Una sonrisa tonta no tarda en iluminar mi rostro por su comentario y mi corazón da un salto al ver la seguridad brillando en sus ojos al decir aquellas palabras, lo cual calienta mis mejillas y vuelve a humedecer mis pliegues ahora cubiertos por unas bragas blancas y una bata de baño del mismo color. —¿Lo seguirás haciendo cuando mi cuerpo esté gordo y deformado por el embarazo? — hago un puchero y llevo instintivamente mis manos a mi vientre, sin dejar de observar a Balthazar a través del espejo. —Más por ello — asegura con ronquedad, deslizando su oscura mirada por mi cuerpo cubierto por la delgada y corta bata mientras se relame los labios y se encarga de abrochar el chaleco n***o sobre su firme y duro torso —. Nuestro hijo está dejando marcas en ti que no hacen más que recordarme que

