Embarazada

896 Palabras

Desperté con la cabeza pesada, como si hubiese estado nadando en una pesadilla densa. Todo estaba borroso. Me costaba mover el cuerpo, y cuando intenté incorporarme, sentí el tirón en mi muñeca. Estaba atada. La derecha. A la cama. Con una maldita correa de cuero. Mi respiración se aceleró. —Tranquila —dijo una voz áspera, conocida. Santiago. Estaba de pie frente a mí, con una bandeja en las manos—. Solo fue un desmayo. Tienes que comer algo. —¿Qué…? —intenté preguntar, pero apenas me salía la voz. —No vas a morirte de hambre —añadió mientras me acercaba una cuchara con algo caliente. Yo aparté la cara. No quería. No tenía hambre. No quería nada. Pero él fue paciente al principio. Hasta que no lo fue. —Sofía —gruñó entre dientes—. Abre la boca. No me hagas obligarte. Y lo hizo. M

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