—Esa, sin duda, ha sido la interacción más rara y bizarra que he tenido jamás — digo bajo cuando llego al mostrador. Lucas me mira y parece tenso.
—¿Te han dicho o hecho algo? — pregunta con seriedad. Extrañada por su actitud, me dejo caer en un taburete y le observo de manera inquisitiva mientras acomodo mi coleta y cruzo mis piernas.
Este pequeño metiche debe saber algo que yo ignoro.
—No. Parecen tipos geniales. Tal vez me una a ellos más tarde para alabar al diablo y cortar mis venas en un sacrificio divino — bromeo, tratando de quitar aquella tensión que parece rondar alrededor de mi amigo, pero empeorandolo aún más al hacerle palidecer. Niega.
—No vuelvas a acercarte a ellos, Valerie. Esos tipos no son conocidos por su buen genio y maravillosa personalidad — suelta tan rápido y bajo que casi no puedo oírle bien —. Han encontrado cuerpos desmembrados de animales, y sangre sin procedencia en su territorio. Con más frecuencia de la que puedes imaginar. Esas no son personas con la que quieres meterte.
Oh, vaya.
Asqueada por sus palabras, me levanto de mi lugar, dedicándole una mirada acusadora al sentir cómo mi estómago comienza a revolverse inevitablemente al visualizar imágenes en mi cabeza de lo que acaba de describir.
—Iud, Lucas. No quería saber eso, solo estaba bromeando — gruño irritada. Pero ya es tarde. Llevo mi mano a mi boca y cierro los ojos, buscando serenarme. Sin embargo. Me es imposible controlar las repentinas ganas de vomitar que me revuelven el estómago
Respiro hondo y me concentro en el latido de mi corazón, pero me es imposible cuando la puerta de la cafetería se abre bruscamente y me obliga a volver a abrir mis ojos, extrañada por la violenta irrupción. Jadeo cuando Balthazar entra con enojo, y las náuseas parecen ir en aumento.
—Joder — gimo y me levanto con rapidez. Al instante, Balthazar me encuentra, pero no puedo mantener el contacto por mucho tiempo, porque salgo corriendo con dirección al baño que se encuentra detrás de la cocina de la cafetería.
Y allí se va el almuerzo.
Lo vomito todo. La pasta se va por el retrete mientras evito tocar mucho del baño sucio. Me sorprendo cuando en medio de las arcadas, unas manos suaves y calientes comienzan a darle caricias a mi espalda mientras los fideos escapan en un asqueroso líquido por mi boca y terminan en el váter del pequeño baño de empleados de la cafetería.
Agitada, dejo ir una última vez mi estómago y luego me dejo caer en el suelo con pesadez, apoyando mi espalda en la pared. Limpio mi boca con el dorso de mi muñeca y estiro mis piernas, cansada. De a poco la respiración se me empieza a estabilizar, y observo hacia Balthazar, que se está encargando de tirar de la cadena. Cuando termina, vuelve a acuclillarse a mi lado y me observa con una mezcla de preocupación y enojo.
—Por lo menos ya sé que comiste lo que te dejé — dice, sarcástico. Lo miro mal, pero él niega — ¿Por qué mierda estás en esta pocilga y no en nuestra casa, descansando? — pregunta con enojo, desconcertándome.
—Estoy trabajando, Balthazar. Tengo que ganar dinero para vivir, ¿sabes? — me enojo, pero Balthazar niega de nuevo — ¿Por qué estás tú aquí? — pregunto con recelo.
—No necesitas trabajar para tener dinero, soy malditamente rico. Eso te hace rica también — gimo cuando me toma de la cintura y me levanta con suavidad del suelo. Me pega a él y cierro la boca para que el olor a vomito no me avergüence —. No necesitas trabajar, y no vas a hacerlo. Voy a llevarte a hacer una ecografía ahora, luego vas a volver a casa y te quedarás ahí, segura — no da lugar a réplica, y yo le frunzo el ceño.
Pero la palabra ecografía les da un tinte nuevo a mis emociones.
—¿Iremos a hacerme una ecografía? — me entusiasmo, y el enojo es un triste recuerdo. Estoy tan cambiante, que comienzo a preguntarme si es normal. En un segundo soy hielo, y al siguiente fuego hirviendo. Balthazar me pone así la mayoría de las veces.
—Sí. Teníamos cita hace una hora, pero no te encontraba por ningún puto lado — se enoja, y todo mi buen humor se va a la mierda.
—¿Sabes por qué fue así? ¡Porque tú nunca me dices nada! — le grito, enojadísima de nuevo. Lo empujo y voy hacia el lavado. Lavo mis manos con el ceño fruncido y maldiciendo a mil por hora.
—Eres una gritona — gruñe Balthazar. Lo veo frotarse la frente a través del espejo y me enojo más.
—Soy una gritona que va a pararte el carro ahora. Tu no decides si trabajo o no, yo lo hago. Es mi vida — lo señalo a través del espejo y me frunce el ceño —. Y si no te gusta, puedes besarme el trasero — le sonrío con ironía.
Para mi sorpresa, mis palabras borran su ceño fruncido. Su expresión se relaja y se me pone detrás. Me estremezco cuando su calor me toca la espalda, pero me sonrojo cuando el bulto de sus pantalones roza mi espalda baja.
—Me pone muy duro que me hables así, nena. Con gusto besaré tu trasero si eso es lo que quieres — se relame y gimo, frustrada. Sus ojos brillan de diversión mezclada con lujuria a través del espejo.
—¿Puedes dejar de pensar con el pene por una vez en tu vida? Estoy tratando de tener una conversación aquí — me quejo.
Balthazar suelta una carcajada ronca que me calienta el vientre y me obliga a esconder una sonrisa mientras me inclino y enjuago mi boca con el agua del grifo. Hago algunos buches y lo miro mal en todo momento a través del espejo.
—Sí no quieres que piense por el pene, no me invites a besar ese culo apretado — gruñe, y chillo cuando me da una nalgada. Me sonrojo. Y sé que debería enfadarme, pero su mano baja a masajear con suavidad el lugar que golpeo, e inevitablemente mis bragas se empapan teniendo sus dedos largos y calientes tocando esa parte de mi sobre la falda.
—Eres tan sucio — susurro, avergonzada.
Sus manos me rodean la cintura. Cierro los ojos cuando me rodea con sus crines brazos y tira de mi cuerpo contra el suyo. Me muerdo el labio al sentir su erección en mi espalda. Está tan dura y cálida. Pero lo que me estremece es cuando baja su boca a mi oreja, y me roza el lóbulo con los labios.