Capítulo 33: Donde nadie los conoce La ciudad costera los recibió como un abrazo inesperado. El aire traía consigo un aroma a sal y algas, mezclado con el murmullo constante de las olas rompiendo contra el muelle. El horizonte parecía desplegarse solo para ellos, como si el mar supiera que dos almas cansadas acababan de llegar en busca de refugio. Las calles eran estrechas, bordeadas por casas de colores gastados, con balcones adornados de macetas rebosantes. No era una ciudad grande ni bulliciosa; por el contrario, tenía un ritmo pausado, casi sereno, como si el tiempo aquí se midiera con las mareas y no con relojes. Para Frank y Micaela, cada esquina era una promesa. No había ojos que los miraran con sospecha, ni murmullos que pesaran sobre sus espaldas. Nadie conocía sus errores ni

