Capítulo 28

1212 Palabras
XXVIII Alexandro, sin poder creer siquiera lo que acababa de pasar, corrió al baño y se lavó un poco la cara. Se dio cuenta que la herida de su frente no estaba mejor; Dan no notó nada porque su cabello la cubría; la limpió de nuevo, poniéndose una venda esta vez. Se miró fijamente y no se creía lo que acababa de hacer. Esa palabra tenía que estar clausurada de su diccionario mental y, aun así, la pronunció frente a su amante. Sonrió. Por solo instantes, el estar en ese lugar ya no era el siniestro cuento de horror, por instantes era el comienzo de una nueva historia de amor. Dan entendió que era inútil seguir insistiendo en marcar a su contacto, Alex ya no le respondería en ese momento. No lo haría porque aquello iba en contra de todo lo que había labrado con piedra en su alma, aquello de tener una vida normal con una chica, una familia numerosa y todo el cliché que lo mantenía firme. Confesarse de esa manera planteaba una posibilidad y un futuro diferentes, en el que Dan podría estar incluido más allá del amante. A pesar de todo, eso lo llenó de una alegría que no había experimentado nunca. Esa misma felicidad la notaba Fito en su soñador amigo, justo a la hora del desayuno, que la amable madre de Dan les estaba sirviendo. Estaba llegando a ser incluso fastidiosa esa alegría, solo faltaban los corazones a su alrededor y la luz del cielo que le iluminaba. —No entiendo esa mirada de tonto enamorado, pero de seguro eso solo significarán problemas para mí, porque no cabe duda de que voy a ser yo quien recoja tus pedazos de todas partes —reprochó su amigo matemático con desgano, mientras sostenía su mentón con la palma de su mano derecha—. Por ahora concentrémonos en mis vacaciones y llévame al centro de compras. Dan le sonrió y pareció por fin volver de donde estaba. Con respecto a las vacaciones, el profesor de Historia le mostró un detallado itinerario con las múltiples visitas que harían, no serían solo compras y diversión. Fito miró las hojas y sonrió forzadamente, pese a eso, no contradeciría a su amigo, no en ese momento que parecía todo era bonito. Alex seguía recostado en la cama, abrazando el iPad como si este le fuera a tele-transportar a Dan. Pensaba en la mejor manera de hacerse responsable de sus palabras, aquello no tenía marcha atrás y pensó en las mil posibilidades de eso, ¿Dan lo amaría también? ¿Podrían tener una relación más allá de la cama? ¿Acaso no la tenían ya?... Estaba tan metido en sus pensamientos, que solo regresó hasta que escuchó que tocaron muy fuerte en la puerta de su habitación. Era el mayordomo que quería avisarle que su madre, acababa de volver. Abriendo la puerta muy de prisa, dio las gracias al anciano mayordomo y le pidió que, por favor, dejara de decirle «joven Alexandro», ya era muy grande para aquello. —Joven Alexandro, para mí siempre será de esa forma, así como para el General, usted siempre será su bebé... Alex se detuvo y lo miró algo sorprendido. El criado le sonrió y le indicó con la mano que siguiera a la habitación de los 'esposos'. Cuando el hombre de cabellos claros lo hizo, una mujer menuda y de cabellos tan negros como su oscuridad, le saltó encima y le abrazó por el cuello. Alexandro la abrazó igualmente, no la veía hacía meses, cuando se encontraron para cenar. Esa madrastra suya se había convertido en la madre, que la vida le arrebató muy rápido. En la cama, conectado a un tanque de oxígeno, se encontraba su padre, que lo veía muy directo. Alexandro esquivó aquella mirada, al igual que lo hizo cuando llegó y salió corriendo del estudio, dejándolo a penas con el saludo. El General, al parecer sabía lo incómodo que era para su hijo mirarlo, así que el buen hombre que lo amaba más que su vida, bajó la cabeza, para no molestarlo. —Hijo, qué bueno que hayas querido venir unos días a pasarla con nosotros, sabes que la salud de tu padre no mejora... Y te ha extrañado mucho... —Aún puedo hablar por mí mismo Manini, no lo digas como si estuviera vegetando o algo así —replicó el General muy molesto. La mujer volteó a verlo con odio absoluto, mirada que por supuesto Alexandro no pudo ver, y el General tampoco, pues no levantaba su vista. —Como sea, gracias por venir acá, hijo —dijo la horrible dama disfrazada de buena, intentando desviar el tema. Alexandro sabía que el ambiente se estaba poniendo algo pesado, así que se despidió educadamente para irse por fin a dormir. Manini se disculpó mucho por haber llegado tan tarde, y dio excusas muy traídas de los cabellos a cerca de su retraso, pero que el buen hijastro creyó totalmente, pues la adoraba. Y llegó la pregunta, esa que lo molestaba y que le rompía el corazón al General. —Hijo, ¿cuándo será que nos presentas alguna chica? Me preocupa que estés tan solo... —El General movió su cabeza en negativa ante la ponzoñosa pregunta. Alexandro no entendió la actitud de su padre, no obstante, tenía que decir algo, algo que no agraviara a Manini y que la dejara tranquila para que dejara de preguntar sobre su vida. —No estoy solo, Manini... ahora salgo con alguien, apenas nos estamos conociendo... —¿Y cómo se llama? —preguntó la mujer intrigada. Y de los muchos nombres que Alexandro pudo inventarse, solo uno le llegó como una ráfaga a los labios, uno de una mujer que tampoco existía. —Se llama... Suni, pero por ahora solo somos amigos... —Bondad — interrumpió el General. Manini por un segundo creyó que hablaba de ella y se sorprendió, pero el General se apresuró a seguir—. Suni significa bondad, en sur coreano. Alexandro miró a su padre, y se encontraron ambos pares de ojos azules, como las olas que golpean en la playa. En ese momento el General no le pareció el hombre maldito que se había metido en su vida para arruinársela, para juzgarlo y menospreciarlo. En esa mirada veía una súplica, un desesperado llamado de auxilio. El hijo se excusó de nuevo y salió de esa habitación para irse a dormir. No deseaba seguir hablando del asunto, quería irse a la cama a seguramente masturbarse pensando en Dan. Antes de entrar a su cuarto, vio en medio del pasillo la pintura de su madre de tamaño natural, y que no alcanzaban todas esas pinceladas a mostrar la belleza de la mujer que le dio a luz. Alexandro la miraba y sonreía, tocando el lienzo como si quisiera que ella saliera de ahí y le arrullara como lo recordaba en sus noches de llanto y fiebre. Bajó la mirada y la dirigió luego hacia el cuarto de su padre, preguntándose, por qué no fue él, en lugar de su preciosa madre. Y antes que el universo le cayera encima de nuevo, corrió a su habitación a refugiarse en lo que pudiera de Dan Choi, su salvavidas. *** Fin capítulo 26
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