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"Las hijas del silencio" Una verdad enterrada. Dos vidas separadas. Una justicia inevitable.

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Descripción

La noche en Arkania siempre caía con elegancia, como si la ciudad quisiera ocultar sus secretos bajo una capa de luces doradas y silencios convenientes. Desde las avenidas principales hasta los barrios más olvidados, todo parecía moverse con normalidad. Pero en las sombras, donde el poder compraba verdades y el miedo sellaba bocas, las historias nunca terminaban… solo esperaban el momento exacto para salir a la luz.—¿Estás segura de que quieres abrir ese archivo? —preguntó Gabriel en voz baja, sin apartar los ojos de Elena.Ella sostuvo la carpeta con firmeza. Sus manos no temblaban, pero su respiración sí.—No he llegado hasta aquí para darme la vuelta ahora.La luz de la oficina de la Fiscalía caía directamente sobre el expediente clasificado. Un nombre escrito a mano en la esquina parecía arder sobre el papel: Villalba.Ese apellido no era solo un caso. Era su pasado. Su herida. Su enemigo.Pero Elena no siempre fue la fiscal implacable que ahora enfrentaba a una de las familias más poderosas de Arkania. Hubo un tiempo en que fue solo una niña obligada a callar. Hubo un tiempo en que el poder de los Villalba decidió su destino antes de que ella pudiera defenderse.Y hubo una noche —una sola noche— en la que todo comenzó.—No digas nada, Natalia… por favor —susurró la joven Elena, con los ojos llenos de un dolor que no le pertenecía a su edad.Doña Natalia sintió que el mundo se detenía. Porque ese mismo ruego lo había escuchado años atrás, en otra voz pequeña, en otra niña que también había sido silenciada.En la casa Villalba, el tiempo no curaba nada. Solo enterraba.Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, dos vidas crecían sin saber que compartían la misma historia. Aurora, rodeada de privilegios, crecía creyendo que el mundo era seguro. Lía, en cambio, aprendía a sobrevivir entre hogares de paso, trabajos improvisados y miradas que la seguían más de lo normal.Dos vidas opuestas.Dos destinos separados.Una misma verdad escondida.Y en el centro de todo, como una telaraña invisible, el poder de los Villalba continuaba intacto. Dinero, influencias, jueces comprados, expedientes perdidos, médicos silenciados. Durante décadas, nadie había logrado tocarlos.Hasta ahora.—Tomás —dijo Alonso una noche, con la voz tensa—. La fiscal está demasiado cerca.Tomás Villalba no respondió de inmediato. Se limitó a observar las cámaras de seguridad de su mansión, donde cada pasillo, cada puerta y cada rostro estaban bajo su control.Finalmente sonrió.—Entonces es hora de recordarle quién manda en esta ciudad.Pero lo que Tomás no sabía era que la guerra ya había comenzado mucho antes.Elena no estaba sola.Gabriel, su esposo, guardaba secretos propios. Durante años había vivido entre dos mundos, esperando el momento exacto para derribar el imperio que había destruido tantas vidas. El FBI y el Ministerio Público llevaban tiempo siguiendo el rastro de los Villalba.Solo faltaba un error.Uno solo.Porque cuando el pasado empieza a hablar, las mentiras dejan de sostenerse.Y los secretos, por más dinero que los proteja, siempre encuentran la forma de salir a la superficie.Esa noche, mientras Elena cerraba el expediente y miraba por la ventana de su oficina, no sabía que su investigación no solo la llevaría hasta su tío.La llevaría hasta una verdad más grande.Más oscura.Y más peligrosa de lo que jamás imaginó.Porque en Arkania, algunas familias no solo tienen poder.Tienen historia.Y esta historia… está a punto de romperse.

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Capitulo 1: “Lo que se esconde bajo la sangre”
Elena Villalba nació un martes de invierno, cuando las campanas de Ciudad Alta repicaban anunciando una misa extraordinaria por la paz. Su madre decía que eso era señal de que traería bendiciones, pero su padre siempre respondía que las bendiciones se ganan, no se esperan. La casona de los Villalba estaba en la parte más antigua de Arkania, rodeada de jardines impecables y ventanales altos que parecían vigilar cada movimiento de quienes vivían dentro. Allí, todo funcionaba bajo reglas firmes: las niñas se sientan derechas, las emociones no se exhiben, las lágrimas se guardan para cuando nadie mire. Desde pequeña, Elena supo que su mundo era una jaula hermosa y fría. Su único refugio era un pequeño rincón del patio donde crecían jazmines; allí se escondía para soñar con una vida distinta, donde nadie la mandara callar por sentir demasiado. Su padre, Alonso Villalba, era un hombre de decisiones rápidas y afectos lentos. Siempre olía a tabaco fino y al perfume de madera que usaba para las reuniones importantes. Su voz pesada llenaba las habitaciones antes que él, y donde pasaba, el silencio se acomodaba obediente. Su madre, Rosa Villalba, en cambio, tenía una belleza elegante que parecía hecha para revistas, pero detrás del maquillaje había una mujer obsesionada con la opinión ajena. “Aquí vivimos para ser ejemplo”, repetía, como si la vida fuera un teatro eterno. Y claro, en ese teatro, Elena era la actriz que nunca aprendía bien su papel. Su hermano mayor, Emilio, era el modelo perfecto: brillante en la escuela, buen deportista, obediente hasta la médula. A Elena, en cambio, la llamaban “distraída”, “rebelde”, “demasiado sensible”. Eran etiquetas que pesaban más que los libros que devoraba en su habitación. A los once años, Elena descubrió que el mundo podía ser injusto con quienes preguntaban demasiado. Amaba leer, especialmente historias donde las niñas escapaban a países mágicos. Cuando compartió un cuento inventado con su madre, Rosa clavó su mirada fría en ella: —No me vengas con fantasías, Elena. Las niñas de bien no pierden el tiempo soñando.— A partir de ese día, Elena dejó de mostrar sus cuadernos. Escribía a escondidas, bajo las sábanas, alumbrada por una linterna que le hacía arder los ojos. En Arkania se decía un refrán: “Lo que el corazón calla, la pluma lo grita.” Y en aquellas páginas, Elena gritaba en silencio. Gritaba por atención, por amor, por libertad. Gritaba por ser vista más allá de los errores que le asignaban. Pero en la casona Villalba, los gritos sin sonido no tenían derecho a existir. El tío Tomás, hermano mayor de su padre, visitaba la casona con frecuencia. Traía regalos para Emilio y chistes que hacía reír a todos en la mesa menos a ella. Él la miraba demasiado, con unos ojos que parecían saber cosas que nadie debía saber. Cuando se acercaba, Elena sentía un escalofrío que no comprendía. Su madre solo decía: —Es un hombre generoso, dale un beso en la mejilla como corresponde.— Elena obedecía, pero cada beso le dejaba un sabor metálico a peligro. Tomás elogió su sonrisa una vez, y otra, y otra, como si quisiera memorizarla. A sus padres les encantaba la atención que él les daba. “Un Villalba siempre protege a otro Villalba”, decía Alonso orgulloso. Pero Elena empezaba a intuir que no toda protección es sinónimo de seguridad. La primera vez que Tomás le puso una mano en la espalda, fingiendo ayudarla a recoger algo del suelo, Elena se quedó helada. Nadie lo vio. Nadie sospechó. Nadie preguntó. Las noches empezaron a volverse inquietas; despertaba sobresaltada, como si alguien estuviera sentado en la oscuridad observándola. Pero cuando intentó hablar con su madre, Rosa chasqueó la lengua. —Deja de buscar problemas donde no los hay, niña. Siempre tan exagerada.— Así aprendió que en su casa, el miedo no era argumento. Que si algo estaba mal, el error siempre sería ella. Ciudad Alta era un lugar donde los secretos se escondían detrás de cortinas pesadas y fachadas impecables. Allí todos sabían que la verdad se maquillaba antes de salir a la calle. Elena veía a las demás familias pasear tomadas del brazo, y se preguntaba por qué en la suya nadie tocaba el otro más allá de la formalidad. “El cariño se expresa con logros, no con abrazos”, decía Alonso. Entonces ella decidió que un día sería alguien tan grande que nadie podría ignorar su existencia. Era un pensamiento infantil, pero fue la primera chispa de una fuerza que con el tiempo se haría inquebrantable. Los domingos en la iglesia eran una puesta en escena. Rosa lucía impecable, Alonso conversaba con el sacerdote, Emilio saludaba a todos con el porte de un joven destinado al éxito. Elena, sentada en la banca, oía las palabras sobre amor y compasión mientras su madre le clavaba los dedos en el brazo si se movía un centímetro fuera de lo que consideraba apropiado. La contradicción se instalaba en su mente como una espina: ¿cómo podía hablarse tanto de amor en un lugar donde ella no lo sentía? Así creció, entendiendo que la hipocresía no solo era tolerada… era tradición. Cuando cumplió doce años, algo cambió en su cuerpo y en la forma en que la miraban. Rosa le enseñó a caminar sin hacer ruido, a sonreír sin mostrar los dientes, a callar las opiniones que podían “desentonar con la elegancia”. Pero Elena encontraba refugio en cosas pequeñas: el aroma del jazmín en las tardes, una canción popular que escuchaba en secreto por la radio, el crujido de las hojas al pisarlas en otoño. La inocencia seguía siendo su armadura. Todavía creía que el mal solo existía en los cuentos de brujas. Una noche, Rosa y Emilio salieron a un evento social. Elena como era costumbre se quedó en casa, pues prefería estar en la casa, a estar en un grupo social, con el que sentía que no encajaba, a pesar de ser una Villarba legítima. Alonso por su parte, estaba en viaje de negocios. Tomás llegó “para acompañar a la sobrina querida”. Elena abrió la puerta con fastidio, pero él forzó una sonrisa de complicidad. —hola, ¿me permites pasar? Mira que afuera hace un frío de los mil diablos.— Elena dudó. Algo en su interior le gritaba que dijera no. Pero en esa casa, negarse a un adulto era pecado. Así que se hizo a un lado, tragándose aquel mal presentimiento que le quemaba en la garganta. Tomás pidió un vaso de agua. Elena fue a la cocina. Cuando regresó, él estaba en su habitación, hurgando en su cuaderno de dibujos. —Tienes talento, nena —susurró, con esa voz que parecía arrastrar veneno. Ella quiso arrebatárselo, pero él la sujetó del brazo con fuerza. —No te hagas la arisca. Un Villalba debe aprender a obedecer. Más si quiere que la familia la quiera.— El pulso de Elena se desbocó. El silencio en la casona era tan grande que parecía tragarse su respiración. Y entonces… comenzó el infierno.

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