Santiago Encendí un cigarro mientras me acomodaba en el sillón del despacho. Dylan, como siempre, entró sin tocar. Traía esa sonrisa burlona que le nacía cuando venía con ganas de molestar. —¿Qué te pasa, imbécil? —le solté, levantando una ceja. —Nada… Solo que pareces un maldito adolescente enamorado. Estás lleno de marcas en el cuello —se rió mientras se servía whisky sin permiso—. ¿Sofía se volvió una fiera en la cama o qué? Le lancé una mirada asesina, pero me limité a exhalar el humo con lentitud. —Ha estado intensa, sí… casi todas las noches desde hace una semana. Yo pensé que con el embarazo sería más frágil, pero parece que no se puede estar lejos de mí —dije, con una sonrisa orgullosa en los labios. Dylan soltó una carcajada. —Sí, claro. Seguro que no te está manipulando n

