Sangrados

1872 Palabras
—¿Cómo que no lo sabes? —Tengo la mente dispersa y no puedo recordar todo. ¡Así que no lo sé, ¿vale? —Vale, vale, cálmate. ¿Por qué no volvemos a mi casa? No me gusta que estés sola ahora mismo. Puedes quedarte conmigo unos días, ¿vale?—. Asentí con la cabeza. Era cierto. Desde la noche anterior, mi mente era un caos. Fragmentos de recuerdos flotaban en mi cerebro y no conseguía encajarlos. En cambio, yacían en pedazos, cada uno con el reflejo de su rostro. Comía lentamente, sollozando mientras miraba la televisión que, afortunadamente, Franco tenía en su habitación. Podía oír su suspiro y sentir su mirada. —¿Hay algo que pueda hacer? ¿Quieres hablar de ello?—. Sin dudarlo, negué con la cabeza. No quería revivirlo todo, solo quería apartarlo de mi mente y no volver a pensar en ello. Simplemente olvidar. Me parecía la mejor opción. No tendría que lidiar con las repercusiones, sino seguir con mi día sin el repugnante recuerdo de su piel sobre la mía. —¿Puedo... al menos llamar a un médico para que te examine? Cojeabas cuando te vi. —No quiero salir... —Pueden venir aquí. Puedo conseguir que venga una doctora para que te examine. ¿Te parece bien? Dudé. ¿Sería capaz de ver lo que él me había hecho? ¿Cómo me había destrozado? ¿Se lo diría a él? —Todo quedaría entre tú y ella—, respondió su voz a mis pensamientos ansiosos, tratando de convencerme con delicadeza. Sé que solo estaba velando por mí. Asentí con la cabeza. Se levantó de la cama, dejándome sola para darme la vuelta y dejar que mis pensamientos tomaran el control sin él allí para calmarlos. Por supuesto, sabía que no podía depender solo de él, pero el hecho de que estuviera allí hacía que las cosas fueran un poco mejores. No estaba sola. Dobló la esquina y sacó su teléfono, seguramente para que yo no pudiera oírlo. Esperaba no tener que lidiar con el médico ese día. Aunque sabía que sería lo mejor, dado que el dolor seguía ahí, no quería hablar con nadie más que con Franco. Pero ni siquiera con Franco me apetecía hablar mucho, por lo que le agradezco que no haya insistido demasiado en el tema. —Ya viene. Llegará en unos diez minutos. Entrará aquí, los dejaré solos a menos que quieras que me quede. —¿Puedes quedarte?—. A pesar del riesgo de que él lo viera todo... solo quería estar con alguien conocido. Afortunadamente, asintió con la cabeza. Los diez minutos pasaron más rápido de lo que me hubiera gustado y pronto Franco me presentó a una mujer bastante alta con una coleta tirante que se movía con cada movimiento. —Penélope, estas son Joanna y su enfermera, Kim. —Hola, Penélope. Solo vamos a comprobar algunas cosas, ¿te parece bien?—. Asentí con la cabeza. —Bien, lo que vamos a hacer es que te desvistes y te pongas esta bata—, dijo Kim mientras colocaba la bata azul y blanca en el extremo de la cama. —Franco puede salir unos minutos si quieres, para que podamos hablar y hacerte un examen. Veo que llevas algo de maquillaje, si puedes quitártelo si te tapa algo. No era su primera vez, desde luego. Miré nerviosa a Franco, que me observaba con profunda preocupación. Me dio una palmadita reconfortante en la mano, entendió el mensaje y salió de la habitación. A continuación, me volví hacia Joanna, que solo sonrió con su portapapeles en la mano y una maleta llena de suministros a sus pies. Kim señaló el baño. No me gustaban esas batas; lo abiertas que eran por la espalda y lo incómodas que resultaban. Sé que facilitan el acceso al médico, pero sigo encontrándolas tan innecesarias como cuando era niña. Franco había colocado una pequeña caja con mis artículos de aseo en un estante de su baño, así que saqué mis toallitas desmaquillantes y empecé a limpiarme el cuello, la clavícula y la cara. Franco vería todas sus marcas en mí. Yo podía ver todas sus marcas en mí y lo odiaba. Todo seguía siendo muy vívido, incluso peor. Todas las marcas rojas se habían convertido en moradas y azules oscuras. Desde las huellas de los dedos en mis mejillas y mandíbula hasta los moretones que rodeaban mi garganta y brazos. Tobillos y muslos, hombros. Tenía un aspecto horrible. —Señorita Penélope, ¿está bien?—, se oyó llamar a la puerta. Me limpié la cara y salí del baño, que parecía ocultarme de lo que me esperaba. Temía la conversación que se avecinaba. Las dos mujeres me esperaban fuera de la puerta y, al verme, parecieron asimilarlo todo, lo que me hizo querer esconderme. —Siéntate, querida—, Joanna señaló la cama frente a ella, en la que me senté al final. —Primero, unas preguntas rutinarias. ¿Apellido?. —Cruz. —¿Fecha de nacimiento? —5 de diciembre de 1999. —¿Tu estatura? —1,55 m. —¿Peso? —No lo sé... ¿quizás 54 kg?—. Ella asintió con la cabeza y anotó cada respuesta en su bloc de notas. —¿Es alérgica a algún tipo de medicamento? —Solo a la penicilina—. Ella volvió a asentir con la cabeza. —¿A la amoxicilina también?—. Murmuré un breve “sí” —Supongo que no ha tenido ninguna operación. ¿Antecedentes médicos?—. Negué con la cabeza y esperé a que terminara de tomar notas. —Bien, Penélope...—. Hizo una pausa, miró cada marca y suspiró. —Franco fue bastante impreciso sobre lo que estaba pasando. Pero dio a entender que se trataba de algo parecido a una agresión sexual... ¿Te importaría contarme qué está pasando? ¿Te duele algo? Me mordí el labio con suavidad y aparté la mirada. ¿Agresión s****l? ¿Era eso? Era. Se siente... peor. —Si quieres, puedo invitar a Franco a volver para que te sientas más cómoda—. Asentí inmediatamente y ella miró a Kim. —No tienes que contarme lo que pasó, no es asunto mío, pero a veces ayuda a entender un poco mejor las cosas. Solo necesito saber qué está afectando a tu salud física. Por ejemplo, para empezar... ¿esa marca de mordisco en el hombro? Tiene muy mala pinta—. La puerta se abrió de nuevo y Franco entró con cierta vacilación al mirarme. Noté cómo apretaba la mandíbula y el puño mientras sus ojos recorrían mi cuerpo. —Me duele mucho el hombro últimamente, me duele mucho... y el pecho—, asintió ella, anotándolo rápidamente mientras Franco se acercaba a mí y me cogía la mano. —¿Te importa si lo examino?—. Asentí. Joanna se acercó a mí mientras Kim ocupaba su lugar detrás de la carpeta. En ese momento, se había puesto unos guantes. —¿Puedes bajar un poco más la parte del hombro?—. Le quité la mano a Franco, desabroché el hombro y lo dejé caer más para que pudiera verlo mejor. Palpó la zona inflamada, tirando de parte de la piel y haciéndome hacer una mueca de dolor. —Parece que hay un poco de eritema, que es simplemente que la piel de la herida está enrojecida. Es un signo de infección, junto con la hinchazón y el calor de la piel. Voy a recomendarle un antibiótico que puede curarlo. Como es alérgica a la penicilina, le recetaré clindamicina. Si no funciona y empieza a tener fiebre o a sentirse mal, llámeme inmediatamente. No espere. —No necesitará un injerto de piel ni nada por el estilo, ¿verdad? —No parece tan grave como podría ser, pero hay que vigilarlo. Este antibiótico debería ayudar mucho y curarlo—, Joanna me abrochó la manga, tirando de ella hacia atrás y mirándome con simpatía. —¿Has dicho que en el pecho?—. Miré a Franco con vergüenza, pero asentí con la cabeza. —Puedo apartar la mirada o marcharme—, se ofreció, pero yo solo negué con la cabeza. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que veía parte de mi cuerpo. Joanna me ayudó a bajar un poco más el vestido por el mismo lado hasta llegar al costado de mi pecho. Había unos feos moretones junto a la mordedura, que parecía sangrante, e incluso un poco de sangre seca alrededor. No pude evitar que mi labio temblara cuando lo miré, y tuve que girar la cabeza y contener ese último vestigio de reserva que aún conservaba con uñas y dientes. Franco me apretó la mano cuando apoyé la cabeza en su hombro y me dio un beso en la cabeza mientras ella examinaba la mordedura. Empujó un poco la piel y tocó alrededor de la zona sensible. —Parece un poco peor que la de tu hombro—, suspiró, —pero los medicamentos que te voy a recetar deberían solucionarlo. —¿Hay algo más de lo que te gustaría hablar? No pude evitar apretar la bata que cubría suavemente mis piernas. Todavía me dolía. Sentarme, tumbarme, caminar... Era muy doloroso. —¿Quiere que salga?—. Inmediatamente agarré el brazo de Franco con tanta fuerza que incluso él hizo una mueca de dolor. —No, por favor, quédese. —Está bien, está bien, no te preocupes. No me voy a ir—, me acarició suavemente la mejilla, asintiendo con la cabeza y mirando a Joanna. Yo también lo hice. —Mi pelvis y la parte inferior del abdomen... me duelen mucho—. Ella me miró de la misma manera, pensó por un momento, sopesó cuidadosamente sus siguientes palabras y luego miró a Kim. Se miraron y eso me frustró, como si se estuvieran comunicando sin mí. —Penélope... ¿te importaría si te pregunto si eres s3xualmente activa? ¿S3xualmente activa? —Supongo que sí. —La última vez que tuviste relaciones s3xuales—, hizo una pausa, miró su bloc de notas y luego volvió a mirarme, —¿tuviste sangrado? ¿Dolor?—. Solo asentí con la cabeza. —De acuerdo, ¿estarías de acuerdo en que te hiciera un examen v4ginal? Con tus síntomas, podría tratarse de algo grave y, si lo comprobamos todo y nos aseguramos de que todo está bien, será una cosa menos que tachar de nuestra lista. —¿Por qué cree que hay algún problema? —El dolor pélvico suele ir acompañado de los mismos síntomas, además de que usted es s3xualmente activa. Es solo por precaución, podría haber un desgarro o algo más que le esté causando dolor. Sin embargo, la decisión es 100 % suya, solo es para comprobar que todo está bien. Si ella lo recomendaba, sabía que era necesario. Sabía que algo iba mal por lo doloroso que era todo, sinceramente, lo supe en cuanto vi la sangre la primera noche. Así que asentí con la cabeza, apretando con fuerza la mano de Franco.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR