—Todo lo que quiero hacerte es sucio, nena — susurra con sensualidad sobre mi oído. Los vellos de mi nuca se erizan, y la humedad en mi centro se acrecienta. Deja un beso cálido y húmedo sobre la piel debajo de mi oreja. Me agarro con fuerza al lavado, sin poder evitar empujarme un poco más contra su cuerpo.
—¿Cómo es que siempre logras distraerme? — gimo, molesta con él, conmigo misma, con el mundo.
—La distracción solo es un plus, nena, mi objetivo es siempre meterme en tu coño caliente — susurra ronco. Y me arqueo cuando lame desde mi hombro hasta mi cuello —. Rica — gime, satisfecho.
—Balthazar — suplico, abriendo los ojos para encontrarme con su oscura mirada a través del espejo. Brilla de oscuridad y lujuria. Sus manos se vuelven atrevidas y se adentran en mi camiseta —. Sé lo que estás haciendo — gimo cuando sus calientes dedos comienzan a pasar por la piel de mi vientre con suavidad.
Una sonrisa de satisfacción vuelve a apoderarse de sus labios, y su mirada me atraviesa con soberbia a través del espejo. Mis pechos se sienten cada vez más pesados, pero mis pezones son los que más sufren cuando empieza a moverme con lentitud de arriba abajo sobre su erección. Mi falda se levanta un poco con el roce.
—¿Qué estoy haciendo, Valerie? ¿Preparando a mi mujer para follármela? — pregunta con una fingida inocencia mientras sus manos comienzan a bajar peligrosamente, adentrándose en mi falda y rozando mi ropa interior tentativamente.
Maldición.
Al sentirle delinear aquella pequeña prenda, mi respiración se atora en mi pecho, y los vellos de mis brazos se erizan, nublando mis pensamientos en una bruma de lujuria que casi me hace olvidar todo a nuestro alrededor. Casi.
Sacando fuerza de lo más profundo de mi ser. Llevo mis manos a su muñeca y lo obligo a parar en el momento en que sus dedos comienzan a bajar para adentrarse en mis bragas. Se sorprende, pero se detiene al instante.
—Deja de intentar distraerme para no tener que conversar conmigo, Balthazar — suspiro con frustración, dedicándole una mirada de reproche que parece apagar cualquier rastro de deseo en su rostro y que le saca un pequeño gruñido.
—Desearía que solo se tratara de distraerte, Valerie — dice, irritado. Me gira para tenerme de frente y poder estrechar nuestras miradas —. Mis ganas de follarte no tienen otra razón más que la del puro deseo que siento de tenerte entre mis brazos. De estar enterrado en tu interior todo el maldito día. No confundas mis ansias de ti con una estúpida idea de que estoy intentando distraerte — su voz ronca me estremece.
Pero son sus palabras las que generan un maldito remolino en mi estómago. Las que hacen que los latidos dentro de mi pecho se aceleren, obligándome a empuñar su playera con fuerza para poder mantener el equilibrio cuando mis piernas amenazan con fallar.
—Nada me gusta más que intoxicarme de ti — gime, enterrando su rostro en mi cuello.
Cierro los ojos e inhalo su aroma. No puedo evitar levantar los brazos y abrazarlo a mí. Nuestros pechos se unen, nuestras respiraciones se acompasan. Balthazar me abraza a su cuerpo y besa mi cuello, me lame, me respira. Y yo lo dejo. Hago lo mismo con él. Porque las ansias no son unilaterales. También me siento tan dependiente de su tacto.
Pero por más que quiera quedarme así por días, unos toques en la puerta abierta del baño nos obligan a apartarnos del otro y a dirigir nuestra atención hacia Lucas, que nos observa con una mezcla de diversión y complicidad que enciende mis mejillas.
—Lamento interrumpirlos tortolitos, pero Abby me manda a decirte que vayas a casa. No quiere que sigas trabajando enferma. Ve a descansar — me guiña un ojo y se va.
—Ve por tus cosas — Balthazar se aparta del todo, y lo miro. La seriedad ha vuelto. Cualquier atisbo de esa intensidad que acabamos de compartir, se ha ido. Y lo odio tanto como lo agradezco, porque por fin puedo volver a concentrarme.
—Balthazar... — susurro con suavidad, pero niega. Se arregla la camisa blanca sobre su duro pecho y se gira hacia la puerta.
—Te espero en el coche.
Y así como así, se larga, dejándome llena de dudas, de incertidumbre, pero sobre todo, con el corazón a mil por horas. Porque parece ser una reacción estándar a la presencia de Balthazar.
**
Cuando por fin salgo del local, me sorprendo al ver a Balthazar recargado sobre un coche n***o mate. La boca se me seca con la visión del llamativo lujo en él.
—Vaya — silbo, pero Balthazar ignora mi sorpresa, abriéndome la puerta y esperando pacientemente a que entre.
Totalmente anonadada e impresionada, dejo de reparar en el interior de cuero beige del coche y levanto mi mirada hacia el hombre que me mantiene la puerta abierta y me observa de manera impasible desde su lugar.
—¿Este es tu coche? — susurro, muy estúpidamente. Claro que es su coche. Balthazar levanta una ceja, divertido, pero asiente y me hace una seña para que me adentre en él de una vez.
—Tenemos más dinero del que alguna vez podrías contar. Cada local de este pueblo es mío, al igual que cada uno de los locales de los tres pueblos vecinos — dice, como si me estuviera hablando del menú del día de la cafetería, y no de una maldita fortuna acumulada en su banco —. Nada nunca te faltará, Valerie. Ni a ti, ni a nuestros hijos — asegura, serio.
Sus palabras me sacan al instante del asombro, y vuelvo a tener el ceño fruncido. ¿Dijo nuestros hijos? ¿Plural? Me adentro en el carro cuando él lo hace y lo observo desde el asiento copiloto, con los brazos cruzados.
—¿Ni siquiera ha nacido mini Casper uno y ya quieres un mini Casper dos? Para el carro, Casper papá, no soy una incubadora — suelto con enojo, logrando sacarle un bufido exasperado.
—Deja de decirme Casper y deja de decírselo a nuestro hijo — el hastío resuena en sus palabras, en tanto me dedica una breve mirada llena de advertencia.