capitulo 47

1026 Palabras
El olor de la gloria. Dejando un último y duradero beso que logra sacarle un suave gemido a Valerie, vuelvo a enderezarme y salgo de la cama con rapidez, ignorando el nuevo palpitar de mi m*****o causado por aquel exquisito olor y el excitante sonido que hab salido de los labios de la futura madre de mis herederos. ¿Por que me tardé tanto en unirnos? Estas sensaciones a las que les he rehuido por años son... adictivas. Valerie es adictiva, fascinante. Su cuerpo es el afrodisíaco más exquisito que probé en mi vida y yo como un idiota me he rehusado a ella la mayoría de mis casi quinientos años. Pero ya no más. Ahora es mía para toda la eternidad. Con una media sonrisa plasmada en mi cara, observo a la protagonista de mis pensamientos por una última vez desde el umbral de la puerta, antes de abandonar la habitación principal por completo, sintiendo como aquel molesto cosquilleo vuelve a hacerse presente por toda mi piel. Mi cuerpo aclama volver con mi mujer. Pero no debo. Un bajo gruñido escapa de mis labios al entender por fin que a esto se refieren los libros sobre los fuertes e incontrolables sentimientos de dependencia que sentiría por mi humana. ¿Ella sentirá las mismas ansias por mi? Rápidamente desecho esos pensamientos tan humanos de mi mente y sigo bajando las escaleras mientras me reprendo a mi mismo por sentir aquellas vergonzosas sensaciones de inseguridad e incertidumbre que me causa pensar en Valerie. Los malditos libros sólo hablan de lo que los demonios puros, como lo soy yo, sienten por sus destinadas. Nada puede asegurarme lo que el lazo hará que mi pequeña humana sienta por mi. Soy el único maldito condenado a esta dependencia y por eso he tratado de negarme a esto tantos años. Al llegar a la planta baja de la enorme mansión Maxwell que he heredado de mi padre y que se ha estado manteniendo en pie y moderna por añares gracias a mi secta, me voy hacia la cocina, adentrándome en la alacena y yendo directo hacia la puerta secreta detrás de la estantería del fondo que esconde el despacho principal de la casa. Dentro, unas escaleras que van hacia abajo me guían hacia un espacioso y oscuro cuarto, en el cual las distintas pinturas, retratos, libros y joyas -pertenecientes a todo el legado Maxwell- me obligan a contener la respiración al sentir el molesto olor a vejez y a desinfectante que estoy seguro que alguno de los hombres de mi secta han regado para mantener la habitación en perfecto estado. No dudo en ir hacia el escritorio de roble en el centro de la sala y tomar la bolsa con ropa que me dejaron allí para cuando mi cuerpo volviera a ser visible y tuviera que tapar la desnudez que parece incomodarle a los humanos. Rápidamente procedo a ponerme el incómodo pantalón oscuro hecho a medida para mi altura, antes de volver sobre mis pasos y salir de allí, dejando de lado el resto de las prendas que han puesto dentro de la bolsa y cerrando la puerta secreta a mi espalda. Verifico con sumo cuidado que todo esté correcto y que mi curiosa humana no pueda encontrar el acceso ni por accidente. Es tan osada. Ignorando el pequeño cosquilleo que se hace presente en mi bajo vientre y en mi pecho al pensar en ella, salgo por fin de la casa y cierro la puerta detrás de mi con suavidad, antes de pararme sobre los escalones del porche y observar con frialdad hacia toda mi secta frente a mi. Cientos de hombres y mujeres, adolescentes y adultos, todos frente a la mansión Maxwell, sobre una de sus rodillas y observándo hacia el suelo de manera sumisa, todos ellos esperando mi primera orden como el nuevo líder y único heredero de la secta primera. La secta más poderosa y numerosa del mundo humano. La secta Maxwell. Mi secta. ** —¡Por favor! ¡N... — antes de que pueda seguir con los inútiles intentos de suplicar por su vida, disparo el arma que apunta sobre su frente y entierro una bala en medio del craneo del asqueroso humano frente a mi. El silencio vuelve a hacerse en la enorme bodega donde varios de mis hombres observan la escena con grandes y sadicas sonrisas mientras muchos cuerpos desmembrados y desangrados se encuentran esparcidos por el suelo. —Hominum quisquiliae («Basura humana») — gruño con asco, antes de girarme en mi lugar y dirigirme hacia la mesa llena de armas y elementos de tortura que he estado utilizando durante dos semanas con cada m*****o desleal de mi secta y con todo humano cazador que se atreva a cruzar mis fronteras. Todos y cada uno de los cuerpos frente a mi han sido presas de mi frustración por no poder estar con mi humana y, en cambio, tener que estar aquí, enderezando las columnas que sostienen a la secta. Eliminando cualquier tipo de amenaza que pudiera atentar contra la vida de mi hijo y Valerie. Puede que haya estado descargando mi ira y ansiedad con demasiados de ellos. —Rieguen las fronteras con sus cuerpos — exijo en alto hacia los hombres y mujeres detrás de mí mientras me concentro en llenar el cargador de mi arma favorita —. Quiero que la maldita familia Pavél se entere de que el heredero Maxwell está vivo por fin y se ha tomado con el mando. ¡Que se enteren de una maldita vez que sus mierdas de cazadores no serán toleradas en mis territorios! Exclamo aquellas palabras con frialdad, antes de volver a girarme y encarar a mi secta, encontrándome de frente con caras llenas de pura satisfacción y sadismo. Todos parecen estar extasiados y agradecidos por mi presencia. Extasiados por volver a tener a un demonio como líder y agradecidos por darles la sangre que ansiaban. —Cazador que veo, cazador que descuartizo — escupo, logrando engrandecer las sonrisas de los presentes, antes de que estos asientan de manera sumisa en afirmación y comiencen a trasladar las docenas de cuerpos frente a mi.
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