Lo odio.

1311 Palabras

La noche cayó sin piedad, como todo en este lugar. Me encerré en ese cuarto miserable, donde solo había una colchoneta vieja y dos trapos malolientes que apenas cubrían mi cuerpo. No tenía ropa, no tenía cepillo, ni un espejo. Lo único que tenía era rabia. Una furia que me ardía en las venas como fuego líquido. Me senté en la esquina del colchón y me abracé las rodillas. El silencio de la noche estaba lleno de crujidos, de voces lejanas, de risas turbias. Aquella mansión era enorme, pero no era un hogar. Era una prisión de lujo, con paredes elegantes y reglas dictadas por un imbécil tatuado que se creía dios. Santiago. Ese bastardo me había robado la libertad, me vigilaba con cámaras, me hacía tomar pastillas como si yo fuera una niña enferma, y ahora pretendía que fuera su sirvienta.

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