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La semana que había comenzado como una cualquiera, sorprendió a Dan cuando al abrir su casillero una moneda dorada cayó al piso. Miró por doquier y no sabía de qué podía tratarse, la recogió viendo con sorpresa que era una moneda de chocolate. Empezó de nuevo a buscar por todos lados del salón de profesores y vio a Alexandro, con la cabeza abajo leyendo unas hojas, pero con el brazo libre apoyado en el escritorio y entre sus dedos una moneda igual.
Era la sutil manera de indicarle que era un regalo de su parte. Más de lo que pudiera esperar jamás en la vida. Dan sonrió. La miró en la palma de su mano, como si se tratara de un tesoro real; no obstante, tuvo que ver cómo le era arrebatada de sus manos con brusquedad.
—Perfecto, me encantan estos chocolates —dijo Dobargo, muy feliz, destapándolo sin la menor delicadeza y comiéndoselo de un tirón—. ¿Tienes más? —Dan a penas si podía procesar todo aquello, tenía la boca abierta y miraba a su amigo con ganas de matarlo.
—¡Era un regalo, imbécil! —espetó Dan, intentando bajar la voz, estaba muy molesto—. Al menos devuélveme la envoltura, voy a guardarla de recuerdo.
Dobargo riendo, le devolvió el papel metalizado hecho ya bolita. Dan empezó con esmero a desarrugarlo.
—¿Un regalo? Tienes una admiradora… o quizás admirador. ¿Podría tratarse de Greco?
Fito se echó a reír como una foca. Dan le miraba con fastidio, lo poco del papel que pudo desarrugar, lo guardó con mucho cuidado en su billetera. Viró hacia Alexandro, que ya no estaba. Rogaba internamente que no hubiera sido testigo de nada de lo que pasó.
Fito, que claro ignoraba todo aquello, quedó de pasar esa noche al departamento de Dan para ver unas películas y atiborrarse de cerveza y palomitas. Era su inusual plan de los lunes, ya que los martes ambos entraban hasta después del mediodía a dar clases. Dan le dijo que lo esperaba con gusto, pero antes de las nueve de la noche. El profesor de matemáticas torció un poco el gesto.
—Hoy es el día de la otra cita, ¿verdad?
Dan respondió positivamente con la cabeza, algo apenado. Fito le dio un golpecito en la espalda y le dijo que se verían esa noche. Salió de ahí a la primera clase del día. El joven coreano aún tendría que esperar una hora más para iniciar su jornada. Se sentó tranquilo en su puesto a revisar sus apuntes, y fue cuando su celular empezó a vibrar escandaloso. Eran mensajes de w******p en los cuales le hacían el reclamo del porqué demonios había permitido que otro se comiera el chocolate.
Buscó al autor de aquello, aun así, no se encontraba al menos a los alrededores. Llegó otro mensaje más, pidiéndole que, en cuanto pudiera, se dirigiera al baño de los hombres del primer piso de la torre dos, que por ahora solo estaba habilitado para maestros. Dan rápidamente organizó los papeles sobre su escritorio y salió corriendo al dichoso baño. Los pasillos estaban casi desiertos, la gran mayoría de los estudiantes ya estaban en la clase de su primera hora.
Casi volando por las escaleras, llegó al sitio, pero al parecer no había nadie. De repente sintió un jalón de su brazo derecho que lo precipitó luego a una pared, donde fue acorralado por un cuerpo más alto y que olía a gloria. No pudo decir una palabra porque fue callado con unos labios suaves y calientes que le empezaron a devorar con ansias y a apoderarse de todos sus deseos. Levantó los brazos y rodeó el cuello del invasor, que lo estrechó hacia sí por la cintura. Había sido, al parecer un fin de semana muy largo sin él. Por fin, con suavidad, se separó el más alto y en su cara estaba la expresión de reclamo.
—Alexandro, Dobargo lo hizo mientras yo estaba desprevenido, no te molestes por eso… —habló entrecortado Dan, aún intentando recuperarse del beso—. Es un tonto… como sea, gracias, me sorprendió mucho ese chocolate.
—Le tienes demasiada confianza a ese hombre. No pareciera que tuvieran solo una relación de amigos.
Alexandro cruzó los brazos y se recostó en una pared. Vestía ropa muy formal, cubriéndose con un gabán gris que resaltaba su perfecto cuerpo.
—Es mi amigo, el mejor de mis amigos. No tienes por qué preocuparte por nada, si acaso te refieres a otra cosa.
—¿Tienes tiempo esta noche, quizás después de las nueve? Para charlar un rato… —Alexandro habló intentando desviar la conversación y así no sonar como el celoso paranoico que era. Con Dan, el «noviazgo» no llegaría a nada al fin y al cabo, así que sonar celoso en ese juego de adolescentes no era conveniente.
—Lo siento, después de las nueve, Fito irá a mi casa para ver unas películas. —Dan también hacía lo suyo. A pesar de estar desesperado por la relación con Alexandro, sabía que mostrarse ansioso y vulnerable como esa noche no era conveniente. Alexandro cambió a su rostro adusto de siempre y viró su cabeza molesto—. ¿Y por qué no antes de las nueve? Estoy libre casi toda la tarde y sé que tú también —agregó Dan.
—Antes… tengo una cita.
—Vaya, y aun así te atreves a reclamarme.
Con el descaro y el cinismo de quien sabía la verdad, Dan cruzó los brazos, sabiendo muy bien que él mismo era parte de esa cita.
Alexandro se sintió un poco mal, sabía que ese doble juego no era correcto, a pesar de todo aquello, ni por la cabeza le pasaba la entramada situación que Dan estaba llevando. Lo que le angustiaba era esa incontrolable necesidad de estar junto a ese de ojos tan sesgados.
No se habían hablado durante el sábado y el domingo. Ese viernes, después de pactar su noviazgo, entraron a un bar muy cerca del campus y bebieron como cualquier par de amigos. Incluso se encontraron con algunos colegas y alumnos que se les unieron alegres. Alexandro por primera vez en mucho tiempo, lucía tranquilo. Al salir, intercambiaron números de celular casi sin darse cuenta y solo hasta ese lunes, Alexandro lo usó para mandarle un mensaje.
Todo ese fin de semana se devanó los sesos intentando entender a qué estaba jugando con Choi, en qué momento todo se le salió de control y terminó con desespero confesando algo de lo que sentía. Estar cerca de ese hombre lo llenaba de incertidumbre y deseo, cosa que jamás había experimentado antes, que de no ser porque lo encontró esa noche en su estudio, quizás nada hubiera pasado y seguiría siendo a penas una duda en su alma.
Pero se había perdido en esos labios ardientes y en ese cabello de azabache. Sentirlo cerca y aspirar su aroma era lo mejor que le había pasado en mucho del tiempo que llevaba como docente. Se planteó todos los escenarios posibles con él; sin embargo, al final ninguno era el correcto, según su criterio.
No podía imaginar un futuro lejano con Dan, no podía aceptar que quizás pudieran llegar a ser una pareja del común, no al menos en un país tan complicado en ese tema; y de nuevo llegaba la culpa, esa espada que se enterraba en su pecho sin piedad. Estar con él no era correcto, debía estar con una mujer, una con la que haría una familia feliz. Eso era lo aceptado, eso era lo que creía, deseaba.
***
La tarde se asomó en el horizonte y Dobargo sin nada que hacer, se dirigió al departamento de Dan; si no estaba pues lo esperaría, al fin y al cabo tenía una llave. Llevaba una película de comedia, ya ese día no quería pensar en nada ni hacer análisis profundos de la vida, solo quería reír como idiota y punto. Ver películas históricas con Dan estaba vetado, pues llegaba a ser un verdadero fastidio que siempre señalara las mil imprecisiones que mostraban los filmes.
Sin tocar siquiera abrió la puerta, dejó las cosas en la mesita que había en el pasillo de la entrada, y se quitó los zapatos. Era un pedido del dueño del sitio y él obedecía. Fue a la pequeña sala, empezó a encender el televisor y escuchó que del cuarto lo empezaban a llamar.
—¿Dan, aún no te vas? —preguntó mientras caminaba al cuarto. Abrió la puerta y quería decir algo más, pero no pudo siquiera verlo de frente. Dan estaba en la fase final de su transformación. Ya se ponía un poco de labial rojo y algo de perfume. Dobargo se sentó en la cama y no pudo evitar estremecerse. Dan sintió lo mismo y bajó su cabeza.
—Por eso no quería que me vieras de nuevo haciendo esto, Fito. La vergüenza más grande es contigo.
Dan se sentó junto a él, Fito suspiró un poco, intentando buscar las palabras correctas para decirle.
—Dan, es claro que puedes engañarlo fingiendo que eres una mujer, yo mismo ahora lo creería… pero algo malo está pasando dentro de ti. Necesitas ayuda. Cuando todo esto comenzó, de verdad pensé que era una manera de darle un golpe a la arrogancia de Alexandro, una broma de un momento y ya. Aun así, siempre que regresas hay tanto dolor en tu rostro, uno muy injustificado a mi parecer.
Fito lo vio a los ojos y lo tomó por las manos.
—Dan, no es normal lo que está pasando. No es normal que tu obsesión por ese hombre te lleve a esto. Necesitas hablar con un psicólogo y antes que me digas que no estás loco, no es por eso que lo digo, pero no puedes manipularlo de esa manera y degradarte tú para tener tiempo con él. Sabes que no podrás llegar más lejos que esto. Debes ver a alguien. Debes hacer algo.
Las palabras de su amigo bajaban por la garganta de Dan como azufre hirviendo.
***
Fin capítulo 10