capitulo 25

1087 Palabras
Las palabras de Balthazar retumban en mi cabeza aun luego de unas horas. Ni siquiera pude indagar en todo lo que quiera indagar, porque el maldito timbre volvió a sonar como si la gente supiera el momento justo para salvar al cobarde de Balthazar de decirme las verdades que me debe. Me dijo que tenía que irse. No me explico por qué, a dónde o con quien. Solo se fue. Y comienzo a hartarme cada vez más de esto. Mi turno en la cafetería comienza en media hora, y me obligo a dejar de pensar en ello para adentrarme en el closet. Freno en seco al reparar en que no solo mis prendas se encuentran allí, sino que del otro lado del closet, ropa de hombre cuelga de los percheros. Algunas otras cosas están perfectamente dobladas en las cajoneras. —¿Puso su ropa aquí? — susurro, desconcertada. Negando con frustración por tener que agregar otra nueva incógnita a toda la complejidad que rodea a ese demonio, ignoro su ropa en el clóset, por el momento, y procedo a vestirme. Tomo una falda de jean negra y una camiseta blanca de tiras. El aire acondicionado es la gloria aquí, pero mi teléfono me muestra temperaturas que me hacen gemir de pesar mientras bajo las escaleras. Entro en la cocina, buscando cualquier cosa rápida que pueda almorzar antes de irme. Pero le detengo cuando veo un plato con pastas sobre la encimera, junto con un vaso de jugo. Sorprendida, me acerco y leo una nota pegada al cristal del vaso. "Toma". Frunzo el ceño. Miro la nota a un lado del plato y esta vez ruedo los ojos. "Come". No está aquí y aún así encuentra la manera de ser un mandón. Miro con odio la elegante caligrafía de las notas mientras devoro la comida. Está buenísimo, y su letra es preciosa. Me irrita más. Sin embargo, no puedo negar las mariposas que revolotean en mi vientre por sus gestos. También, porque noto que ya no hay huevos en la cocina. —Estúpido demonio — refunfuño con la boca llena. Cuando termino, dejo la vajilla sucia en el fregadero y voy por mi teléfono y mis llaves. Salgo de la casa y me meto al coche, sudando al instante en que el aire caliente toca mi piel. Luego de conducir por unos quince minutos, llego a la cafetería. Dos minutos después, estoy del otro lado de la barra del mostrador, bromeando alegremente con Lucas y los demás mientras atiendo a los clientes que piden para llevar. —Valy, ¿puedes atender la mesa número seis por mí? — Lucas me pide, haciendo malabares para que no se le caigan los platos que tiene en las manos y que está a punto de llevar a una de las mesas. —Seguro, Luky — le devuelvo el horroroso apodo, haciéndole reír. Tomo una libreta y un bolígrafo de debajo de la barra, y voy hacia el conjunto de mesas. Más relajada de lo que estuve esta mañana, comienzo a pasar la paginas para buscar una hoja en blanco. Voy hacia la mesa sin atender de la sección de Lucas. Cuando encuentro una hoja en blanco, detengo mi paso y levanto mi mirada hacia los nuevos clientes. Frunzo el ceño al ver cuatro pares de ojos mirándome fijamente. Pero lo que me desconcierta es ver como se me quedan viendo demasiado raro. Atentos, maravillados. —Buenos días, mi nombre es Valerie y seré su mesera el día de hoy, ¿ya saben qué desean ordenar? — pregunto, incomoda. Son dos mujeres y dos hombres. Me miran sin parpadear. Parecen de unos treinta años, pero las ropas totalmente negras y lentes del mismo color, hacen que parezcan personal del FBI. —Mi lady, por favor, discúlpenos. No debe servirnos en lo absoluto — el más musculoso y aterrador de todos ellos, me baja la mirada mientras me habla. Desconcertada, frunzo el ceño, —¿Mí... que? — susurro. Lo miro como si le hubiera salido un tercer ojo, y reparo en cómo sus acompañantes también tienen la cabeza gacha y parecen estar frente a una eminencia — ¿Los conozco? — dudo. Mi desconcierto parece hundirles el entrecejo. Sonríen divertidos, y yo me incomodo más. —Oh, que descorteses hemos sido. Déjeme presentarnos, lady Valerie — el musculoso me baja la mirada —. Somos miembros de la secta Maxwell. Su secta, mi señora — explica con orgullo. Sorprendida, doy un paso hacia atrás inconscientemente, pasando mi mirada con rapidez de un rostro al otro. —¿Están bromeando verdad? — me río, pero ninguno me sigue. Doy otro paso atrás — ¿Balthazar tiene una secta? ¿Una de esas en las que lo alababan y hacían sacrificios para él? — jadeo. Los cuatro pares de ojos dejan de mirar la mesa y se levantan bruscamente, mirando a todos lados. Al instante noto que observan a nuestro alrededor, chequeando que nadie me haya escuchado. —No creo que debamos hablar de esto aquí, señora — se incomoda el musculoso. Frunzo el ceño, pero el sonido de mi teléfono dentro de mi delantal se escucha suavemente, obligándome a quitar mi atención de ellos. Lo tomo y veo que un número desconocido está llamándome. Corto al instante la llamada, nunca contesto números que no haya agendado. Vuelvo a guardarlo, antes de devolver mi atención a las personas frente a mí, que ahora parecen mirarme con curiosidad. —Lo lamento. Eh... Es un gusto conocerlos, chicos, pero tengo que ir... allá — tartamudeo, alejándome torpemente Lucas me mira con una ceja en alto mientras me acerco a la barra. Parece preocupado, y pasea su mirada de la mesa de los raritos hasta mi, varias veces. Está claro que mi amigo no se fía de los chicos detrás de mí. Además, tengo el presentimiento de que los conoce. Volviendo a girarme, observo cómo los cuatro vuelven a estar en silencio, leyendo la carta. El musculoso me observa, y cuando nota que también le miro, esta vez se queda mirándome de regreso. Me analiza como si yo fuera la rara. Me tenso, pero respiro hondo cuando su teléfono parece sonar y me quita su atención. Observo con curiosidad como empalidece al ver quien le llama, y me pregunto si le están pidiendo que secuestre algún perro o mate algún anciano. ‍‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‌‍
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