Capítulo 1
Sally
La entrega del pan llega tarde. Justo hoy, de todos los días, tenía que retrasarse, cuando tenemos uno de los pedidos de almuerzo más grandes que hemos tenido en meses. Miro hacia el callejón, deseando con todas mis fuerzas que el camión doble desde la calle lateral y entre en el estrecho pasillo que lleva a nuestro pequeño local de sándwiches.
Mis padres abrieron esta tienda cuando yo aún usaba pañales. La hicieron crecer desde un diminuto hueco en la pared hasta convertirla en una de las favoritas del vecindario. Pero eso fue antes de que todas las cadenas abrieran. Aún nos va bien, pero si este pedido de catering se arruina, estoy segura de que nuestras estadísticas de reseñas van a bajar. Y un pequeño negocio como el mío no puede permitirse eso.
—Llegarán, Sally. Relájate —Joey me da una palmada en el hombro. Trabaja aquí desde hace cinco años, desde que mi mamá enfermó demasiado para seguir viniendo—. Solo llevan una hora de retraso.
Una hora tarde. La tienda ya está abierta, y el pedido de catering debe entregarse en media hora. Si no recibimos ese pan, el pedido llegará tarde.
—¿Dónde está tu hermano? —Joey se limpia las manos en el delantal blanco que lleva atado a la cintura. Él corta toda la carne del local con la elegante rebanadora que compré el año pasado, cuando la vieja finalmente murió. Mi padre nunca reemplazaba nada hasta que daba su último aliento. Desde que él falleció, hace dieciocho meses, he ido reemplazando poco a poco las cosas.
—No tengo idea de dónde está Oliver —respondo, tratando de que la molestia no se note en mi voz. La falta de atención de Oliver hacia este lugar era más fácil de tolerar cuando papá estaba lo bastante sano para ayudar a manejarlo. He tenido que contratar a un empleado extra para cubrir los turnos que él solía, al menos, fingir que cubriría. Ahora, a veces pasan semanas sin que sepa nada de él.
—Pensé que dijo que vendría hoy —Joey se frota la nuca y me hace una seña para que entre—. Está lloviznando, entra, Sally. Llegarán.
Me limpio las diminutas gotas de la frente y subo al cuarto trasero del local.
—Oliver aparece cuando quiere —digo. No es precisamente la persona más confiable, mi hermano. Pero es mi hermano. A veces desearía poder olvidar las largas lecciones sobre la importancia de la familia que papá nos daba de niños. Oliver parece haberlas ignorado sin problema. Pero yo no puedo. Es mi hermano, y mis padres no querrían que le diera la espalda.
—Voy a volver a llamar a la panadería —digo mientras voy hacia la oficina del fondo. Esta situación solo refuerza la necesidad de tener nuestros propios hornos para hacer nuestro pan. Casi tengo ahorrado lo suficiente para hacer la compra sin endeudar demasiado el local, pero hasta entonces tengo que conseguir que llegue esa entrega.
—Sally, lo sé. Lo sé, ya casi llega. Lo juro —responde Kedzie, la chica que maneja la panadería Homestyle, a siete cuadras de aquí, antes de que termine el primer tono.
—Lo juras —repito. Kenzie nunca me ha fallado, y no tengo razones para creer que lo hará hoy.
—Lo juro. Jonny está como a una cuadra —suena tan nerviosa como yo. Fallar una entrega, incluso a un local pequeño como el nuestro, es malo para el negocio. Los pequeños comercios debemos apoyarnos si queremos tener alguna oportunidad frente a las grandes cadenas.
—¿Alguna posibilidad de descuento esta vez? —Una sonrisa me asoma a los labios. Kedzie y yo nos conocemos desde hace años. Ambas somos hijas que tuvimos que llenar los grandes zapatos de nuestros padres.
—Diez por ciento —ofrece, lo que cubre el impuesto y la tarifa de entrega.
—Lo tomo, y agrega tres docenas de bollos de pretzel al próximo pedido. Quiero presentarlos y ver si gustan —enrosco el cable del teléfono entre mis dedos. Aún no he cambiado los teléfonos del local. Son los originales, desde que mamá y papá abrieron este lugar hace veintitrés años.
—Hecho —dice, justo cuando suena la bocina del camión de su primo en el callejón. El pedido ha llegado, y mi trasero está a salvo.
—Ya está aquí. ¡Tengo que correr! —cuelgo y salgo corriendo hacia atrás para ayudar con la entrega.
—Perdón, Sally —Jonny salta del camión y corre hacia la parte trasera, abriendo la puerta enrollable.
—Solo mételo adentro. Tengo que empezar un pedido grande enseguida —agarro una bandeja de bollos y la llevo rápido a la cocina.
—¿Ves? Te dije que llegarían a tiempo —dice Joey con una sonrisa mientras paso junto a él para guardar el pan.
—¡Gracias, Jonny! —cierro la puerta trasera y me lanzo de lleno al pedido. Terminaré el catering aquí atrás mientras Joey vigila al personal al frente.
—¡Oye, Sally! —Oliver empuja la puerta de la cocina con una amplia sonrisa. No se ha afeitado en días, y por el desorden de su cabello y las ojeras oscuras bajo sus ojos, diría que tampoco ha dormido mucho.
—Oliver —lo saluda Joey mientras se dirige al frente—. ¿Ves, Sally? Te dije que vendría hoy. Qué gusto verte, amigo.
Le lanzo a mi hermano la mejor mirada asesina que puedo—. Tenemos un pedido grande que terminar. Lávate las manos y puedes ayudarme —señalo la lista de sándwiches que hay que preparar. Todos los ingredientes están listos, solo necesitamos ponernos en marcha.
—Lo siento, hermanita, no puedo quedarme mucho tiempo —se lleva una rodaja de pimiento a la boca—. Pero necesito hablar contigo —mira hacia la oficina del fondo.
—No puedo, Oliver, este pedido ya casi está retrasado —digo, agitando las manos sobre la mesa donde ya debería tener una docena de bocadillos envueltos y listos.
—Solo tomará un segundo —me agarra del brazo—. Es importante —dice entre dientes apretados.
—Ve, yo empiezo con estos —dice Joey, moviendo ambas manos—. Está tranquilo allá afuera, estarán bien un rato.
—Está bien —le paso la hoja—. Marca los que vayas terminando.
Asiente y toma el primer panecillo.
Cuando entro en la oficina del fondo, Oliver cierra la puerta. Ya con solo mirarlo, el estómago se me encoge. Su rostro se contrae en una mueca de culpa.
—No —suspiro, ya sabiendo lo que viene—. —No lo hiciste.
—No es tan grave —la culpa insiste en sus ojos.
—¿Cuánto? —quiero gritar. Quiero arrancarle el pelo. Quiero meterle un puñetazo en la nariz, quizá partirle el labio. Pero cualquiera de esas cosas no servirá. Solo me sentiría mal por haberlo hecho y tendría que llevarlo al hospital para que lo atiendan. Y hoy no tengo energía para eso.
—Vamos, Sally. No me mires así. No es lo que crees. No fui con un corredor —se pasa la mano por la cara, y noto el cansancio allí—. No aposté, lo juro. Necesitaba algo de efectivo para invertir en un negocio que tenía muchísimo potencial. Sabía que tú no tenías el dinero, así que lo pedí prestado.
Un prestamista usurero. Los dolores de estómago se retuercen hasta convertirse en náuseas.
—¿Cuánto, Oliver? —pregunto con los ojos cerrados. Ahora más que nunca no puedo permitir que ese pedido nos cueste clientes.
—Doscientos —se aprieta los labios.
—¿Solo doscientos? —la cifra suena equivocada. ¿Por qué estaría tan preocupado por solo doscientos?
—Doscientos mil, Sally. Doscientos mil. —La nuez de Adán le baila en la garganta después de que da la cifra completa.
Voy a vomitar. La dona y el café que desayuné esta mañana van a reaparecer por todo mi escritorio en cualquier segundo.
—¿Doscientos mil dólares? —quiero gritarlo, pero el shock se lleva la mayor parte del sonido de mi voz—. ¿De dónde demonios voy a sacar doscientos mil dólares?
—Lo sé —hace una mueca—. Solo… ¿tal vez un poco de efectivo? ¿Solo para darles algo y que me dejen en paz?
—¿Ellos? —aprieto los dientes cuando un pensamiento me atraviesa—. ¿Quiénes son, Oliver? —cierro los ojos, intentando alejar el nombre que sé que va a decir; lo presiento en los huesos, y cuando lo pronuncie no podré dejar de escucharlo.
—Los Nikolayevs.
Me hundo en la silla de la oficina, una vieja silla de madera con ruedas que mi padre tuvo en este despacho durante dos décadas.
—¿Pediste dinero prestado a la mafia rusa? —no puedo mirarlo. Si lo miro y veo el remordimiento en sus ojos, sentiré lástima. Y estoy demasiado enfadada para eso.
—Era una buena inversión, Sally. Te lo juro —se apresura a justificarse. Siempre sabe cómo excusar su comportamiento.
Le levanto la mano para cortar sus excusas. Ya las he oído todas, y no tengo tiempo para repetir ese mal espectáculo.
—¿Cuánto los mantendrá contentos? —ya hago cuentas en la cabeza.
—Creo que con diez mil puedo ganar algo de tiempo. —El número sale de su boca como si pidiera un par de dólares para un café.
—¿Cinco por ciento? ¿Crees que un cinco por ciento los apaciguará? —mi hermano, siempre el optimista delirante.
—Me dará tiempo —se pasa las manos por el cabello despeinado.
—¿Para cuánto? —a los usureros no se les conoce por su paciencia, y a los Nikolayevs tampoco por su razonabilidad.
—No lo sé —se queja—. Vendrán mañana a cobrar. ¿Crees que puedes ayudarme?
—¿Aquí? —me pongo de pie—. ¿Los vas a traer aquí? ¿A nuestra deli?
—Pensé que sería más seguro. Un lugar público. —Se encoge de hombros.
Como si los espacios públicos alguna vez detuvieran a los Nikolayevs cuando quieren hacer algo. Tener público en un crimen, cuando tienes a grandes jugadores del NYPD en el bolsillo, no es precisamente un impedimento.
—Conseguiré el dinero. —Una bola de emociones me aplasta.
El alivio lo inunda como una ola. —Gracias —me agarra los hombros y aprieta—. Sabía que podía contar contigo. Estaré aquí a la una mañana. Ellos llegarán alrededor de las dos. Y ya sabes —mira la puerta—. No le digamos a nadie. Si el personal actúa raro cuando lleguen, podría crear una mala vibra.
Me agarro las rodillas y clavo los dedos de los pies en los zapatos. ¿Una mala vibra? ¿Qué clase de vibra siente ahora mismo?
—No diré nada. Pero te juro, Oliver, ya no tengo más que darte. Tienes que conseguir ese dinero o negociar con ellos cómo pagas lo que debes. Pero no los vuelvas a traer aquí nunca. —Le señalo el pecho con el dedo.
—Claro. Tienes razón. Absolutamente —asiente y retrocede hasta la puerta—. Nos vemos mañana.
Y se va.
—Oye. —Joey asoma la cabeza en la oficina—. Solo quería avisarte que llamaron los del catering. Se equivocaron con la hora o algo, no necesitan el pedido hasta las dos ahora.
Una pincelada de suerte.
—Gracias, Joey. —Me dejo caer en la silla, sintiéndome un poco más relajada.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy bien —asiento—. ¿Cómo va el pedido?
Él sonríe. —Más o menos a la mitad. Puedo terminar si necesitas quedarte acá.
—Dame un minuto y salgo a ayudar —fuerzo una sonrisa. Joey vuelve al frente, y me quedo iniciando sesión en mi laptop para revisar el horario de atención del banco. Dudo que los Nikolayevs quieran un cheque personal cuando vengas mañana.
Tendré que salir a cobrar un cheque después del almuerzo.
Así que adiós a los hornos nuevos.