Tu mirada me desnuda

1023 Palabras
Afortunadamente, los siguientes días los tenía libres, ya que me dolían los músculos. Tenía pensado aprovechar esos dos días para relajarme, quizá llamar a algún amigo. Sin embargo, durante esos días, mi mente no podía dejar de pensar en las palabras con las que Franco me había seducido. Estaba muy confundido por qué el jefe de mi jefe me había dado un cheque, sobre todo sin decir nada. ¿Y qué problema podía haber ido a resolver? Ayer estuve allí bastante tiempo y no vi ningún alboroto. Nadie de la lista apareció, no vi ningún problema con los tocamientos, así que ¿para qué podía haber ido allí? De todos modos, la mayoría de esas cosas las manejan nuestros guardias. Por lo general, los detienen y los llevan a otra ala del club que yo nunca he visto. Tampoco he querido ir nunca. Siempre me han dicho que nuestros guardias se encargan de ese tipo de cosas, así que ¿qué tenían que hacer los hermanos? Por mucho que lo pensara, nunca encontraba una respuesta. Tenía tantas preguntas que nadie podía resolver, y Franco se negaba a contármelo por alguna razón. Tampoco quería molestar a las otras chicas con eso, además de que podía ser que ellas estuvieran en la misma situación que yo. Quizás tampoco lo sabían y decidieron mantenerlo así. Al mismo tiempo, al llevar tanto tiempo allí, estoy segura de que tenían alguna idea al respecto. Quizás era mejor que yo no lo supiera. Me lo repetí una y otra vez, pero siempre volvía a mi mente. Así que decidí que intentaría hablar con Franco cuando llegara el momento y no pensar más en ello hasta entonces. Me ayudó un poco, pude tranquilizarme y relajarme en mis días libres. No nos concedían muchos, y no quería desperdiciarlos pensando en cosas ridículas que no me concernían, aparte del tema del cheque. En esos dos días, las nubes habían bendecido la ciudad con un hermoso manto de nieve. Cubría todo lo que se veía con el ágil revoloteo de los copos. Yo y algunas amigas del trabajo salimos a hacernos la manicura y la pedicura en honor a la llegada de la temporada. También fuimos todas a un spa, nos dimos masajes y, por el momento, pude dejar todo eso atrás hasta que, finalmente, tuve que volver al trabajo. Llegué veinte minutos antes, como de costumbre, y me dirigí directamente a mi vestuario para cambiarme. Por suerte, no tardé mucho, así que después de recoger mi cabello rubio en una coleta alta, salí de la habitación y me encontré con el guardia de siempre esperando. —Buenas tardes, ¿le apetece algo de beber? —No te preocupes, Alex, yo me encargo—, asintió con la cabeza, apartándose para facilitarme el paso y dirigiéndose al bar. Pero en lugar de ver a Franco, veo a otro hombre. —Hola, ¿trabaja Franco hoy?—, le pregunté al hombre desconocido. Sus brillantes ojos verdes recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, pero se detuvieron demasiado tiempo en mi pecho. —No, cariño, hoy tiene libre. ¿Necesitas una copa?—. Tragó saliva con dificultad, su nuez se movió varias veces antes de que una sonrisa pícara lo hiciera parecer más engañoso de lo que parecía. Estaba oculto en lo más profundo de su aspecto. Pómulos marcados, cabello rubio ligeramente rizado y un físico más delgado y musculoso, a diferencia de la mayoría de los chicos de este lugar, que son todo músculos. —Solo vino, por favor—. Con un breve movimiento de cabeza, se dio la vuelta y vi un tatuaje llamativo en la nuca. Era una serpiente envuelta en rosas, todo en blanco y n***o excepto las rosas, que tenían contornos rojos vivos sobre fondo n***o. El tatuaje era popular entre los guardias que había visto, e incluso lo había visto en Franco. Quizás era algo típico de los hombres de este lugar. Una especie de escudo. —Toma—, me pasó la copa con cuidado para no derramarla ni romperla accidentalmente. —Por cierto, me llamo Sebastián. —Penélope— El brillo de sus ojos me producía una sensación incómoda; su lenguaje corporal irradiaba arrogancia y prepotencia, algo que yo detestaba. Despreciaba cómo me miraba. Como si fuera un trozo de carne. * El sábado era nuestro segundo día más concurrido, pero parecía más lleno de lo habitual. El viernes suele ser nuestro día más concurrido, con hombres que vienen del trabajo para celebrar la llegada del fin de semana, pero los sábados también solía haber bastante gente. Pero esto era diferente. Muchos de los hombres que estaban allí viendo a las bailarinas no se parecían a los que solían venir. Estos daban miedo, eran musculosos y desafiaban a cualquiera a acercarse con una simple mirada, mientras que nuestro público habitual se emborrachaba inmediatamente y empezaba a intentar tocar. Estos parecían conocer bien las reglas, pero a mí no me gustaba. Algo iba definitivamente mal. Lo sentía en mis entrañas. Muchos de estos hombres parecían aglomerarse en mi escenario, pero cuando miré a los de seguridad, no parecían importarles, aunque los vigilaban de cerca. Intenté seguir bailando nerviosamente, pero la forma en que me miraban... era extraño, es todo lo que puedo decir. Pero había uno en particular que me revolvió el estómago y me provocó un escalofrío en la espalda. Me sorprendí a mí misma mirándolo de reojo de vez en cuando, ya que parecía ser el que llevaba el control. Ordenaba a los hombres que fueran a diferentes lugares o hicieran diferentes cosas. Estaba de pie como si estuviera listo para degollar a alguien, con un cigarrillo colocado con indiferencia entre dos dedos anillados. Su interior se consumía y se disipaba en el aire. Por lo que supongo, su bebida estaba a su lado, en la barra del bar, en un pequeño vaso de whisky. Me di la vuelta antes de que pudiera mirar en mi dirección. Fuera lo que fuera lo que estaba pasando hoy con todos esos hombres, no quería saberlo. Algo en mi interior me dice que es malo, muy malo.
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