XXXI
Una noche, un mensajero llevó un paquete dirigido al General. Era muy inusual que se entregara algo a esa hora, no obstante, tenía el carácter de «Urgente» en su etiqueta. El mayordomo lo llevó al estudio y el señor de la casa lo recibió con una sonrisa en el rostro, cuando lo destapó se dio cuenta de que era un CD de DVD y en el momento en que estuvo solo lo puso en el reproductor, la verdad la curiosidad lo consumía, nunca había recibido un paquete de esa forma, sin un remitente claro.
El aparato empezó a hacer su ruido habitual y a mostrar en la TV gigante las imágenes del infortunio, de aquello que ningún padre quiere, ni debe ver, la intimidad s****l de un hijo, de Alexandro Greco y no era solo verlo teniendo relaciones sexuales, era ver que su pareja, aquella que cabalgaba sobre él, era otro hombre.
El General se llevó las manos a la boca y cayó lentamente de rodillas, mientras las lágrimas le rodaban sin control, era su hijo, la cámara lo enfocaba lo suficiente como para no poner en duda que se trataba de él. Pero el buen hombre de corazón de melocotón, no estaba horrorizado por el hecho de saber que su hijo era gay, estaba horrorizado por lo que pudiera sufrir con la discriminación creciente en su país.
Se pintó los peores escenarios, se imaginó qué sería de él si en la federación se enteraban, no soportaría que señalaran a su buen hijo y él sufriera por eso. Lo amaba y respetaba sus decisiones, pero definitivamente no era la forma de enterarse de aquello. Tomó de prisa su gabán para ir directo al departamento de Alexandro en Moscú para hablar con él seriamente del de por qué no le dijo antes nada, y si eso le estaba acarreando algún problema.
—Ya lo sabes, ¿no? —dijo Manini viéndolo bajar deprisa por las escaleras. El General se devolvió y la tomó por un brazo para encerrarla en la habitación principal.
—Sé que fuiste tú, pero ni siquiera pienses en meterte con mi bebé...
—¡¿Mi bebé?! ¡¿Es en serio?!, ¡Por ser como eres, lo volviste un maricón! —gritó la mujer llamando la atención de todos en la casa.
—¡¡No lo llames así!! Bruja maldita, sé que fuiste tú quien mató a mi esposa, pusiste en mi contra a mi hijo y ahora quieres matarme también. En cuanto llegue de hablar con Alexandro, haré los papeles para que nos divorciemos.
—Eres un iluso, General —replicó con ironía—. No eres mentalmente estable ni capaz de casi nada, y yo siempre he sido tu fiel y abnegada esposa. Jamás, podrás dejarme.
El General sabía que no sería fácil, pero de eso se encargaría luego de hablar con Alexandro. La mujer vio que salía por el portón principal y sonrió, satisfecha.
Mientras iba en la limusina, empezó a ensayar las palabras que le diría a su hijo, tendría que omitir lo del video, aquel que no podía sacarse de la cabeza. La intimidad de su hijo expuesta de esa forma; si ese video llegaba a él, perfectamente podía llegarle a la prensa. ¿Le diría? ¿Le mencionaría algo? Ni siquiera sabía bien como iba a abordar el tema, aquel de su homosexualidad. Había muchísimas cosas en la cabeza del General y no se dio cuenta cuando llegaron al complejo de apartamentos.
Le pidió a su chofer que le esperara discretamente, algo lejos de ahí. Subió hasta el lujoso sitio que tenía su hijo, no lo detuvieron, pues al decir en la recepción que era el padre de Alexandro Greco no pudieron ponerlo en duda, eran idénticos. El General le pidió que no lo anunciara y el portero embelesado accedió. Cuando estuvo frente a la puerta, tocó aún sin estar muy seguro de qué le diría a su hijo.
—Alexandro, de nuevo olvidaste la...
Cuando la puerta se abrió, el General se encontró con un muchacho, quizás de la edad de su hijo. Se sonrojó mucho cuando pudo reconocer que era aquel hombre del video, el que estaba con Alexandro. El amante también supo de quién se trataba y se quedó paralizado.
—Buenas noches, muchacho... ¿Está mi hijo en casa? Quisiera hablar con él un momento...
—Lo siento, señor Greco, pero él en este momento está en una rueda de prensa... si gusta esperarlo, qué descortés de mi parte, pase por favor.
El General le sonrió, no obstante, no podía mirarlo mucho al rostro sin sentir vergüenza, a pesar de haber visto a penas unos diez segundos de video, donde se enfocaban desde un costado y donde la parte importante se cubría con una sábana. Sin embargo, era muy claro lo que hacían. El muchacho de cabellos negros y piel muy pálida le sonreía también, intentando ser amable y sintiéndose muy incómodo en ese momento.
—Supongo que hoy no podrá ser. ¿Tú eres su... amigo, verdad?, por favor, no le digas que yo estuve aquí, seguro se molestará. Yo lo llamo luego para saber si podemos hablar—. El General se despidió muy amablemente, sin embargo, se detuvo un momento y giró una vez más hacia el muchacho que aún no cerraba la puerta —Muchacho, tengan cuidado. De todo y de todos, incluso de Manini.
El joven lo miró con mucha sorpresa, parecía que sabía de quién hablaba el General. El buen hombre con ojos de zafiro salió de ahí y se devolvió a su casa con la terrible sensación de que algo ocurriría. En el momento en que entró de nuevo a su mansión, sacó ese horrible DVD del reproductor y lo tiró a la basura. Luego de eso, entró a su habitación e intentó dormir, solo lográndolo entrada la madrugada.
En la mañana, un poco más de las diez, sus ojos se abrieron ante el escándalo. Salió de prisa de su habitación y vio a su hijo gritando y vociferando en su contra. El padre no tenía idea de qué estaba hablando, los sirvientes estaban deteniendo a Alexandro para que no subiera la escalera y pudiera hacerle daño al General. Su hijo estaba descompuesto, con la mirada enloquecida y sin dejar de gritar que era culpa de su padre lo que había pasado.
—¿Pero de qué hablas, Alexandro? —preguntó su padre desde lo más alto de la escalera—. ¡No entiendo lo que dices!
—¡Maldito seas! ¡MALDITO! ¡SIEMPRE ME ODIASTE POR TODO! —ahogó Alexandro un sollozo y siguió—. ¡Ya nunca sabrás de mi General! Solo volveré a tu casa cuando mueras...
Luego de eso, Alexandro salió de la mansión y cumplió; no regresó nunca. Manini se encargó de recoger todas las cosas de su departamento y llevarlas a la mansión, a su habitación de niño. Solo hasta que la mujer llamó a Alexandro para decirle que su padre estaba muy mal de salud y que cualquiera sería el momento, decidió regresar. Necesitaba de su padre una respuesta, una razón. Y el buen padre, el General, también la necesitaba.
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Fin capítulo 31