Esa noche, mientras Santiago dormía profundamente con el brazo aferrado a mi cintura, como si al soltarme yo pudiera desaparecer, me escabullí sin hacer ruido. Caminé descalza hasta el baño y cerré la puerta con llave. De mi escondite secreto bajo el lavamanos saqué el móvil que había logrado guardar. Marqué el número. No había olvidado su voz. —¿Marco? Una carcajada sardónica rompió el silencio al otro lado. —¿Qué quieres ahora, Sofía? ¿Vienes a arrastrarte? Porque yo ya estoy feliz con tu hermana… y con nuestro hijo. Mi garganta se secó por un instante, pero no iba a titubear. No esta vez. —No te hagas el idiota, Marco. Tú y yo sabemos que ese niño no es tuyo. Es de Maximiliano. Un silencio helado. —No sabes de lo que hablas —espetó él, aunque su tono delataba el temblor en su eg

