XXX
Pero el cuento de hadas necesitaba una bruja. Llegó un verano para hacer la visita, unos días, quizás unas semanas; pero nunca se fue. Manini fue a ver a su amiga del alma, como ella le decía. Esa dama hippie le recibió con los brazos abiertos y con las puertas de su casa a su disposición. El General odió aquella presencia y su mujer no entendía cómo era que Manini podía caerle tan mal si era un dulce.
—«Un dulce de cianuro» —pensaba el General.
El tiempo pasó y la dama enfermó terriblemente. Alexandro, que se iniciaba en la academia de ballet, tuvo que suspender sus clases para pasar el mayor tiempo posible con su madre, que un día ya no pudo levantarse de la cama. El General pagó los doctores más costosos, sin embargo, ninguno entendía el motivo de semejante deterioro y lloró junto a su esposa, lloraban ambos en las noches, pues ella no deseaba irse y él no deseaba que se fuera. Era imposible que el pequeño de cabellos claros no escuchara y también llorara bajo sus sábanas, impotente, inútil y diminuto, sin el poder de arrebatársela a la muerte.
Y el padre y el hijo, que parecían dos gotas de agua, vestían de n***o absoluto, muy elegantes, muy formales. Ese color jamás se iría de la vida de Alexandro. Veían ambos con sus ojos de océano, como la tierra cubría aquel féretro donde estaba la mujer que más habían amado, la mujer más hermosa, la que era sol y brisa todos los días. La de pensamientos revolucionarios que los dejó a un lado para sembrar en la mente de su hijo el arte, la única arma que tenía el mundo para ser diferente. Estaban solos ahora, los Greco, o al menos eso creían.
Manini había logrado colarse en el corazón de Alexandro siendo todo eso que su madre no tuvo tiempo de ser. Se quedó y lo acompañó a sus clases de ballet, incluso sugirió que era mejor para él que estudiara en las compañías de danza de la capital, que al fin y al cabo eran las más prestigiosas del mundo. Alexandro no permitió que Manini se fuera de la casa, necesitaba como fuera esa figura materna que le dijera que todo estaba bien, que le abrazara y le regalara muchos besos, cosa que el General no podría hacer, por mucho que lo deseara. Entonces se dio. El General amaba mucho a su bebé y haría lo que fuera por él. Así fue, se casó con Manini solo para que Alexandro tuviera la madre que había perdido.
—¿Me dejarás que te llame por tu nombre, ahora que estamos casados? —preguntó la mujer mientras comían el pastel de bodas en la muy discreta ceremonia civil que tuvieron en la mansión.
—No. La única que podía pronunciar mi nombre, y lo hacía casi que cantando, era mi esposa. Mi mujer. Manini yo te agradezco el inmenso amor que le demuestras a Alexandro, pero no quiero que pienses que vamos a ser un matrimonio como lo deseas. Mi corazón está sepultado bajo tierra, en las manos de ella.
Manini odió esa respuesta. Ya tenía todo lo que había deseado, un marido rico, un hijo hermoso que ni siquiera tuvo que llevar en las entrañas nueve meses. Entonces empezó a gestar su plan.
El General se escondió en su propio dolor y dejó a Alexandro a la deriva, cosa que aprovechó la mujer para hacerlo su aliado. El muchacho la adoraba, era todo lo que buscaba en una figura materna. Pronto su corazón empezó a olvidar a aquella dama que dictaba clases de Ciencias Sociales. Sus estudios los combinaba con la danza y en ambos era excelente, tanto que le propusieron ser parte de una prestigiosa compañía de danza. Alexandro apenas con trece años, no tenía muy claro aquello de qué querer hacer con su vida, así que aceptó encantado. Se subió al escenario y una vez que empezó a aplicar la danza, sintió que flotaba. Deslizarse de esa manera le estaba llevando a esos mundos que siempre había imaginado, el viento hacía parte de su cuerpo y entonces, ya no quiso bajarse de este jamás.
A los oídos del General llegaron las noticias de lo bueno que era Alexandro. Le preguntaba a su hijo en la cena, siempre, que le platicara de eso, pero Alexandro que ya había sido brutalmente predispuesto por Manini, respondía con evasivas. El padre vivía con el corazón roto, ese hombrecito hermoso, su bebé, parecía que lo odiaba y no sabía muy bien la razón.
Sin embargo, el General no se dio por vencido y fue a su primera presentación en la que su hijo debutaría en Moscú. No le dijo nada, por supuesto, no quería que se molestara. Tampoco le dijo a Manini, no quería que le dijera algo a su hijo que lo desconcentrara, ese momento era muy importante. Y el General lo vio. Con su cabello largo recogido en una coleta, con su traje brillante, danzando, flotando. El padre estaba muy arriba en las gradas, orgulloso y feliz que, fruto de su amor, hubiera nacido un ser tan maravilloso como Alexandro. Aplaudió conmovido.
Pero el General empezaba a enfermar también, parecía que en ocasiones entraba y salía de estados de lucidez. El tiempo y el espacio parecían que ya no estaban asociándose bien en su cabeza y tuvo que estar en casa casi todo el tiempo, medicado y bajo el cuidado de Manini, a quien todos veían como su abnegada y bella esposa.
Alexandro salió de su casa para estudiar y seguir en su carrera profesional en el ballet. El General fue a todas las presentaciones que tuvo en Rusia, viajaba siempre con la complicidad de su mayordomo, siempre en la parte más alta de las gradas, siempre ocultándose para ni siquiera llegar a incomodar a su hijo. En una de esas presentaciones, el General llamó a su hijo. Se armó de valor y le invitó a cenar para celebrar su nuevo triunfo.
—¿Cómo te enteraste, padre? —preguntó Alexandro curioso. El buen muchacho, que se alejó sin un motivo claro para su padre, nunca había dejado la nobleza de su corazón, aun así, repelía al General como si temiera que le hiciera algo.
—Lo vi en las noticias, hijo. Nunca he podido celebrar contigo, ya eres un hombre hecho y derecho. Supongo que tienes muchas ocupaciones, pero puedes dedicarle dos horas a tu viejo. ¿No?
El padre había visto en vivo y en directo todo, como su nombre brillaba en la entrada del teatro más lujoso de San Petersburgo. Manini nunca se enteró, tampoco fue nunca a alguna presentación del muchacho, todas las veía desde su cama, enredada en los brazos de algún amante, y aun así, siempre le hacía creer a su hijo postizo que cuando se presentaba en su país, ella estaba ahí.
El padre llegó al restaurante de San Petersburgo, ese día no tomó medicamento alguno, pues estaba convencido de que aquello le hacía más mal que bien y que Manini lo estaba envenenando. Se sentó y pidió un vino y un champán, le contó al mesero que él era el padre de Alexandro Greco y que cuando llegara se lo presentaría. El hombre lo escuchó con educación, claro estaba, aunque no tenía idea de quién hablaba.
Ahí estaba el General, esperando, lo hizo por horas. Esperó incluso cuando las personas empezaron a irse, cuando ya no había comida en su plato, cuando los meseros empezaron a verle con lástima. Esperó hasta que vio que la vela de su mesa se consumió y el hilo de humo subió hasta el techo del finísimo restaurante. Preguntó infinidad de veces si había llamado alguien preguntando por él, pero la respuesta del restaurante era siempre la misma: Nadie le había llamado. Esa noche, su corazón, que apenas había logrado pegar con lágrimas, volvió a romperse.
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Fin capítulo 30