Estoy que ardo

1476 Palabras
—Conejita—, susurró a unos pasos de la puerta, guiándome suavemente contra la pared mientras un rubor se extendía por mis mejillas y yo estiraba el cuello hacia arriba. Su pulgar volvió a rozar mi labio y la herida que tenía en él. —¿Quién te ha hecho esto? —N-Nadie, Horacio. —¿Por qué tienes que mentirme, cariño?—. Acarició mi cuello con la cabeza, su aliento rozó mi mandíbula y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi cuerpo estaba pegado al suyo, y, sinceramente, pensé que tendría miedo. Miedo de sentir su tacto, de sentirlo contra mí, pero en cuanto sus labios rozaron mi piel, me rendí. Mi mano se deslizó por su pecho, sintiendo los músculos bajo mis dedos, y subió por su cabello. —Dime, ¿quién te ha puesto la mano encima a tu precioso rostro?—. Sus labios se presionaron contra la curva de mi mandíbula, sonriendo cuando lo acerqué más a mí y dejé que sus manos se deslizaran alrededor de mi cintura. —Está bien. Estoy bien—, susurré sin aliento mientras él me besaba el cuello. Sus manos alisaron mi falda, pero nunca se metieron debajo, simplemente acariciando mi cintura y mis caderas mientras sus labios acariciaban mi piel de la manera más suave. Él murmuró: —Has cubierto nuestras marcas... No sé si me gusta eso—. Su pulgar acarició mi cuello, un poco áspero para quitar un poco del corrector. Nuestras miradas se cruzaron y las manchas de mis mejillas se intensificaron hasta convertirse en un rojo intenso. —Jod3r—, dijo, y estrelló sus labios contra los míos, tirando de mi cintura para acercarme lo más posible, de modo que nuestros cuerpos quedaran uno encima del otro. Casi le pisaba los pies. Sus manos se deslizaron bajo mi muslo, levantándome y sujetándome contra la pared. Gemí en silencio al sentir un dolor agudo en la pelvis, apreté los ojos y fruncí los labios, decidiendo soportar el dolor en silencio. Con lo musculoso que es, me costó envolver mis piernas alrededor de su cintura hasta que él me empujó más hacia arriba. Crucé los tobillos y lo atraje hacia mí, jadeando cuando sentí su er3cción sobre mí. —Espera, Horacio, yo no... —Lo sé, cariño, lo sé, no te preocupes —me besó de nuevo, profundizando el beso hasta el punto de que tuve que apoyar la cabeza contra la pared—. No voy a hacer nada aquí —sonrió al ver mi estado sonrojado, apoyando mi cabeza en su hombro hasta que lentamente me bajó al suelo. —Vamos, conejita, tengo una reserva para nosotros esta noche. * El trayecto fue llamativo y rápido, su coche era casi tan lujoso como él, con asientos de cuero y un motor que rugía como un trueno. Veía la sonrisa en su rostro cada vez que contenía el aliento ante sus giros bruscos o cuando iba a casi 180 por la autopista. Así que cuando finalmente llegamos al restaurante, no me quejé por salir. Él se rió al ver mis piernas temblorosas, se acercó rápidamente para abrirme la puerta y cogerme de la mano. Al mirar alrededor del aparcamiento, me di cuenta de que no había ni un solo coche a la vista. —¿Estás seguro de que está abierto?—. Lo miré para ver esa maldit4 sonrisa otra vez. —Conozco al dueño—, respondió, —esta noche solo estamos nosotros. Vaya, no pude evitar murmurar entre dientes mientras me llevaba hacia las puertas de cristal que alguien se apresuró a abrirnos. Tenía un aspecto increíble, pero hacía un frío que pelaba. —Señor Simons—, saludó, asintiendo con la cabeza a Horacio mientras me dedicaba una gran sonrisa. Horacio me acercó más a él. —Tenemos su mesa lista, junto con todo lo que pidió. Por favor, por aquí—. Una mujer vestida con un uniforme similar nos indicó el camino, colocándose delante de nosotros y conduciéndonos a una mesa para dos. Dejó dos menús sobre la mesa y se marchó rápidamente. Horacio apartó una silla y me indicó que me sentara, lo cual hice, sin querer apoyar demasiado peso hasta que él me ayudó a sentarme. Sonaba una suave música jazz y vi a los cuatro hombres tocando sus instrumentos no muy lejos. —Vaya… —Ya lo has dicho una vez esta noche, muñeca, quizá pueda hacer que lo repitas—, dijo él arqueando una ceja, y yo capté rápidamente la insinuación mientras mi rostro se encendía como una llama. —No tenías por qué hacer todo esto... es demasiado. —¿No te gusta?—. La camarera nos interrumpió, cogió rápidamente nuestras bebidas y se marchó. —No, no, no es eso, solo estoy sorprendida, eso es todo... nadie había llegado tan lejos antes—. Sonreí suavemente, asimilándolo todo. —Eso es porque no eran yo—, sonrió con arrogancia y, por alguna razón, no pude evitar la risita que brotó en mi interior. —Supongo que es cierto—, respondí, sonriendo y cruzando los brazos mientras temblaba por el frío del restaurante. Me daba más miedo el hecho de no llevar sujetador. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía dolor, esos pensamientos no estaban en mi cabeza y no me sentía avergonzada. Estaba nerviosa por salir con uno de mis jefes, pero fue fácil. No fue incómodo. El coqueteo no me hizo sentir incómoda y no fingí sonrisas y risas. No me bebía la copa para escapar de la tensión o de la incomodidad. No me preocupaba que él fuera a hacerme algo. —¿Tienes frío?—, me preguntó al salir, al ver que me abrazaba a mí misma para protegerme del aire frío del invierno. Asentí con la cabeza. —Toma—, se quitó el abrigo, me giró hacia él y me lo puso sobre los hombros. Me ayudó a meter los brazos en las mangas, que me llegaban más allá de las manos y me cubrían hasta la mitad del muslo. A continuación, me soltó el pelo y me lo echó sobre los hombros mientras me miraba. —Gracias—, murmuré, levantando la vista para encontrarme con su mirada fija en mí. Me sobresalté inesperadamente cuando su mano se acercó a mi mejilla y su pulgar la acarició suavemente. —¿Nerviosa?—, sonrió, inclinándose hacia delante y empujándome contra su coche. Sus labios capturaron los míos brevemente mientras usaba su pulgar para levantarme la barbilla. —N-No—, se rió de mi tartamudeo, inclinándose y besándome de nuevo, pero esta vez durante más tiempo. Sus suaves labios se movieron delicadamente contra los míos, llevando su mano a mi cabello y sujetándome la cabeza. Su otra mano acarició mi cadera antes de aventurarse un poco más abajo, pero deteniéndose. Incliné la cabeza para conseguir un mejor ángulo y luego me incliné hacia él para profundizar nuestro beso, mientras rodeaba su cuello con mis brazos para acercarlo más a mí. Sentí cómo las comisuras de sus labios se levantaban contra los míos antes de que su lengua rozara mi labio inferior. Dudé, pero luego abrí lentamente la boca. Su lengua se encontró con la mía en un frenesí hambriento, bailando con la mía y acercándome lo más posible. Se apoderó de mi boca, acariciando mi lengua donde saboreaba el vino, igual que estoy segura de que él lo saboreaba en mí. Podía sentir sus dedos rozando la piel de mi muslo, justo debajo del dobladillo de mi falda. Lentamente, subió su mano por mi muslo bajo la falda y fue entonces cuando rompí el beso. Quería decir que no, sabiendo muy bien que cualquier cosa que me hiciera me resultaría dolorosa tal y como estaba en ese momento. Pero en lugar de eso, lo único que pude decir fue: —Aquí no... Él se apartó y, mientras yo jadeaba por nuestro beso, él se mostró completamente reservado. —¿Quieres ir a mi casa?—. Esbozó una pequeña sonrisa en sus labios, acariciando mis labios hinchados por el beso. —¿Por qué no nos saltamos el bar y nos vamos a mi casa? ¡No! Me mordí el labio con fuerza para evitar que temblara, negándome a mirarlo. Él no es él. Él no es él. No es él. Ellos no son él. —No tenemos por qué hacer nada que no quieras, conejita—. Me acarició las mejillas con ambas manos. —N-No, no, está bien, suena bien—, no pude evitar decir. No quería que nuestra noche terminara ahí, tener que irme a casa y volver a sumergirme en los recuerdos de esa noche, cuando al menos así podía distraerme un poco más. Solo un poco más.
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