Me sonrojo cuando una enfermera nos ve salir de allí, pero al instante nos baja la mirada, recordándome que la mayoría de la gente en esta ciudad pertenece a una extraña agrupación que venera a Balthazar.
—Así que... tienes una secta — digo, pero Balthazar me mira con seriedad, negando. Se lleva un dedo a la boca y me hace una señal de no hablar aquí.
Miro a nuestro alrededor en el pasillo y en definitiva veo a mucha gente cuando llegamos a la sala de espera. La mayoría le baja la cabeza, pero hay algunos pocos que sólo lo miran con curiosidad por su altura. Y me hierve la sangre ver que algunas mujeres lo miran por algo más. Agarro su mano con más fuerza.
—Vamos, Valerie — me lleva por los pasillos, ignorando que ardo de celos mientras nos encamina hacia no sé dónde.
—¿Se podrá ver algo en la ecografía? Siempre dicen que en la primera es muy difícil de notar algo más que un frijol — susurro, distraída en mis pensamientos.
Mientras más nos acercamos, más comienzo a caer en cuenta sobre lo que estamos a punto de hacer. Sobre el niño o la niña en mi vientre que crece y estamos a punto de ver. Sé que no es normal. Su padre sin dudas no lo es, y la forma en que se mueve cuando él le habla tampoco.
—Deja de pensarlo como un embarazo humano. Borra todo lo que supones, porque no será así — dice, serio, poniéndome más tensa que nunca.
—¿Va a salirme un reptil de la v****a o qué? — me detengo en seco, y Balthazar gruñe de frustración. Se detiene y me mira como si estuviera loca.
—Debes dejar de mirar películas, Valerie — me frunce el ceño, pero sus palabras no detienen el tren de pensamientos que me hace exaltar.
—Oh, Dios. ¿Y si no está sano? ¿Y si está enfermo y por eso vomito tanto? No somos compatibles tú y yo. Tal vez esté rechazándole — entro en pánico, y es inevitable que las lágrimas me nublen la mirada —. No puedo perderlo, Balthazar, yo ya le quiero — tiemblo.
Un suspiro escapa de sus labios al ver el agua que en cualquier momento comenzaré a derrama. Su expresión se suaviza como nunca antes al escuchar mis palabras y ver mi temor, regalándole un pequeño apretón a mi mano. Sorpresivamente, Balthazar se deja caer de rodillas en el suelo frente a mí, tomando mis caderas con suavidad y acercando mi vientre a su rostro, sin dejar de observarme en ningún momento. Se inclina hacia abajo sobre mi vientre y dice algo en aquel idioma extraño suyo mientras roza su boca con suavidad sobre mi camiseta.
—¿Qué...? — un jadeo abandona mis labios cuando, al igual que el día en que volvió y me dijo que estaba embarazada, algo se remueve dentro de mi vientre —. Está bien — me llevo una mano a la boca, deteniendo el sollozo que quiere salir.
Mi mini Casper.
Maravillada, llevo mis manos a mi vientre y le doy pequeñas caricias sin dejar de observar con una sonrisa tonta a Balthazar, que sube sus manos por mi cuerpo. Me toma de las mejillas con suavidad, obligándome a mantenerle la mirada mientras se endereza, aún de rodillas.
—Lo sentiste, ¿verdad? — pregunta con suavidad, retirando las lágrimas que han bajado. Asiento, sorbiendo la nariz —. Ningún feto que estuviera insano podría moverse de la manera en que nuestro hijo lo acaba de hacer. Es mío y es fuerte. No vamos a perderlo — asegura.
Aliviada, me abalanzo a sus brazos y escondo mi rostro en su cuello, rodeando sus hombros con mis brazos y sonriendo como una tonta mientras sorbo mi nariz. Balthazar no duda ni un segundo en enredar sus brazos en mi cuerpo y acercarme aún más al suyo, formando un cómodo y extraño abrazo en el que él sigue de rodillas en el suelo y yo debo inclinarme levemente sobre él para poder rodear su cuello.
—Gracias — susurro sobre su oído, luego de unos segundos en los que sus manos no dejan de pasearse por mi espalda con suavidad y de manera reconfortante. Me aferro a su calidez con fuerza, pero me obligo a soltarle, luego de unos segundos.
Se levanta y lo miro hacia arriba, con una sonrisa. Suspira y baja a dejarme un beso en la frente que me calienta el vientre.
—También le quiero, Valerie. No dejaré que nada malo le pase. Ni a ti — promete sobre mi frente, para luego dejar otro beso.
Se aparta y me observa. Cuando nuestras miradas por fin se conectan, logro ver en su mirada cuán seria es aquella promesa y cuánta seguridad hay en sus palabras, adquiriendo aquel brillo que tanto me gusta y del que ignoro su procedencia.
**
—Bien, señora Maxwell, por lo que el señor Maxwell ha explicado, debe estar de un poco más de tres semanas — suelta con suavidad el doctor Drexler, un hombre de mediana edad, un poco regordete. Es bastante serio y tenso.
—Es Tate. Mi apellido es Tate — tartamudeo hacia él. Se sorprende y mira a Balthazar, pero este me está mirando a mí, tenso.
—Oh, lo siento mucho, señorita Tate. Creí... bueno no importa. Luego le diré a mi secretaria que cambie ese detalle en su historial, lamento la confusión — se disculpa, tenso. Se aclara la garganta y devuelve su atención a unas hojas sobre su escritorio.
Incómoda, bajo la atención a mis manos y comienzo a juguetear con mis dedos, ignorando la intensa mirada que Balthazar me está dirigiendo mientras aprieta con fuerza los apoyabrazos de su asiento. ¿Qué le pasaba ahora? No dije nada que no fuera verdad.
—Bien, antes de pasar a la sala para hacer el ultrasonido, estoy seguro de que tiene muchas preguntas con respecto a este embarazo demoníaco — inquiere el doctor Drexler.
Alarmada, giro mi rostro hacia Balthazar y le dedico una mirada interrogante. Se encoge de hombros y entrelaza sus dedos sobre su regazo, relajado.
—El doctor Drexler sabe de mí y sobre este tipo de embarazos. Es información que pasa de generación a generación entre familias de médicos pertenecientes a las más poderosas sectas — explica con neutralidad.
Drexler parece nervioso de tener la atención de Balthazar sobre él, pero asiente, confirmando sus palabras. Y me gratifica saber que ahora tengo una nueva fuente de información. Me inclino sobre mi asiento y miro al doctor con intriga.