No sabía qué me impulsó a hablar con él esa mañana. Quizá fue la presión en el pecho, la sensación de que si seguía atada, iba a romperme por dentro. Santiago me observó largo rato, su expresión indescifrable. Luego, sin decir una palabra, se acercó y desató la cuerda que me sujetaba la muñeca. —Puedes caminar un poco —dijo, con voz baja—. Pero no intentes nada estúpido, ¿me oyes? No contesté. Me limité a frotar la piel irritada de mi muñeca, como si el roce aún ardiera. Caminé por el pasillo en silencio, con los pies descalzos, las piernas un poco temblorosas por tantos días sin moverme con libertad. La casa era grande, elegante, pero opresiva. Todo en ella parecía observarme, como si no perteneciera allí. No tardó en aparecer ella. Débora. —¡Vaya, vaya! —soltó, con una risa venenosa

