La muñeca me arde. La cuerda está tan apretada que siento cómo la piel se ha roto. Sangra, tal vez, o tal vez ya ni siento la diferencia entre la carne viva y la desesperación. Llevo horas así. Atada. Observando el techo con los ojos secos de tanto llorar. El aire huele a perfume caro, a whisky y a encierro. Santiago entra sin tocar. Como siempre. Como si el simple hecho de respirar en esta habitación fuera una concesión que él me ha otorgado. —Te traje algo especial —dice, y deja una bandeja de plata sobre la mesa. Filete, verduras asadas, un postre francés que jamás me permití siquiera mirar en un escaparate. Pero lo odio. Odio que piense que eso puede hacerme olvidar lo que me ha hecho. —Santiago… por favor… —mi voz es un susurro seco—. Suéltame. No me escaparé. Te lo juro. Se ríe.

