LXX El otro corazón, el de María, murió cuando supo la noticia. Estaba en el hospital, fue la verdad una de las muy pocas personas lastimadas, aquel golpe al parecer obedeció más al actuar de ebrios, que de otra cosa. Marco supo en ese momento de la pérdida del bebé y lloró amargamente junto a la cama de Manini, quien ya no sentía nada. No esbozó una lágrima, no hubo un lamento de su boca por su pérdida. Marco y la dama de cabellos rojos lloraron junto a su cama, lo que no sabían, era que lloraban por dos almas muertas. Manini, Manini. Por supuesto, ya nunca volvió a ser la misma. Dijo a los cuatro vientos que ella no prestaría su vientre jamás para un hijo, que eso era una pérdida de tiempo y vida. Marco no podía siquiera imaginar que pasaba por la mente de su hermosa y perfecta amada,

