LXXIV No tuvieron que esperar mucho. La puerta del café se abrió, y seguido de un hombre que parecía ser su guardaespaldas, entró el General. Despacio, midiendo sus pasos, dejando pétalos de tristeza en su camino. Su mirada, tan azul, tan hermosa, siempre estaba triste. Jack levantó la vista y era demasiado obvio que se trataba del padre de Greco. Eran idénticos, solo que el hombre entrado en años no tenía la fiereza en la mirada que sí tenía su hijo. Había tanto sufrimiento en su humanidad, que el profesor se conmovió del viejo. —Muchacho, gracias por esperarme. Sé que pronto debes volver con mi hijo. No te quitaré mucho tiempo —habló dirigiéndose a Dan. —Señor, usted no me dijo la verdad. Dan vio como Fito y Jack se iban hacia otra mesa, para que ellos dos charlaran con más tranquil

