LXIX María, María. Mujer preciosa que iluminaba con sus ojos de césped fresco; de pestañas largas, tupidas en n***o como el color de sus largos y rizados cabellos. No había otra manera de describirla, de ponerla en los labios de otra persona, si no era a través de adjetivos como «hermosa», «preciosa», «diosa». La señorita entró a estudiar en medio de tiempos turbulentos, con pocas oportunidades. Era amante del arte y la literatura y esperaba convertirse en escritora, o en maestra de redacción y narración, no esperaba otra cosa más que ver libros suyos en los anaqueles; tenía muchas historias por contar -y como casi siempre sucedía con los que soñaban- pocas personas que quisieran escucharla. Aun así, se esforzaba por aprender, por enseñar, por practicar. María también tenía corazón, uno

