PRÓLOGO
El eco de unos tacones resonaba en la habitación, mezclándose con gritos y sollozos desgarradores. Una mujer, con el rostro enrojecido por la ira y el dolor, se enfrentaba a dos hombres. La tensión en el aire era palpable.
—¡Eres un maldito mentiroso! ¡Me engañaste! —gritó ella, apuntando con un dedo acusador a uno de los hombres, que la miraba con una mezcla de culpa y desesperación.
El acusado intentó acercarse, extendiendo sus manos en un gesto conciliador.
—Por favor, déjame explicarte. No es lo que piensas...
—¿Explicarme qué? ¿Cómo destruiste mi vida? —Su voz se quebró, las lágrimas corrían por sus mejillas—. ¡Mi vida era simple antes de conocerte, y así estaba bien! ¿Por qué tuviste que aparecer?
El tercer hombre, apoyado contra la pared, soltó una risa maliciosa. Sus ojos brillaban con un destello de crueldad mientras observaba la escena.
—¡Y tú! —gritó ella, girándose hacia él—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Creí que eras mi amigo!
—Cariño, en este juego no hay amigos —respondió con una sonrisa torcida.
Ella retrocedió, sacudiendo la cabeza.
—Los odio. Los odio a los dos. Ojalá nunca los hubiera conocido.
—Espera, por favor... —suplicó el primer hombre, dando un paso adelante.
—¡No te acerques! —gritó ella, retrocediendo más.
De repente, el tiempo pareció detenerse. Sin darse cuenta, la mujer había llegado al borde de la escalera. Por un instante, sus ojos se abrieron de par en par, comprendiendo lo que estaba a punto de suceder.
El hombre que había intentado acercarse estiró su brazo, desesperado por alcanzarla. El otro permaneció inmóvil, su sonrisa desvaneciéndose en una expresión de asombro.
Un grito desgarrador rompió el silencio cuando ella perdió el equilibrio. El sonido de su caída resonó por toda la casa, seguido por el ruido de pasos apresurados bajando la escalera.
En la ambulancia, yacía inmóvil. Sus ojos, nublados por el dolor, se fijaron en el hombre que la acompañaba. Podía ver el arrepentimiento, la desesperación y algo más en su mirada. Quería gritar, moverse, pero su cuerpo no respondía.
Él apretó su mano, sus palabras salían entrecortadas.
—Todo estará bien, te lo prometo. Todo saldrá bien.
Las lágrimas se deslizaban por sus sienes. El mundo a su alrededor se volvía borroso.
El sonido estridente de las sirenas penetraba en su consciencia, mezclándose con las voces urgentes de los paramédicos.
—Presión arterial bajando. Necesitamos estabilizarla —escuchó decir a uno de ellos.
Sentía manos moviéndose sobre su cuerpo, colocando electrodos, ajustando una máscara de oxígeno. El dolor pulsaba en cada fibra de su ser, pero no podía moverse, ni siquiera para gritar.
A su lado, él sollozaba quedamente, su mano aferrándose a la de ella como si fuera un salvavidas.
—Estarás bien, mi amor. Te lo juro. Saldremos de esta —repetía una y otra vez, su voz quebrada por el llanto.
Ella quería creerle. Sus ojos se encontraron y, por un momento, se perdió en esa mirada. Esos ojos que tantas veces la habían mirado con amor, con pasión, con arrepentimiento. Ahora estaban inundados de lágrimas y terror.
"Después de todo lo que hemos hecho", pensó ella. "Después de todo lo que hemos sufrido. ¿Así es como termina? ¿Así se me escapa la vida de entre las manos?"
El viaje en ambulancia parecía eterno y, a la vez, demasiado corto. De repente, sintió el movimiento brusco de la camilla siendo bajada. El frío aire nocturno golpeó su rostro por un instante antes de ser engullida por las brillantes luces del hospital.
—Mujer, veinte y tantos, caída por las escaleras. Posible traumatismo craneoencefálico y fracturas múltiples —escuchó que informaba un paramédico.
Las ruedas de la camilla chirriaban contra el suelo mientras la llevaban a toda prisa por los pasillos. Él seguía a su lado, negándose a soltar su mano.
—Señor, necesita dejarnos espacio —dijo una enfermera, pero él no se movió.
—No la dejaré. No puedo dejarla, es mi esposa —murmuró, su voz apenas audible.
Un médico se inclinó sobre ella, una luz brillante penetró en sus ojos.
—Pupilas reactivas, pero dilatadas —informó el doctor—. Preparen el quirófano, la perdemos.
Las luces del hospital pasaban como destellos sobre su cabeza mientras la llevaban a toda prisa por los pasillos. Él seguía a su lado, su mano firme sobre la de ella.
Ella sentía que se hundía, que la oscuridad la reclamaba. Los sonidos se volvían distantes, las luces se difuminaban. Lo último que percibió fue la presión de esa mano familiar sobre la suya y un susurro desesperado:
—Por favor, no me dejes. Te amo.
Y entonces, todo se desvaneció en la negrura.
De pronto, la oscuridad la envolvió. Lo último que sintió fue el calor de aquella mano y el eco distante de una voz, prometiéndole que todo estaría bien. Pero, ¿cómo podría estarlo después de todo lo que había pasado?