—Dame una copa de vino llena.
—Penélope...—, Franco se rió, apoyándose en la encimera y observando mi mirada de pánico.
—¡Esto es ridículo, yo no he hecho nada! ¿Horacio te ha dicho algo cuando ha venido aquí?
—Lo único que me dijo fue que estuviera atento aquí abajo y que te dijera que subieras a su oficina, lo cual es extraño. Seguro que no pasa nada, normalmente cuando tienes problemas te envían a la trastienda, probablemente solo quiera hablar—, me dedicó una pequeña sonrisa a la que respondí con un ceño fruncido y un gesto indicando que quería una copa. Suspiró, se movió alrededor de la barra, sacó mi botella favorita de vino tinto, llenó parcialmente la copa y me la entregó.
Sí, les estaba tomando el pelo. Lo admito sin reservas, pero fue solo un impulso del momento, nada serio en absoluto. Estoy segura de que lo que quieran hablar no tiene nada que ver con eso. ¡Estoy pensando demasiado!
Sí... pensando demasiado.
Me bebí el vino de un trago y me dirigí a la parte trasera del bar.
—Cariño, deja de estresarte, relájate un poco. Todo irá bien, te lo prometo—. Respiré hondo y asentí con la cabeza, aunque no le creía.
Estaba ridículamente nerviosa mientras esperaba frente a la puerta cerrada con una placa dorada que decía “Horacio Simons”
No sabía qué hacer, qué esperar; esta vez sabía que las cosas habían ido demasiado lejos. Pero me dejé llevar por el momento.
¿Por qué soy tan estúpida? ¿Qué ha pasado con lo de mantenerme al margen? No solo me llamaron a la trastienda, sino ahora también a la oficina de Horacio.
Algún día voy a matarme.
Me froté las manos por la cara, pero sin mucha fuerza porque llevaba maquillaje, y luego levanté el puño para llamar suavemente.
Pasaron unos segundos antes de que la voz familiar me invitara a entrar con un gesto dominante.
La puerta crujió al abrirla y vi a Terry de pie a pocos metros de distancia. Tragué saliva, entré y observé su atuendo, que ahora era un cigarrillo entre los dedos cerca de la cadera, y una mirada oscura que descansaba cómodamente en sus ojos, con una sonrisa burlona en los labios.
Horacio estaba cómodamente sentado detrás de su escritorio, recostado con un tobillo sobre la rodilla y el humo del cigarrillo no parecía molestarle en lo más mínimo. No era de extrañar, ya que él mismo fuma, tal y como lo vi hacer el otro día.
Tragué saliva con dificultad y crucé los brazos nerviosamente mientras mis ojos se movían entre los dos.
—¿S-Sí?—. No me importaba lidiar con las formas de Horacio, pero nunca había interactuado con Terry, no sabía cómo manejaba las cosas.
¡Ni siquiera sé qué hice tan mal!
Terry me hizo señas con dos dedos para que me acercara, apagando el cigarrillo en el cenicero que tenía detrás. Con las piernas temblorosas, avancé hasta quedar a solo unos metros de él.
—Es la segunda vez esta semana, Penélope...—, dijo Horacio con una sonrisa burlona.
—Parece que tenemos una pequeña alborotadora, ¿eh?—. Terry me rodeó lentamente, deteniéndose detrás de mí hasta que casi podía sentir su aliento en mi cuello. Me quedé quieta, sin saber si debía hacer algo. ¿Qué se suponía que debía hacer en esta situación?
Horacio salió de detrás de su escritorio y miró a su hermano, que me agarró por la cintura y me empujó hacia él.
Un grito ahogado escapó de mis labios con el rápido movimiento e instintivamente puse mis manos sobre las suyas para mantener el equilibrio.
—¿Qué estás haciendo?—, dije presa del pánico por el contacto repentino, casi tropezando. Pero Horacio estaba allí para asegurarse de que no tropezara, presionando su cuerpo contra el mío.
Con un simple toque, Horacio me levantó la cabeza para ver mis ojos muy abiertos ante la lasciva posición en la que me había colocado de alguna manera, sin saber aún cómo.
Esa sonrisa arrogante volvió a aparecer en sus labios mientras me acariciaba la mandíbula y subía por mi mejilla, con sus ojos plateados derritiéndose y parpadeando hacia mis labios y luego de vuelta a mis ojos.
El suave roce de una mano acariciando mi brazo fue suficiente para hacerme saltar y que mi corazón latiera un poco más fuerte. No podía creer que me hubiera metido en esa situación, atrapada entre dos hombres y sintiendo que no había escapatoria. Pero tal vez no quería escapar, tal vez no quería escapar. No lo sé, mi cabeza daba vueltas.
Horacio chasqueó la lengua, tocándome debajo de la barbilla para levantarme la cabeza y rozándome el cuello con la mano. Podía ver que estaba nerviosa con cada caricia, ambos podían verlo.
Terry me dio un tierno beso en el hombro y subió hasta mi cuello, mientras sus manos bajaban lentamente por mi cintura.
—Esto... esto no está bien, yo... yo...—, mis labios se sellaron al sentir dos pares de labios a cada lado de mi garganta. Horacio estaba cerca de mi mandíbula a mi izquierda, Terry seguía subiendo por el pliegue de mi garganta a mi derecha mientras me dejaba unos chupetones.
—¿Qué hay de malo en ello, cariño?—, susurró Terry. Quería decir algo, objetar y darle una lista de razones, pero cuando lo pensé, ¿por qué estaba mal?
Mi cabeza se echó hacia atrás contra el hombro de Terry mientras él me levantaba la falda por encima de las caderas y tarareaba al sentir mi piel desnuda, sin bragas que me abrazaran las caderas.
—J0der—, susurró, bajando por mi pelvis y acariciando mi piel. —Mírate, exhibiéndote ante todos esos hombres sin bragas... ¿qué creías que iba a pasar?—. Murmuró en mi oído mientras sus labios trabajaban bien en mi cuello. —Alguien iba a agarrar ese bonito cul0 tuyo y f0llártelo... ¿por qué no nosotros?
Gemí y me sonrojé avergonzada, sin saber siquiera por qué, aparte de las palabras vulgares.
La mano áspera de Horacio me acarició la mejilla, acercando mi cabeza hacia él.
—Creo que no terminé lo que empecé la última vez, muñeca—, dijo mientras besaba mis labios y yo agarraba su abrigo con fuerza. Mi mente y mi cuerpo estaban sobrecargados, sin saber qué hacer. Estaba muy nerviosa; ¿estaba bien devolverle el beso? Por muy bien que me sintiera.
Pero, ¿qué podía pasar por soltarme un poco? Siempre me contengo cuando se trata de hombres, lo hice con Horacio el otro día porque tenía miedo.
Mi mano se aventuró hasta su hombro y rodeó su cuello, acercándolo a mí solo para sentir su sonrisa contra mis labios. Sus suaves labios se movían sensualmente, pero con pasión, contra los míos, lo que me hizo derretirme cuando su mano rozó mi cintura.
—¡Ah!—. La mano de Terry encontró de repente mi clít0ris, rodeándolo con sus dedos y haciéndome apartarme de nuestro beso. Mis piernas se tensaron alrededor de su mano, mis rodillas se doblaron y los dos hombres se rieron mientras mi cuerpo se relajaba por el inmenso pero sencillo placer.
Gemí de placer cuando su mano me rodeó el cuello y me arrastró hacia atrás hasta que se sentó en el sofá conmigo en su regazo.
—¿Qué te tiene tan mojada, nena?—. Terry me besó debajo de la oreja, tomando tres dedos y frotando mi clít0ris tan rápido que me hizo curvar los dedos de los pies. Arqueé la espalda, gritando lentamente y comenzando a cerrar las piernas hasta que Horacio las volvió a abrir a la fuerza. Ahora me doy cuenta de que se había quitado el abrigo y lo había dejado sobre su escritorio.
Terry apartó la mano de mi clít0ris, acariciándome el estómago y tirando de mi camiseta para dejar al descubierto mis pechos.
—¿No vas a responder?—, siguió burlándose en mi oído, susurrándome cosas sobre lo mojada que estaba por los dos.
—¿Quieres esto?—, susurró Horacio con voz ronca mientras me besaba el muslo y bajaba lentamente.
¿Quería esto?
Sí.
¿Debería hacerlo?
No tenía ni pvta idea, así que solo asentí con la cabeza.
Sus ojos se aventuraron alrededor de mi calor, lamiéndose los labios y separando los labios v4ginales con los dedos.
—Mira este bonito c0ñito... tan rosado e hinchado.
Mi cabeza se echó hacia atrás sobre el hombro de Terry de nuevo mientras él lamía una franja por mi calor. Desde mi entrada hasta mi clít0ris, y sentí como si todo mi interior se apretara.
Para evitar que me retorciera, me rodeó la cintura con un brazo mientras con la otra mano me acariciaba los pechos y me pellizcaba los p3zones. Estos se sonrojaron aún más, con la piel sensible iluminada por los suaves giros que recibía de la mano callosa de Terry.
—Así, nena, lo estás haciendo muy bien—, Horacio hizo bien en mantener mis piernas abiertas, acercándome de vez en cuando mientras su lengua hacía maravillas en mi c0ño, entrando y saliendo de mis labios hinchados antes de provocar mi clít0ris girando a su alrededor. Me estaba volviendo loca hasta el punto de que mis piernas comenzaron a temblar, suplicando sentir ese inmenso placer de sus labios envolviendo mi clít0ris.
Mis caderas se balancearon involuntariamente hacia su boca, gimiendo y gimiendo ante tales sensaciones que recorrían mi cuerpo como olas rompiendo sobre mí. El tintineo de sus anillos era evidente, ya que entonces golpearon individualmente el escritorio cercano cuando se los quitó y ahora probaba con un dedo mi temblorosa entrada.
—Reaccionas muy bien ante dos hombres a los que apenas conoces... lo estabas pidiendo, ¿verdad?—. Gemí cuando dos dedos se introdujeron lentamente, curvándose y haciendo un movimiento en forma de C que me hizo gritar, al mismo tiempo que sus labios se curvaban alrededor de mi clít0ris. —Sabías lo que estabas haciendo... alardeando de tu bonito c0ñito—, se rió Terry en mi oído.
Me penetraron durante no sé cuánto tiempo, pero con la primera embestida, pude sentir cómo se acumulaba en mi estómago.
Mi c0ño se apretaba alrededor de sus dedos con cada latido de excitación, seguido de mis gemidos de éxtasis y felicidad. Empecé a empujar hacia atrás contra él.
Sentía cada caricia de su lengua en mi clít0ris, prestando especial atención a la parte inferior y superior, que parecían ser las más sensibles. De vez en cuando, me daba un pequeño mordisco que hacía que mis caderas se sacudieran y los hombres se rieran de mi falta de control.
Me provocaban diciendo:
—“¿Qué pasa, nena? ¿Es demasiado para ti?” O “Vamos, conejita, sabes que quieres correrte para mí”
—¿No es así, conejita?—. Horacio levantó la cabeza, pero no detuvo sus implacables embestidas. Jadeaba, mirando su mano que entraba y salía rápidamente de mí con un sonido erótico y chorreante. —¿Vas a correrte para nosotros? ¿Eh?—. Asentí rápidamente, solo para que él acelerara y tocara un punto que me hizo correrme en segundos tan fuerte que mis piernas comenzaron a temblar.
Mis caderas continuaron cabalgando a través del éxtasis de mi orgasmo mientras yo no podía hacer nada más que quedarme allí tumbada.