Hermia Mount estaba a punto de ver cómo la ponían de patitas en la calle.
Aquello nunca le había ocurrido antes. Hermia era inteligente y muy concienzuda en su trabajo, y sus jefes siempre la habían tenido por un tesoro, a pesar de su afilada lengua. Pero su jefe actual, Herbert Woodie, iba a decirle que estaba despedida tan pronto como hubiera reunido el valor necesario para hacerlo.
Dos daneses que trabajaban para el MI6 habían sido detenidos en el aeródromo de Kastrup. En este momento se encontraban entre rejas e indudablemente estaban siendo interrogados. Aquello suponía un duro golpe para la red de los Vigilantes Nocturnos. Woodie era un hombre del MI6 de los tiempos de paz, un burócrata que llevaba mucho tiempo en el servicio. Necesitaba alguien a quien culpar de lo ocurrido, y estaba claro que Hermia era una candidata muy apropiada.
Ella entendía aquello. Llevaba una década trabajando para la administración británica, y sabía cómo funcionaba. Si Woodie se veía obligado a aceptar que la responsabilidad de lo ocurrido recaía sobre su departamento, entonces haría cargar con el muerto a la persona de menor antigüedad disponible. De todas maneras su jefe nunca se había sentido cómodo trabajando con una mujer, y le encantaría reemplazarla por un hombre.
Al principio Hermia se había sentido inclinada a ofrecerse a sí misma como víctima sacrificial. No conocía a los dos mecánicos del aeródromo —habían sido reclutados por Poul Kirke—, pero la red de espionaje era creación suya y ella era responsable del destino de los detenidos. Se sentía tan afectada como si ya hubieran muerto, y no quería seguir adelante con todo aquello.
Después de todo, pensó, ¿cuánto había llegado a hacer realmente para contribuir al esfuerzo de guerra? Lo único que estaba haciendo era acumular información que no había sido utilizada jamás. Unos hombres arriesgaban sus vidas para enviarle fotografías del puerto de Copenhague sin que ocurriera gran cosa. Parecía una estupidez.
Pero de hecho Hermia conocía la importancia de aquel laborioso trabajo de rutina. En alguna fecha futura, un avión de reconocimiento fotografiaría el puerto lleno de barcos y los planificadores militares necesitarían saber si aquello representaba el tráfico normal o la súbita concentración de una fuerza invasora, y en ese momento las fotografías de Hermia se volverían cruciales.
Además, la visita de Digby Hoare había conferido una urgencia inmediata a su trabajo. El sistema alemán de detección de aviones podía ser el arma que permitiera ganar la guerra. Cuanto más pensaba Hermia en ello, más probable le parecía que la clave del problema pudiera residir en Dinamarca. La costa oeste danesa parecía la ubicación ideal para una estación de alerta concebida para detectar a los bombarderos que se aproximaran a Alemania.
Y en el MI6 no había nadie que conociera Dinamarca tan de primera mano como Hermia. Conocía personalmente a Poul Kirke y él confiaba en ella. El que un desconocido pasara a ocuparse de su trabajo podía ser desastroso. Hermia tenía que conservar su puesto. Y aquello significaba ser más lista que su jefe.
—Esto son malas noticias —dijo Woodie sentenciosamente mientras ella permanecía de pie delante de su escritorio.
Su despacho era un dormitorio en la vieja mansión de Bletchley Park. Papel de pared floreado y luces murales con pantallas de seda sugerían que antes de la guerra había sido ocupado por una dama. Ahora tenía archivadores en vez de armarios llenos de vestidos y una mesa de acero para mapas donde antes había habido un tocador con esbeltas patas y un espejo de tres lunas. Y en vez de por una hermosa mujer ataviada con una carísima combinación de seda, la habitación estaba ocupada por un hombrecillo muy pagado de sí mismo que llevaba gafas y vestía un traje gris.
Hermia fingió calma.
—Siempre hay peligro cuando un agente es interrogado, claro está —dijo—. No obstante… —Pensó en dos hombres valientes que estaban siendo interrogados y torturados, y por un instante sintió que se le cortaba la respiración. Luego se recuperó—. No obstante, en este caso me parece que el riesgo no es muy grande.
Woodie gruñó escépticamente.
—Quizá tengamos que llevar a cabo una investigación oficial.
Hermia sintió que se le caía el alma a los pies. Aquello significaría un investigador procedente de fuera del departamento. Ese investigador tendría que dar con un chivo expiatorio y ella era la elección obvia. Hermia dio comienzo a la defensa que había preparado.
—Los dos hombres que han sido detenidos no tienen ningún secreto que traicionar —dijo—. Formaban parte del personal de tierra del aeródromo. Uno de los Vigilantes Nocturnos les entregaba periódicos para que los sacaran de contrabando del país, y ellos los escondían dentro de un calce de rueda hueco. —Aun así, Hermia sabía que aquellos hombres podían revelar detalles aparentemente inocentes acerca de cómo habían sido reclutados y utilizados, detalles que un cazador de espías lo bastante astuto podía utilizar para seguir la pista de otros agentes.
—¿Quién les entregaba los periódicos?
—Matthies Hertz, un teniente del ejército. Ha pasado a la clandestinidad. Y los mecánicos no conocen a nadie más en la red.
—Así que nuestras estrictas normas de seguridad han limitado los daños sufridos por la organización.
Hermia supuso que Woodie estaba ensayando una frase que podía pronunciar ante sus superiores, y se obligó a adularlo.
—Exactamente, señor. Esa es una buena manera de expresarlo.
—Pero ¿cómo consiguió llegar la policía danesa hasta su gente tan rápidamente?
Hermia ya había previsto aquella pregunta, y su respuesta estuvo cuidadosamente preparada.
—Creo que el problema radica en el extremo sueco.
—Ah. —El rostro de Woodie se iluminó de alegría. Suecia, siendo un país neutral, no se hallaba bajo su control. Woodie acogería encantado cualquier ocasión de trasladar la culpa a otro departamento—. Tome asiento, señorita Mount.
—Gracias. —Hermia se sintió un poco más animada al ver que Woodie estaba reaccionando tal como ella había esperado que lo hiciera. Cruzó las piernas y siguió hablando—: Creo que el intermediario sueco ha estado pasando ejemplares de los periódicos ilegales al servicio de Reuter en Estocolmo, y eso puede haber alertado a los alemanes. Usted siempre ha aplicado de manera muy estricta la regla de que nuestros agentes deben limitarse a recoger información, y evitar actividades auxiliares como el trabajo de p********a.
Aquello era más adulación: Hermia nunca le había oído decir nada semejante a Woodie, aunque era una regla generalmente aplicada en todo lo que hacía referencia al espionaje.
Sin embargo, su jefe asintió solemnemente.
—Cierto.
—Les recordé su regla a los suecos tan pronto como descubrí lo que estaba ocurriendo, pero me temo que el daño ya estaba hecho.
Woodie adoptó una expresión pensativa. Se sentiría muy feliz si podía afirmar que sus consejos habían sido olvidados. En realidad no le gustaba nada que la gente hiciera lo que él sugería, porque cuando las cosas iban bien se limitaban a atribuirse el mérito. Prefería que hicieran caso omiso de sus consejos y que las cosas fueran mal, porque de esa manera entonces podía decir: «Ya os lo había dicho».
—¿Quiere que le redacte un memorando, mencionando su regla y citando la señal que le envié a la legación sueca? —preguntó Hermia.
—Buena idea.
Aquello era todavía más del agrado de Woodie. No estaría adjudicando la culpa personalmente, sino que se limitaría a citar a una subordinada que de paso le atribuiría el mérito de haber hecho sonar la alarma.
—Entonces necesitaremos una nueva manera de sacar información de Dinamarca. No podemos utilizar la radio para esa clase de material, porque tarda demasiado en emitir.
Woodie no tenía ni idea de cómo organizar una ruta de contrabando alternativa.
—Ah, eso sí que es un problema —dijo con una sombra de pánico en la voz.
—Afortunadamente disponemos de una opción de reserva, utilizando el transbordador de trenes que va de Elsinor en Dinamarca a Helsingborg en Suecia.
Woodie se mostró muy aliviado.
—Espléndido —dijo.
—Quizá debería decir en mi memorando que usted me autorizó a emprender tal acción.
—Perfecto.
Hermia titubeó.
—¿Y… la investigación oficial?
—Sabe, no estoy seguro de que eso vaya a ser necesario. Su memorando debería servir para responder a cualquier pregunta.
Hermia ocultó su alivio. Después de todo no iba a ser despedida. Sabía que hubiese debido dejarlo mientras llevaba ventaja. Pero había otro problema que ardía en deseos de sacar a relucir ante él, y aquella parecía la ocasión ideal.
—Hay una cosa que podríamos hacer y que mejoraría enormemente nuestro nivel de seguridad, señor.
—¿De veras? —La expresión de Woodie decía que si existiese semejante procedimiento ya se le habría ocurrido pensar en él.
—Podríamos utilizar códigos más avanzados.
—¿Qué tienen de malo nuestros poemas y nuestros libros de códigos? Los agentes del MI6 llevan años utilizándolos.
—Me temo que los alemanes pueden haber encontrado la manera de descifrarlos.
—No lo creo, querida —dijo Woodie, sonriendo como si supiera muy bien de qué estaba hablando.
Hermia decidió correr el riesgo de contradecirlo.
—¿Puedo mostrarle a qué me refiero? —preguntó, y luego siguió hablando sin esperar su respuesta—: Eche una mirada a este mensaje en código —dijo, y escribió rápidamente en su cuaderno:
—La letra que aparece más veces es la f —dijo.
—Obviamente.
—La letra que se utiliza con más frecuencia en el idioma inglés es la e, por lo que lo primero que haría un descifrador es dar por sentado que f representa e, lo cual le da esto.
gsEE cEEs jo uiE dbouEEo
—Seguiría pudiendo significar cualquier cosa —dijo Woodie.
—No del todo. ¿Cuántas palabras de cuatro letras hay en inglés que terminen con una doble e?
—Le aseguro que no tengo ni idea.
—Solo unas cuantas palabras de lo más corriente: flee, free, glee, thee y tree. Ahora eche una mirada al segundo grupo.
—Señorita Mount, realmente no dispongo de tiempo para…
—Solo unos segundos más, señor. Hay muchas palabras de cuatro letras con una doble e en el centro. ¿Cuál podría ser la primera letra? No a, ciertamente, pero podría ser b. Así que piense en palabras empezando por bee que podrían venir a continuación de una manera lógica. Flee been no tiene ningún sentido, free bees suena bastante raro, aunque tree bees podría ser…[2]
Woodie la interrumpió.
—¡Cerveza gratis! —dijo triunfalmente.[3]
—Probemos con eso. El siguiente grupo es de dos letras, y no existen muchas palabras de dos letras: an, at, in, if, it, on, of, or y up son las más comunes. El cuarto grupo es una palabra de tres letras que termina con e, de las cuales hay muchas, pero la más común es the.
Woodie estaba empezando a sentirse interesado a pesar de sí mismo.
—Cerveza gratis dentro de algo.
—O en el algo. Y ese algo es una palabra de siete letras con una doble e en ella, lo cual quiere decir que termina con eed, eef, eek, eel, eem, een, eep…
—¡Cerveza gratis en la cantina! —volvió a exclamar Woodie triunfalmente.[4]
—Sí —dijo Hermia. Luego guardó silencio, mirando a Woodie y dejando que las implicaciones de lo que acababa de suceder fueran siendo asimiladas. Pasados unos momentos dijo—: Así de fácil resulta descifrar nuestros códigos, señor. —Consultó su reloj—. Usted ha necesitado tres minutos para hacerlo.
Woodie gruñó.
—Un buen truco de magia para animar las fiestas, señorita Mount, pero le aseguro que los veteranos del MI6 saben más acerca de este tipo de cosas que usted.
Era inútil, pensó Hermia con desesperación. Hoy no habría manera de hacerlo cambiar de parecer acerca de aquella cuestión. Tendría que volver a intentarlo más adelante, así que se obligó a ceder de la manera más elegante posible.
—Muy bien, señor.
—Concéntrese en sus propias responsabilidades. ¿A qué se están dedicando ahora el resto de sus Vigilantes Nocturnos?
—Me disponía a pedirles que mantuvieran los ojos bien abiertos en busca de cualquier indicación de que los alemanes han desarrollado un método de detectar aviones a larga distancia.
—¡Santo Dios, no haga eso!
—¿Por qué no?
—¡Si el enemigo descubre que estamos haciendo esa pregunta, entonces supondrá que disponemos de ese método!
—Pero, señor… ¿Y si el enemigo tiene ese método?
—No lo tiene. Puede estar segura de ello.
—El caballero que vino aquí la semana pasada desde Downing Street no parecía pensar lo mismo.
—Esto debe quedar entre nosotros, señorita Mount. Pero lo cierto es que un comité del MI6 examinó toda la cuestión del radar muy recientemente, y llegó a la conclusión de que transcurrirían dieciocho meses más antes de que el enemigo desarrollara semejante sistema.
Así que se llamaba radar, pensó Hermia. Sonrió.
—Eso es muy tranquilizador —mintió—. Y supongo que usted formó parte del comité, señor.
Woodie asintió.
—De hecho, yo lo presidía.
—Gracias por haberme tranquilizado al respecto. Iré a ocuparme de ese memorando.
—Estupendo.
Hermia salió del despacho. Le dolía la cara de tanto sonreír y estaba agotada por el esfuerzo de inclinarse continuamente ante todo lo que le decía Woodie. Había salvado su trabajo, y se permitió un momento de satisfacción mientras volvía a su despacho. Pero en lo tocante a los códigos había fracasado. Había descubierto el nombre del sistema de detección de aviones a larga distancia, pero estaba claro que Woodie no le permitiría investigar si los alemanes tenían un sistema de esas características en Dinamarca.
Anhelaba hacer algo que tuviera un valor inmediato para el esfuerzo bélico. Todo aquel trabajo de rutina la hacía sentirse impaciente y frustrada, y ver algunos resultados reales habría sido inmensamente satisfactorio. Incluso podía justificar lo que les había ocurrido a aquellos dos pobres mecánicos de aviación en Kastrup.
Hermia podía investigar el radar enemigo sin el permiso de Woodie, claro está. Su jefe podía llegar a descubrirlo, pero ella estaba dispuesta a correr aquel riesgo. Sin embargo, no sabía qué decirles a sus Vigilantes Nocturnos. ¿Qué deberían estar buscando, y dónde? Necesitaba más información antes de que pudiera transmitir sus instrucciones a Poul Kirke. Y Woodie no iba a proporcionársela.
Pero él no era su única esperanza.
Se sentó detrás de su escritorio, descolgó el auricular y dijo:
—Póngame con el número diez de Downing Street, por favor.
Quedó con Digby Hoare en Trafalgar Square. Se puso a esperarlo al pie de la Columna de Nelson, y lo vio cruzar la calzada viniendo desde Whitehall. Hermia sonrió ante la enérgica zancada torcida que ya le parecía característica de él. Se dieron la mano, y luego echaron a andar hacia el Soho.
Era un cálido anochecer de verano y el West End de Londres estaba muy concurrido, con sus aceras llenas de gente que se encaminaba hacia los teatros, los cines, los bares y los restaurantes. Aquella escena de alegre animación sólo se veía enturbiada por los daños de las bombas, la ocasional ruina ennegrecida en una hilera de edificios, resaltando como un diente cariado en una sonrisa.
Hermia había pensado que irían a beber algo en un pub, pero Digby la llevó a un pequeño restaurante francés. Las mesas que había a cada lado de ellos estaban vacías, por lo que podían hablar sin ser oídos.
Digby llevaba el mismo traje gris oscuro, pero aquella noche se había puesto una camisa azul claro que resaltaba el intenso azul de sus ojos. Hermia se sintió complacida de que hubiera decidido llevar su joya favorita, un broche en forma de pantera con ojos de esmeralda.
Estaba impaciente por ir al grano. Se había negado a salir con Digby, y no quería que ahora a él se le metiera en la cabeza la idea de que podía haber cambiado de parecer. Tan pronto como hubieron pedido, dijo:
—Quiero utilizar a mis agentes en Dinamarca para averiguar si los alemanes disponen del radar.
Digby la miró a través de sus ojos entornados.
—La cuestión es más complicada que eso. Ahora ya no cabe duda de que ellos cuentan con el radar, al igual que nosotros. Pero el suyo es más efectivo que el nuestro…, devastadoramente más efectivo.
—Oh. —Hermia se había quedado perpleja—. Woodie me dijo… Da igual, olvídelo.
—Necesitamos descubrir por qué su sistema es tan bueno. O han inventado algo mejor que lo que tenemos nosotros, o se les ha ocurrido una manera más eficiente de utilizarlo… o ambas cosas.
—Muy bien —dijo Hermia, reajustando rápidamente sus ideas a la luz de aquella nueva información—. De todas maneras, parece probable que una parte de esa maquinaria se encuentre en Dinamarca.
—Sería un lugar lógico, y el nombre de código Freya sugiere Escandinavia.
—¿Y qué es lo que está buscando mi gente?
—Una pregunta a la que no es nada fácil responder —dijo Digby frunciendo el ceño—. No sabemos qué aspecto tiene la maquinaria alemana. Y ahí está el problema, ¿verdad?
—Supongo que emite ondas de radio.
—Sí, claro.
—Y presumiblemente la señal recorre una larga distancia, porque de otra manera la advertencia no llegaría lo bastante pronto.
—Sí. El sistema no serviría de nada a menos que la señal recorra un mínimo de, digamos, ochenta kilómetros. Probablemente más.
—¿Podríamos mantenernos a la escucha para captarla?
Él levantó las cejas en un gesto de sorpresa.
—Sí, con un receptor de radio. Una idea muy astuta… No sé por qué a nadie más se le ha ocurrido pensar en ella.
—¿Las señales pueden ser distinguidas de otras transmisiones, como las emisiones normales, las noticias y ese tipo de cosas?
Digby asintió.
—Lo que estarías haciendo sería mantenerte a la escucha de una serie de impulsos que probablemente serían muy rápidos, digamos unos mil por segundo. Lo oirías como una nota musical continua, de manera que sabrías que no era la BBC. Y sería muy distinta de los puntos y rayas del tráfico militar.
—Tú eres ingeniero. ¿Podrías montar un receptor de radio apropiado para captar semejantes señales?
—Tiene que ser portátil, presumiblemente —dijo Digby con expresión pensativa.
—Debería poder caber dentro de una maleta.
—Y funcionar a partir de una batería, de tal manera que pueda ser utilizado en cualquier sitio.
—Sí.
—Podría ser posible. En Welwyn hay un equipo de expertos que hacen esas cosas cada día.
Welwyn era un pueblecito situado entre Bletchley y Londres.
—Coles que estallan, radiotransmisores escondidos en ladrillos y esa clase de cosas. Probablemente podrían montar algo.
Entonces llegó su comida. Hermia había pedido una ensalada de tomate. Venía acompañada por un poco de cebolla trinchada y una ramita de menta, y se preguntó por qué los cocineros británicos no podían producir comida que fuera tan simple y deliciosa como aquella, en vez de sardinas sacadas de una lata y repollo hervido.
—¿Qué te hizo organizar los Vigilantes Nocturnos? —le preguntó Digby.
Hermia no estuvo muy segura de a qué se refería.
—Parecía una buena idea.
—Aun así, no es la clase de idea que se le ocurriría a la mujer joven de la calle, si se me permite decirlo.
Los pensamientos de Hermia volvieron al pasado mientras recordaba cómo había tenido que luchar con otro jefe burocrático, y se preguntó por qué había persistido en ello.
—Quería hacer daño a los nazis donde más les doliera. Hay algo en ellos que encuentro absolutamente aborrecible.
—El fascismo culpa de los problemas a una falsa causa: las personas de otras razas.
—Lo sé, pero no se trata de eso. Son los uniformes, el pavonearse y lucir el tipo, la manera en que aúllan esos horribles discursos. Me ponen enferma.
—¿Cuándo experimentaste todo eso? No hay muchos nazis en Dinamarca.
—Pasé un año en Berlín durante la década de los treinta. Los veía desfilar, saludar, escupirle a la gente y romper las lunas de los tenderos judíos. Recuerdo haber pensado que había que detener a esas personas antes de que echaran a perder el mundo entero. Todavía lo pienso. No hay nada de lo que esté tan segura.
Él sonrió.
—Yo también.
De segundo plato Hermia tomó fricasé de pescado, y una vez más quedó impresionada por lo que un cocinero francés era capaz de hacer con los ingredientes más comunes, a pesar del racionamiento. El plato contenía anguila cortada en filetes, algunos de los caracoles marinos tan queridos por los londinenses y bacalao al que se le había quitado la piel, pero todo estaba fresco y bien sazonado, y Hermia empezó a comer con auténtico deleite.
De vez en cuando se daba cuenta de que Digby la estaba mirando y veía que en su rostro siempre había la misma expresión, una mezcla de adoración y deseo. Aquello la alarmó. Si Digby se enamoraba de ella, ese amor solo podría terminar en problemas y pena. Pero el que un hombre la deseara de una manera tan manifiesta resultaba agradable, aunque también embarazoso. En un momento dado Hermia sintió que se sonrojaba, y se llevó la mano al cuello para ocultar sus rubores.
Volvió deliberadamente sus pensamientos hacia Arne. La primera vez que habló con él, en el bar de un hotel para esquiadores en Noruega, supo que había encontrado lo que faltaba en su vida. «Ahora comprendo por qué nunca he tenido una relación satisfactoria con un hombre —le había escrito a su madre—. Es porque todavía no había conocido a Arne». Y cuando él se le declaró, Hermia había dicho: «Si hubiera sabido que existían hombres como tú, hace años que me habría casado con uno».
Decía sí a todo lo que él le proponía. Normalmente Hermia estaba tan concentrada en salirse con la suya que nunca había sido capaz de compartir un piso con una amiga, pero con Arne perdió toda su fuerza de voluntad. Cada vez que Arne le pedía que saliera con él ella aceptaba; cuando la besaba, ella le devolvía el beso; cuando le acariciaba los pechos por debajo del suéter de esquiadora, ella se limitaba a suspirar con placer; y cuando él llamaba a la puerta de su habitación del hotel a medianoche, ella decía: «No sabes cómo me alegro de que estés aquí».
Pensar en Arne ayudó a enfriar sus sentimientos hacia Digby, y mientras terminaban de cenar Hermia fue dirigiendo la conversación hacia la guerra. Un ejército aliado formado por británicos, tropas de la Commonwealth y fuerzas de la Francia libre había invadido Siria. Solo se trataba de una escaramuza en las fronteras más alejadas, y tanto a ella como a él les costaba mucho atribuir alguna importancia a cómo terminara la operación. El conflicto en Europa era lo único que realmente contaba. Y lo que se estaba librando allí era una guerra de bombarderos.
Cuando salieron del restaurante ya estaba oscuro, pero había luna llena. Fueron en dirección sur hacia la casa de la madre de Hermia en Pimlico, donde iba a pasar la noche. La luna se escondió detrás de una nube cuando estaban cruzando St. James’s Park, y Digby se volvió hacia ella y la besó.
Hermia no pudo evitar admirar la rápida seguridad de sus movimientos. Los labios de Digby estuvieron encima de los suyos antes de que ella pudiera volverse. Digby atrajo su cuerpo hacia el suyo con una robusta mano, y los senos de Hermia quedaron apretados contra su pecho. Sabía que hubiese debido sentirse indignada, mas para su consternación se encontró respondiendo. De pronto se acordó de lo que era sentir el duro cuerpo de un hombre y el calor de su piel, y abrió su boca a la de él en una súbita oleada de deseo.
Estuvieron besándose ávidamente durante un minuto; luego la mano de Digby fue hacia los pechos de Hermia y aquello rompió el hechizo. Ella tenía demasiados años y era demasiado respetable para que le metieran mano en un parque. Hermia puso fin al abrazo.
Se le pasó por la cabeza la idea de llevarlo a casa. Imaginó la apenada desaprobación de Mags y Bets, y la imagen la hizo reír.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Hermia vio que parecía herido. Probablemente imaginaba que la risa de ella tenía algo que ver con su incapacidad. He de recordar lo vulnerable que es a las burlas, pensó. Se apresuró a explicarse.
—Mi madre es una viuda que vive con una solterona de mediana edad —dijo—. Estaba pensando en cómo reaccionarían si les dijera que quería traer a un hombre a casa para pasar la noche con él.
La expresión dolida desapareció del rostro de Digby.
—Me gusta tu manera de pensar —dijo, y trató de volver a besarla. Hermia se sintió tentada, pero pensó en Arne, y se resistió al beso poniendo una mano sobre el pecho de Digby.
—Ya está bien —dijo firmemente—. Acompáñame a casa.
Salieron del parque. La euforia momentánea que se había adueñado de Hermia se disipó, y empezó a sentirse nerviosa y preocupada. ¿Cómo podía gustarle besar a Digby cuando amaba a Arne? Mientras pasaban por delante del Big Ben y la abadía de Westminster, una alarma de ataque aéreo apartó todos aquellos pensamientos de su mente.
—¿Quieres que busquemos un refugio? —le preguntó Digby.
Muchos londinenses ya no se ponían a cubierto durante los ataques aéreos. Hartos de noches en las que no se podía dormir, algunos habían decidido que valía la pena arriesgarse con las bombas. Otros se habían vuelto fatalistas, diciendo que una bomba o llevaba tu número escrito en ella o no lo llevaba, y que no había nada que pudieras hacer en ninguno de los dos casos. Hermia no era capaz de tomárselo tan a la ligera, pero por otra parte tampoco tenía ninguna intención de pasar la noche en un refugio antiaéreo con el amoroso Digby. Hizo girar nerviosamente el anillo de compromiso en su mano izquierda.
—Solo estamos a unos minutos de distancia —replicó—. ¿Te importa si seguimos hasta allí?
—Puede que me vea obligado a pasar la noche en casa de tu madre después de todo.
—Al menos dispondré de una carabina.
Cruzaron Westminster a toda prisa para entrar en Pimlico. Los haces de los reflectores sondeaban las nubes dispersas, y entonces oyeron el siniestro zumbido de los aviones pesados, como una gran bestia gruñendo hambrienta desde las profundidades de su garganta. Un cañón de la defensa contra aviones retumbó en alguna parte, y los proyectiles antiaéreos estallaron en el cielo como fuegos de artificio. Hermia se preguntó si su madre estaría conduciendo su ambulancia aquella noche.
Para su inmenso horror, las bombas empezaron a caer cerca, aunque normalmente era el East End industrial el que sufría el peor castigo. Un minuto después, un camión de bomberos pasó rugiendo junto a ellos. Hermia siguió andando lo más deprisa posible.
—Se te ve tan impasible… —dijo Digby—. ¿No estás asustada?
—Por supuesto que estoy asustada —dijo ella impacientemente—. Pero no me dejo llevar por el pánico.
Doblaron una esquina y vieron un edificio en llamas. El camión de bomberos se había detenido delante del edificio y los hombres estaban desenrollando las mangueras.
—¿Cuánto falta? —preguntó Digby.
—Es en la calle que viene —dijo Hermia, jadeando.
Cuando doblaron la esquina siguiente, vieron otro camión de bomberos detenido al final de la calle, cerca de la casa de Mags.
—Oh, Dios —dijo Hermia, y echó a correr. El corazón le palpitaba de miedo mientras corría por la acera. Vio que también había una ambulancia, y al menos una casa en la sección de su madre había sido alcanzada—. No, por favor… —dijo en voz alta.
Cuando estuvo un poco más cerca, se quedó perpleja al descubrir que no podía identificar la casa de su madre, a pesar de que veía con toda claridad que la casa de al lado estaba ardiendo. Se detuvo y miró, tratando de entender qué era lo que estaba mirando. Fue entonces cuando por fin se dio cuenta de que la casa de su madre había desaparecido. Lo único que quedaba de ella era un hueco en la terraza y un montón de escombros. Hermia gimió con desesperación.
—¿Esa es la casa? —preguntó Digby.
Hermia asintió, incapaz de hablar.
Digby llamó a un bombero con una voz llena de autoridad.
—¡Usted! —dijo—. ¿Hay alguna señal de los ocupantes de ese edificio?
—Sí, señor —dijo el bombero.