexandro no era la de siempre. —¿Qué te sucede? Tu mirada es algo... diferente. ¿Estás bien, Alexandro? —No me pasa nada, solo pienso en ti mientras hablas. —¿Y pensar en mí, produce semejante tristeza? Dan empezó a angustiarse y Alexandro lo notó. De inmediato cambió un poco la postura de su cuerpo y se dirigió a un pequeño escritorio. Por ningún motivo permitiría que su novio descubriera la crisis que acababa de tener ni la herida que le había causado. —Quizás tenga algo de molestia por tu amigo Fito... pero bueno, nada que hacer. Yo estoy, como te dije, en la casa de mis padres, visitando al General que está muy enfermo, la verdad no sé qué tanto. ¿Sabes? En esta habitación están todos mis reconocimientos de cuando danzaba, estaba pensando en ese tiempo... —¡Uh, qué genial! Me gustaría ver todos esos premios algún día, la verdad mi cuarto es pequeño, lleno de libros... no hay mucho que mostrar —exclamó Dan, mientras con su computador daba la vuelta al cuarto para que Alex lo apreciara un poco mejor—. Es muy sobrio y... —Esta noche voy a tocarme pensando en ti —interrumpió el hombre de manera abrupta la plática con Dan. El profesor de Historia abrió mucho la boca y era evidente su sonrojo. Luego llevó su mano a su frente y rio un poco. —Eres todo un romántico, profesor Greco, bueno, al menos es tu «sutil» manera de decirme que me extrañas, y ahora creo que me estás provocando. Dan volvió a reír muy apenado con lo que Alexandro le dijo. —También me gusta... —Sí ya sé, te gusta estar dentro de mí —interrumpió Dan esta vez—. Eso ya lo has dejado claro. —Me gustan tus ojos. —Dan estaba más que sorprendido y sabía que algo no estaba bien con su amante, aun así no le interrumpió—. Me gusta que me vean siempre como si de verdad yo fuera alguien importante, como si siempre esperaran algo de mí, algo bueno. Tu color castaño me recuerda al otoño, es algo nostálgica esa época, sin embargo, me gustan sus tonos; me gusta ver cómo se dilatan cuando estás por llegar al clímax, y gritas mi nombre cerrándolos lentamente abriendo tu boca en un último gemido... Dan lo veía por completo sorprendido, ese no era el Alexandro Greco de siempre, ese era un Alex triste y nostálgico que parecía se estaba despidiendo. En su mirada y en su voz todo el dolor se estaba reflejando, el dolor de estar en ese sitio y de tener que cargar con las toneladas de malos recuerdos, de sentir que estaba al borde y que solo necesitaba de un pequeño ventarrón para caer y morir. Lo sabía, porque él mismo lo había vivido, lo había llevado en sus días y noches como una maldición. Alexandro ahora estaba sufriendo y Dan se sintió un maldito inútil al no estar a su lado. Lo necesitaba y en ese momento no podía hacer nada. Alex nunca había pedido ayuda en su vida y ahora entre líneas le gritaba con desespero que lo necesitaba, y Dan le respondía con sus ojos que si era con su cuerpo que él se liberaba de las angustias, sería su amante hasta la muerte. —Gracias por esas lindas palabras... Dime lo que tengas que decirme ahora, ahora, Alexandro... El hombre de cabellos como el sol, sintió que era el momento de contarle a su amante todo aquello que lo alejó del mundo de los sueños y la alegría, y lo redujo a su departamento de fantasmas, sin vida, sin nada. Era el momento, tenía que liberarse de ese veneno que le estaba carcomiendo el cuerpo y el corazón, quizás si alguien podía salvarlo, era ese profesor de Historia que también era bailarín, ese que le perturbó la existencia desde su llegada a la Universidad y le desdibujó el perfecto camino que ya se había trazado, de una vida con una mujer que fuera su esposa, su amante, que le diera sus hijos y con la cual estar frente a una chimenea cuando fueran ancianos. Ese sencillo hombre de ojos sesgados, le quitó la aparente paz y le trajo una intranquilidad, llena de lluvia de hadas y nubes de algodón de azúcar. —Te amo, Dan Choi... —dijo Alexandro casi como en un susurro, mirando fijo la pantalla. Dan abrió los ojos y la boca a más no poder e iba a decir algo, no obstante, el otro hombre cortó la comunicación él mismo, al borde del colapso, por lo que acababa de decir. ¡Eso no era lo que debió salir de su boca! Y quedaba claro que no era lo que Dan esperaba tampoco, que solo deseaba le contara de su retiro de la danza profesional y la historia tras eso que le hería como una puñalada, pero a cambio, recibió una confesión que se salió sola del corazón, caminó por la garganta de Alex y se escapó traviesa de su boca en complicidad con su voz. Dan marcó infinidad de veces luego de eso, pero ya por esa noche, todo estaba dicho. *** Fin capítulo 27
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