Capitulo 1.
Romina.
El conglomerado frente a mi, se alzaba como una inmensidad, demostrando poder y riqueza.
Eran dos años ya, trabajando para ellos.
Para Ethan Miller, un hombre prepotente, altanero y arrogante, un mujeriego de primera, cogiendo con cuánta cosa tenga una v****a entre las piernas.
Era el hombre más rico en Londres, un empresario, millonario de 28 años, codiciado por las mujeres, un hombre que no sabía lo que era tener una relación formal.
Y del cual, llevaba un año enamorada.
Mis tacones repiqueteaban contra el mármol, mi falda de tubo ajustada color n***o, junto a la lcamisa color lila y mi saco, complementaban el uniforme, junto a una pañoleta color malva y blanco mezclados dándole un efecto marmoleado sujetada a mi cuello.
Saludo a mis compañeros al subir al ascensor.
Las puertas se abren en el último piso, en la planta presidencial, dónde se encuentra mi escritorio.
Por qué si.
Soy su asistente, su mano derecha, conozco a ese hombre más que su familia, se lo que le gusta y lo que no, se que mujeres le gustan y cuales no.
Y se también, que yo no soy su tipo.
Me acomodo en mi lugar, dejando mi bolso en el suelo, encendiendo la computadora y sacando mi tableta que tiene la agenda del día.
El elevador se vuelve a abrir, dejando ver al señor Miller.
Ethan, con su traje azul marino hecho a la medida, su ceño fruncido y la mandíbula marcada, su cabello rubio oscuro, sus espesa pestañas enmarcando sus ojos verdes, sus labios carnosos y rosados, antojando a cualquiera.
Sus ojos se encuentran con mis ojos grises, regalándome una sonrisa coqueta.
Ruedo los ojos, porque siempre hace lo mismo.
—Buenos días Romi — soltó en tono cantarin, y sentándose en el borde de mi escritorio.
—Señor Miller, buenos dias— sonreí falsamente.
Así era él, fresco y arrogante, haciendo a todas caer por él, incluida yo.
Estaba tan colada por él, pero mi orgullo y mi amor propio, no me permitían arrastrarme como todas las que se tiraba.
Ethan nunca me trataba de manera formal, solamente al principio, cuando llegue aquí.
Era muy reservado, cortante y frío.
En algún punto se dio cuenta de que yo era realmente eficiente y acataba sus órdenes al pie de la letra, dándole perfectos resultados e incluso mejorando sus órdenes.
Nuestra relación sobrepasó lo profesional, forjando una amistad leal y llena de confianza.
—Hoy te ves radiante ¿Follaste?— pregunto burlón.
Lo mire alzando la ceja.
—Eso no le incumbe, señor Miller — desde que comenzó a tenerme confianza, me pidió que lo llamara Ethan, pero me negaba a cruzar esa línea.
—Ya te dije que me llames Ethan, joder — me regaño, levantándose de mi escritorio.
Dando por iniciado el día.
Me levanté para seguirlo al interior.
—¿Que tenemos hoy?— habló mientras entraba a su oficina, sacando la silla de su lugar y sentándose.
Junto a mi tablet, me acercó a él, mi cabello rubio cae suelto en mi espalda.
—Tiene una reunión con los Soto, sobre los hoteles de las Bahamas y los de Los Ángeles, también, una reunión con Peterson y una cita por la noche con la señorita Smith — termine, por decirle lo que tenía el día de hoy.
Ethan me miraba con la mano en su boca y su dedo índice repasando sus labios, mirando el escritorio, pensando.
—Smith...— habló frunciendo el ceño.
Rode los ojos, sabía que no la recordaría.
—La pelirroja, la de hace dos dias— lo mire alzando la ceja.
Frunció los labios sin entender aún.
—A veces me preguntó si finge o no— arrugue las cejas.
Ethan soltó una carcajada ronca, muy varonil.
Apreté las piernas, por qué sentí vibrar hasta el alma.
Mis ojos se encontraron con los suyos, pero los aparte de prisa.
No lo podía seguir negando, me había enamorado de mi jefe.
Carraspeo y me levanto.
—Si necesita algo más, llámeme — le sonreí.
Él asintió y salí de esa oficina, recostandome sobre la madera de la puerta.
No podía seguir así.
Con un suspiro frustrado, me deje caer en mi silla, tomándome el tabique de la nariz, cerrando los ojos frustrada.
Es una maldita tortura, ver desfilar a diferentes mujeres, y tener claro que yo no entraba en su tipo.
Castañas, pelirrojas, pelinegras, cobrizas, todas menos rubias.
Estaba más que claro, simplemente yo no entraba.
Tampoco era que me fuera a teñir el cabello solo para gustarle, cualquiera que nos escuchará hablar con tanta confianza, diría que estábamos en una especie de relación meramente s****l.
Comencé a ordenar los siguientes días, haciendo llamadas y confirmando reuniones, también contestando el teléfono y concretando nuevas asociaciones.
El interfón, sonó y la voz de Ethan inundó el silencio.
—Romi, cancela la reunión con Peterson, no quiero verlo, es un idiota, agéndalo para el próximo mes, es más, el próximo año — bufé.
—De acuerdo, señor Miller — escuché un gruñido de su parte.
—Que me digas Ethan, carajo— soltó molesto y cortando la línea.
Solté una risa suave, odiaba que no lo llamara Ethan, me moría de ganas por hacerlo, pero no me quería encariñar más, por qué el golpe sería peor.
Continúe con mi tarea diaria, llegada la hora, tome mi tableta y me adentre a la oficina.
Nunca tocaba, eso era algo que me permitía, él decía que lo que yo tuviera que decir siempre sería más importante que cualquier cosa que hiciera aquí dentro.
Incluso si estuviera follando.
—Ya es hora de la reunión con los Soto— Ethan asintió, tomando su celular y acercándose a mi con una sonrisa, esa maldita sonrisa que me emboba, a cualquiera de hecho.
Rodeo mis hombros, como siempre lo hacía, sonriéndome coqueto.
—No debió de estar buena esa follada, Romi, traes cara de amargada ahora— sonreí de lado, apenas perceptible.
—Se sorprendería, señor Miller— y con eso borro por completo su sonrisa.
—Te odio, en serio ¿Piensas llamarme Ethan algún día?— preguntó.
—Cuando usted deje de ser un promiscuo, tal vez lo considere— sonreí irónica, inclinado mi cabeza un poco.
Él, entrecerró los ojos y me apunto con el dedo.
—Puedo despedirte— me encogí de hombros.
Siempre decía lo mismo.
—Hagalo, a las dos hora me llamara rogando por qué vuelva— sonreí cínica.
Ethan me miró, y sonrió en grande.
—Por esa razón no lo hago, eres esencial en mi vida, Romi, no te cambiaría por nada— solté una risa.
Desearía que fuera de otra manera.
—Pero de verdad, si no me llamas Ethan, estoy seguro de que me lo voy a replantear— sonrió de la misma manera.
Rode los ojos, divertida.
Amaba mi trabajo, además de la jugosa paga que me servía para el tratamiento de mi madre y poder pagar la niñera de Liam.
Entramos a la sala de juntas, mirando a los tres hombres trajeados, Remmy Soto, Julian Soto y su hijo Luis Soto.
Abuelo, padre e hijo.
Asociaciados de Miller & Russell.
—Buenos días señores — saludo Ethan, me acerque a su lado dejando en sus manos los documentos que me habían entregado los Soto.
—Ahi tienes los balances y las nuevas ofertas de publicidad, se vienen los días de vacaciones y obtendremos buenos ingresos— Ethan asintió observando las propuestas y los esquemas que le aseguraban jugosos ingresos.
Ethan volteo a verme, lanzándome esa mirada que entendía perfectamente.
¿Que piensas?
Mire los balances una vez más y mire a los hombres frente a mi.
—¿Cómo llegaron a esa conclusión?— pregunté.
Ellos fruncieron el ceño al verme inmiscuida en sus asuntos, yo, una simple asistente.
Para Ethan yo era más que su asistente.
Era su mano derecha, la encargada de que no le vieran la cara de estúpido, su escudo y su confidente.
Era más que una simple mujer en su vida, y él siempre me lo decía.
—Tu eres mi fuerza, sin ti, todo dejaría de funcionar—
Claramente, se refería a mi eficiencia, no había más.
Ni segundas intenciones, nada.
Solo un amor no correspondido.
Que jodido.