Capítulo 2: 《《La casa vacía y la flor marchita》》
Frank abrió la puerta de la vieja casona con esfuerzo. La madera crujía como si reclamara cada año de abandono. El polvo lo cubría todo, anunciando el pasar de los años. A pesar del deterioro, cada rincón tenía algo suyo: una fotografía torcida, una bufanda olvidada, el aroma tenue del té que su madre solía preparar al atardecer. Cada una de esas cosas le movían el corazón a Frank, él no quería que eso le sucediera, pero lamentablemente los sentimientos no avisan cuando aparecen.
Caminó hacía adentro de lo que alguna vez fue su hogar , apoyó el ramo de flores sobre la mesa. Recién ahí se dio cuenta de lo que había comprado.
Las mismas que había visto en el jardín de su madre durante toda su infancia. Sintió una punzada. No sabía por qué las había elegido. O por qué la voz de esa florista lo había desarmado de esa manera.
Pero se encontraba en ese momento con esas flores que le traían tantos recuerdos en esa casa viendo a la chica de la florería en su mente.
¿Qué le pasaba?
Ni el mismo Frank lo sabía.
Se dio cuanta de que estaba la luz apagada, y encendió una lámpara vieja. Luz tenue. Fría, lo que necesitaba. No estaba buscando una bola de espejos en ese momento, solo un rayo que lo dejara observar con mas claridad lo que lo rodeaba.
Abrió con mucho cuidado una caja de cartón que su madre había dejado en el comedor. No sabía con que se encontraría, incluso dudo por un momento en hacerlo, pero fue mas fuerte su curiosidad y sus ganas de saber si era una caja abandonada o estaba allí a propósito.
Libretas, cartas, una foto en blanco y n***o. Eso había dentros, empezó a mover y agarrar las fotos, las miraba y las volvia a soltar sintiendo mucho, cuando decidió cerrarla vio entre ellas, una hoja suelta escrita a mano, y aunque apenas legible, era la letra de su madre:
> "Si alguna vez vuelve, que sepa que el jardín no lo olvidó."
Eso decía, palabras que calaron profundo en su corazón.
Frank tragó saliva. Dobló la hoja y la guardó en su bolsillo.
No podía quedarse ahí. No esa noche. No aguantaría todo lo que esa casa le provocaba
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Mientras tanto, Micaela cerraba la florería. Apagó toda las luces, cerro la puerta con llave y bajó la persiana.
No había podido sacarse de la cabeza esa mirada. Ese tono de voz. Esa ausencia de memoria en sus ojos, era el Frank del pasado, pero sin serlo de algun modo. No solo habían pasado 14 años para ellos, si no que tal parecía que para él también se habían ido los recuerdos.
¿Cómo era posible que no la recordara?
Habían compartido inviernos enteros en la vieja biblioteca del pueblo. Sus madres habían sido amigas. Y sin embargo, él la había mirado como a una extraña. Como si no la conociera de nada.
Le pareció extraño, pero mas le dolió ya que tenían buenos recuerdos juntos.
Subió a su bicicleta, la que todos los días la llevaba hasta la florería y pedaleó por las calles oscuras, sin miedo, era su pueblo, el que la vio nacer y crecer.
Pasó por gusto frente a la casona Umpiérrez, no sabía que la habíallevado a hacerlo, pero lo hizo. Las luces estaban encendidas. Su corazón dio un brinco.
Frank estaba ahí. Volvió de verdad. No estaba segura por cuanto tiempo sería, pero justo ahora, estaba allí, en su antigua casa, la casa de su familia.
Llegó a su casa nerviosa, sin saber la razón, claro está, aunque muy en lo profundo sabía que eso tenía nombre y apellido, Frank Umpiérrez. Se quedó en la puerta un rato. En su patio, entre las sombras, las hortensias también esperaban.
Cuando al fin entró a su hogar fue directo a su habitación, sacó una caja de madera de adentro de su ropero. Dentro, habían fotos viejas, de la época donde era muy feliz, donde tenía personas a su alredodr que la querian mucho. Ella se centró en una en especial: ella, su hermana Clara y un niño con sonrisa tímida.
Frank.
Tomó la foto y la miró durante largo rato, contemplando y recordando esa época tan linda de su vida. Después, la guardó bajo su almohada, para tenerla muy cerca, la necesitaba allí justo ahora.
Quizás él había olvidado. Pero ella no.
Y no estaba segura de querer recordarle todo, quizás era mejor así,
"por algo pasan las cosas" pensó para si misma.
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A la mañana siguiente, Frank volvió al centro. Necesitaba hablar con el notario, empezar a poner papeles en orden, queria irse de alli lo antes posible.
Pero antes, algo lo impulsó a girar hacia la florería. No estaba seguro de qué buscaba, pero sus piernas caminaron hacia ese lugar, ese que lo dejó un poco incómodo el día anterior.
Micaela ya había abierto. Escuchó el tintineo que anunciaba la entrada de una persona a la tienda.
Lo que no esperaba es que fuera el desmemoriado de ayer. Al verlo, se tensó, aunque supongo disimular muy bien.
—¿Otra vez sin saber qué flores llevarte? —preguntó sin alzar la mirada. Temía delatarse si lo miraba a los ojos.
Frank se acercó al mostrador.
—Esta vez... quiero unas que no marchiten tan rápido. - Pidió con voz suave
Ella levantó la vista. Lo observó en silencio.
—Las de verdad nunca marchitan, solo se transforman. — Estaba empeñada en seguirle hablando de la misma forma.
—¿Siempre hablás así? —preguntó él, medio en broma.
—Solo con los que no se animan a decir lo que sienten. —
"¿Qué es lo que ella quería decir?" Se preguntó
Frank sonrió. Una sonrisa breve, incómoda.
—Te conozco de antes, ¿verdad? - Ya no aguantó mas su curiosidad y se animó a preguntar.
Micaela dudó. Sus ojos se suavizaron apenas.
—Quizás. Pero no todo el mundo recuerda lo que duele.
Un silencio los envolvió, lleno de cosas no dichas. Y del otro lado del vidrio, las hortensias seguían floreciendo, como si supieran que ese era apenas el comienzo.