XXXII
Dobargo estaba emocionado, notándosele en todos y cada uno de los poros de su cuerpo. El itinerario impuesto por Dan resultó muy exigente, aun así, muy satisfactorio. Aprendió muchísimo de todas y cada una de las visitas, comió como cerdo todo lo que se le pasaba por la nariz, y compró hasta agotar sus ahorros como profesor. Dan estaba también muy feliz de ver a su amigo, así de satisfecho con su país, muy sorprendido por lo receptivo que estuvo Fito a todo lo que Dan le contaba de cada sitio.
Solo por capricho fueron a un concierto K-pop; Fito visitó tanto los imponentes templos de Seúl, como los de las poblaciones cercanas. Gozó en el paseo hacia Busan, pasearon en bicicleta a lo largo de un canal, entraron a las mil tiendas Line y el matemático compró todo lo que pudo para sus hermanas, además de unos pedidos de los Idols guapos y populares que ellas le pidieron, toda una aventura. El zoológico, los museos; Fito no se cambiaba por nadie. Sin embargo, en medio de tanto gozo para el profesor de Matemáticas, el rostro de Dan era de angustia infinita.
—Dan, por favor, sé qué es lo que te sucede, pero intenta relajarte un poco.
—Fito, desde que dijo aquello, no me contesta los mensajes, los ve y simplemente los ignora. Intenté llamarlo y es igual, no me responde. No me importa que se retracte de lo que dijo, yo solo quiero escuchar su voz, saber algo... me estoy enloqueciendo —replicó Dan, mientras comía un pedazo de pastel.
Había hecho lo posible por no aguar las vacaciones de Fito; aun así, como sobresaltos al pecho, le llegaba el recuerdo de Alexandro. La algarabía del café, no iba acorde con la expresión de Dan. La ansiedad lo carcomía. Llevó las manos a su rostro levantando a la vez sus lentes sobre su frente, quería oprimir los enormes deseos que sentía de llorar frente a su amigo, que lo había visto derramar océanos completos por seres humanos que solo lo mataban un poco más, cada vez.
—Dan, debes entender que esa confesión, al parecer se dio en medio de un desesperado acto, en un momento angustiante, que de seguro él pasaba en la casa de sus padres, donde me dijiste que estaba. Verás, ahora, Alexandro Greco tiene su mundo de cabeza, todo en lo que creía y a lo que estaba aferrado se devastó con el huracán que resultó tu presencia en su vida. En este momento, él debe estar arañando, de cualquier parte, los fragmentos de lo que era antes de conocerte, para no enloquecer.
»Has logrado que un hombre que tenía una meta, una línea recta definida en su futuro, se cuestione y se replantee su propia vida, Dan. ¡Debe estar tan desesperado porque alguien le diga qué hacer! Todo en lo que creía, todo aquel muro que se esforzó tanto en construir, se derrumbó y los escombros cayeron sobre él. No se siente tan bien cuando se tiene la responsabilidad de la vida de otro en las propias manos, ¿verdad, Dan? Alexandro Greco solo tiene dos caminos: escalar la montaña que se derrumba, si es al lado tuyo, o empezar de nuevo a construir su muro y sacarte de su vida. Y espero que sepas aceptar cualquiera que sea su decisión.
Dan sintió que el pedazo de pastel le bajó como vinagre por la garganta. Fito había sido brutal en su sentencia, pero tenía razón, en todo. Hasta ese momento solo se había preocupado por él mismo y por volver a escuchar aquel «Te amo» de los labios del profesor de Ballet. Pese a eso, no se había tomado el tiempo para pensar todo lo que le costó a Alexandro decirlo, confesarlo. Él siempre parecía que tenía algo que contarle, aunque nunca se atrevía, en sus ojos había ese destello de nostalgia, de tristeza, como si esos momentos a su lado los viera como un irremediable final. Y eso presentía Dan, que se acercaba el final.
Dos gruesas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas sonrojadas. El final del cuento con el profesor de Ballet estaba terminando, el mundo bajo sus pies empezaba a temblar y seguramente la grieta se abriría y se lo devoraría. Otra pérdida en su vida, otro amor imposible que él creyó, sí lo sería. Se imaginaba de nuevo viéndolo por la mirilla de la puerta del salón, fingiendo que nada había pasado, recordando que ese cuerpo que se movía con gracia, fue suyo.
Dobargo lo tomó de una mano para intentar consolarlo y así hacerle saber que a pesar de todo, estaba él, al final del camino. Sería su amigo nada más, sin embargo, solo no enfrentaría la pena, si es que ese era el destino que le esperaba al llegar a San Petersburgo.
—Recuerda Dan, que también está el otro lado de la moneda.
Dan lo miró, no obstante, sabía que era muy difícil que la moneda cayera a favor de él. Solo quedaba esperar.
Esas semanas pasaron muy rápido con un Dobargo que tuvo que pagar un muy costoso sobre equipaje y un Dan que no se iría con él. El plan inicial era que Fito, luego de Corea, viajaría a Italia las dos semanas que le quedaban y que Dan se quedaría ese mismo tiempo con su propia familia, no obstante, la ansiedad ganó la batalla y necesitaba ver a Alexandro para saber que había pasado en ese tiempo en que había estado tan callado y tan ausente.
La familia del profesor de Historia lo entendió perfectamente, pues les dijo que debía ir a preparar la entrada al nuevo semestre. En esas vacaciones en Corea, Dan se enteró también que le estaban proponiendo en Rusia ser el docente de una Maestría para extranjeros en el área de Ciencias Humanas. Las cosas en su vida laboral parecían prósperas, aun así, su corazón hecho pedazos no le permitía disfrutar de aquellas alegrías.
En el aeropuerto de Seúl, envió su último y desesperado mensaje. Le decía a Alexandro que ya regresaba y que estaba por subir al avión. Miró al ventanal enorme de la sala de espera, donde a lo lejos se veían aviones despegar, sabiendo que pronto era su turno para subirse a uno.
Fito dormía como una foca, Dan aprovechó para tomarle una fotografía y fue entonces, cuando un mensaje que había esperado por un poco más de diez días, finalmente llegó. Pero no era lo que esperaba.
—¡Fito! —gritó Dan, emocionado—. ¡Me respondió al fin!
—¿Y qué rayos dice? —preguntó el amigo apenas volviendo del mundo de los sueños.
—Del aeropuerto, ven directo a mi departamento. La llave estará bajo el tapete de entrada —leyó Dan en voz baja.
—Muy romántico Greco, como siempre —repelió de manera sarcástica ese mensaje Dobargo, estirándose y levantándose ante el llamado de su aerolínea a abordar.
—Creo que sé lo que me espera. Al menos me quedan dos semanas de descanso, para así echarme a morir cuando me deje.
Fito miró a Dan con algo de tristeza, lo tomó por un hombro en un intento de consuelo. Ya estaba pensando en cancelar la visita a su familia, aun así, prefirió que esperaría hasta que supiera qué le iba a decir Greco a Dan y entonces actuar.
Maldecía internamente a ese hombre de cabellos claros, no era posible que hubieran cambiado tanto las cosas en dos semanas, no era posible que después de dejar a Dan marcado por todas partes como una clara advertencia hacia él, de un momento a otro pensara en terminar esa relación.
Vio a Dan y por un momento pensó que era lo mejor, que tal vez Dan se lo merecía. Que eso de Suni había estado muy mal siempre y que el karma regresaba a su ser. Odiaba pensar así, porque adoraba a ese amigo coreano suyo, pero lo que hacía estaba mal y se recriminó mucho por no haber hecho lo suficiente para detener aquella locura de que Dan se vistiera de mujer en una desesperada súplica por estar al lado de un hombre, y que ese hombre, por muy odioso que fuera, no merecía aquella mentira.
Sin embargo, Dan estaba agobiado, enloquecido. Una caricia, un beso serían suficientes al inicio, pero no fue así. La suerte le sonrió y resultó en una relación física con Alexandro, muy intensa por lo que podía notar. Pero, aun así, Dan no se detuvo y siguió invocando a esa mujer que a veces se apoderaba de su alma.
Recordó ese pasado que Dan había llevado encima como una herida abierta llena de pus, en el cual estuvo tan solo sobrellevando semejante dolor; ahora, si el profesor de Ballet llegaba a matarlo por dentro, Fito estaba ahí para hacer renacer a su amigo.
A diferencia de lo que el italiano sabía de la anterior relación, Alexandro resultaba un amor más grande para Dan que ese que dejó atrás en Estados Unidos, y oró porque su amistad fuera suficiente para soportar el dolor junto a su amigo. Lo miró de reojo, Dan tenía el celular en sus manos, negándose a apagarlo, esperando otro mensaje que nunca llegaría.
***
Fin capítulo 32